— ¿Kika? Yo la llamé Abetita. Ha estado correteando por aquí toda la mañana. Se le notaba enseguida que estaba perdida. Luego se acurrucó a mis pies, así que la metí en el coche para que la pobre no se congelara —sonrió el hombre… — ¡Toma, hija, pero cómo puedes tener tan mala suerte! ¿Cuántas veces te he dicho que ese Víctor no era para ti? —reprochaba la madre a Tamara. La mujer permanecía cabizbaja. Aunque no hacía mucho que había cumplido los treinta y siete, se sentía como una colegiala a la que le han puesto un suspenso. Y además sentía una amargura y tristeza enormes —por ella, por su vida de familia frustrada y por su pequeña hija— ya que, en vísperas de la Navidad más mágica, se habían quedado sin padre en casa. — Me voy de casa —soltó Víctor sin apenas mirarla esa noche. Tamara ni siquiera entendió al principio lo que su marido le estaba diciendo. — ¿Que te vas a dónde? —preguntó automáticamente Toma, mientras le servía un plato de humeante cocido. — De verdad, Tomi, es que eres de otro mundo. ¡No entiendes las cosas serias! ¿Cómo he podido vivir todos estos años así contigo? —protestó Víctor con tono melodramático. Tamara apenas pudo preguntar nada, porque el hombre enseguida se explayó: — ¡No aguanto más! Y encima siempre está tu perro chillando. La niña se pasa el día enferma. Nada de romanticismo, Toma. ¿Te has visto a ti misma últimamente? ¿En qué te has convertido? —ese fue el colofón a su discurso colérico. Tamara se intentó mirar el reflejo tembloroso en la puerta del aparador, pero apenas lo logró. Las lágrimas le corrían por las mejillas y se quedó sola, de pie, en medio de la cocina. Víctor detestaba las lágrimas. Miró con cierta tristeza el cocido, se levantó y se puso a hacer la maleta… La perrita Kika, notando que algo iba mal, daba vueltas alrededor de su dueña, gimiendo e intentando consolarla. — Por fin podré descansar sin tanto aullido —declaró Víctor al asomarse con la bolsa al hombro. — Pero, Viti, ¿y Eva? —musitó Tamara, imaginando la pena de su hija de cinco años que a esa hora dormía tranquila en su cuarto. — ¡Qué te las arregles como madre que eres! —replicó él, y, con los lloriqueos de Kika de fondo, salió de casa… Tamara pasó la noche en la cocina abrazando a la perrita, que le lamía la mano tratando de consolarla. Sabía que había ocurrido algo terrible. Durante varios días, Tamara no se atrevió a contarle nada a su madre, que la llamaba de vez en cuando para interesarse. Siempre respondía rápido que todo iba bien y apagaba el móvil. — ¿Y el trabajo, hija? ¿Has encontrado algo? Mira que ese crápula de Víctor te deja y no vais a tener para vivir —la reprendía la madre en una de sus visitas. Entonces Tamara no aguantó más y rompió a llorar, confesando que los empleos no salían y que Víctor se había ido días atrás. La madre se echó las manos a la cabeza, sin esperar una noticia así. — Si es que se veía venir. Cinco años juntos, una hija, y tu marido no quiso casarse… —se lamentaba la madre, compadeciendo a su hija y su nieta. — ¿Y ahora qué vais a hacer? —se alarmó. Tamara encogió los hombros: — Encontraré algo. Me meteré de niñera en la guardería de Eva —dijo con resignación. — No os va a llegar para nada el sueldo de niñera. Y el perro, encima, hay que alimentarlo… —resumió la madre, que nunca había tenido simpatía por los animales. Y menos aún por la perrita Kika, recogida de la calle por su hija. Iba a decir algo más, pero se cortó al ver las lágrimas de Tamara. — Venga, no llores. Te ayudaré. Si hace falta, cuido de Eva yo —intentó consolarla… Así transcurrió otra semana. Tamara Alexandrovna logró un trabajo y ahora iba cada día con Eva a la guardería, para alegría de la niña. — Mamá, ¿podríamos llevarnos a Kika contigo a trabajar? Abuela no para de quejarse de sacarla a pasear… Kika podría ayudarte a lavar platos y protegernos en los ratos de siesta —decía la niña con una sonrisa. Tamara reía y la abrazaba. Pero en sus ojos se colaba la tristeza cada vez que Eva preguntaba: — Mamá, ¿y papá vuelve pronto? ¿Vendrá para Nochevieja? No se atrevía a contarle la verdad, así que le inventó una historia sobre un viaje urgente. Llamaba a Víctor para intentar quedar con él, pero él, ocupado, rehuía las conversaciones: — Toma, no me molestes, que estoy rehaciendo mi vida. Dile a Eva que soy un superagente en misión importante. No iré pronto. Por cierto, ¿has visto mi corbata? No sé cómo voy a celebrar el Año Nuevo sin ella —se lamentó antes de colgar. Tamara se quedó pensativa. No sabía cómo pasarían esa Nochevieja las dos solas ni cómo explicárselo a Eva. Entonces ocurrió algo inesperado. La abuela llevaba de la mano a Eva a la clínica —la niña ya se recuperaba de un resfriado—, cuando de pronto apareció Víctor en la calle. — ¡Papá, papá! ¿Has vuelto? —corrió la niña a abrazarle feliz. El hombre dudó, le sonrió y le comunicó que, bueno, ya no viviría más con mamá. Luego se marchó. — A lo mejor me paso a verte, si puedo —le dijo antes de irse. Eva se quedó quieta, susurrando apenas: — No hace falta que vuelvas… Aquella tarde le subió la fiebre, y a los dos días tuvieron que llamar al médico. Eva no quería hablar ni comer. Y tampoco parecía querer curarse. — Es probable que sea por el estrés —dijo el médico, tras oír la historia del padre. Tamara se asustó: — Tendría que habérselo explicado antes… Ella lo habría entendido —dijo a su madre, que negaba con la cabeza. No tardó en suceder otra desgracia. La abuela salió rápido con Kika sin correa, y la perra, al oír otro grito, pegó un salto y salió disparada. — ¡Ah, así que ahora tampoco me obedeces! Pues ya volverás tú solita muerta de frío —rezongó la abuela, entrando en casa con apremio. Cuando la niña supo que Kika se había perdido, dejó de comer y de hablar, por mucho que Tamara prometiera buscar a la perrita. — Cuando vuelva Kika, yo como —dijo, dándole la espalda. — Esto es culpa de cómo la has criado, Toma. La tienes mimada y te está tomando el pelo. ¡Ya te lo advertí…! —empezó la madre. — Mejor hubieras vigilado tú a Kika, mamá, y no soltar tantos sermones —saltó de repente la siempre callada Tamara. — Bueno, ya está bien, que yo solo quiero ayudaros… —suspiró la madre, saliendo enfadada del piso. Tamara se quedó sola otro día más. Vagueó por el barrio buena parte de la noche, esperando ver a Kika. Eva dormía por fin en su cama y Tamara quería creer que la perrita volvería, pero nada. Llegó helada a casa y cayó rendida… Eva se despertó temprano: — ¡Mamá, he soñado con un abeto! Lo decorábamos y encontrábamos a Kika —contó la niña ilusionada. Tamara sonrió con tristeza. Había puesto un pequeño arbolito artificial sobre la mesa para el Año Nuevo. Eva se lamentó: decía que el abeto debía ser natural y grande para que, como en su sueño, Kika pudiera volver. Tamara suspiró. Un abeto natural escapaba a su presupuesto. Llamó a su madre, que se negó a ir en Navidad: — Ya veo que te importa más ese chucho que tu propia madre. Piénsalo —dijo molesta. Tamara entendió que no podía contar con la ayuda de la abuela, pero al menos venía el fin de semana. Eva seguía débil y triste. Al llegar la Nochevieja, rompió a llorar: — Ni abeto ni Kika, mamá. Y papá tampoco volverá… Tamara la acarició y contuvo el llanto. Luego pidió a la vecina que cuidara de la niña, y salió a la calle… El aire helado le azotó la cara, el baile de copos la envolvió. La gente iba contenta a su encuentro, pero Tamara no veía a nadie. Solo buscaba desesperada a Kika. — ¿Dónde te has metido, pequeña? —susurraba, recorriendo una y otra vez las mismas calles. De pronto, llegó a un puesto callejero de abetos. Un hombre grande y recio, con chaquetón, se apoyaba en las últimas ramas verdes. Tamara se quedó parada. — ¿Un abeto, señora? Es el último que me queda, y le hago precio —ofreció el vendedor, con ganas de irse ya a casa. “Seguramente le están esperando su mujer y sus hijos…” pensó Tamara. En ese momento, una joven pareja compró uno y se marchó. — ¿Se anima? Es la última… Se la acerco a casa si quiere —insistió él. Tamara le miró, apurada: no tenía dinero suficiente. Vio entonces en el camión un montón de ramas sobrantes. — ¿Podría llevarme unas ramas, por favor, si ya no las necesita? —preguntó en voz baja. Él la miró y suspiró: — Claro, falta más. Espere, que le ayudo —respondió, sacando un gran montón de ramas del camión. Tamara le dio las gracias y enseguida se puso a explicarse: — Verá, mi hija está malita… Quería un abeto… Y encima se ha perdido la perrita… Todo va mal en casa, ya ni parece fiesta… El hombre la escuchaba atento. Le había dejado su esposa recientemente y no superaba la traición. También él pasaba la Navidad solo. Entonces alguien se acercó: — ¿A cuánto el abeto? —le preguntó, mirando el único que quedaba. — Ya lo han reservado. Quizá el de al lado tenga. — Contestó señalando al vecino. Tamara se sorprendió. — Déjeme, que le ayudo a llevar las ramas a casa —sonrió el hombre. Y entonces Tamara entendió que no era tan serio como parecía. — Pero es que no tengo dinero, ya se lo he dicho —se sonrojó. — No pasa nada —respondió él. Y entonces pasó algo insólito, de esos milagros que solo ocurren en la Nochevieja más mágica. El hombre abrió el camión, y Tamara vio en el asiento a una perrita dormida, vestida con un jersey de lana. — Pero… ¿cómo tiene usted a Kika? —preguntó, conteniendo el llanto. — ¿Kika? Yo la llamé Abetita. Ha estado todo el día rondando por aquí, perdida… Se me acurrucó a los pies. Así que la metí en el coche, para que no se quedara helada, pobre —sonrió el hombre. Se llamaba Pablo, y adoraba los animales, y enseguida se llevaba bien con los niños. Pronto, el hogar de Tamara se llenó de calor y de alma, como nunca antes. Quizá todo fue culpa de la magia de la Navidad, que juntó a dos corazones buenos. O quizá el destino lo quiso así… Nadie lo sabe a ciencia cierta. Solo se sabe que ahora la nueva familia es feliz. Y de vez en cuando, a Kika aún la llaman Abetita.

¿Botón? Yo la llamé Abeto, fíjate. Ha estado correteando por aquí toda la mañana. Se le notaba a la legua: perdida. Luego se acurrucó a mis pies, pobrecilla. Así que la metí en el coche para que no se quedara tiritando, dijo el hombre con una sonrisa

Tomasa, hija, ¿pero se puede ser más ceniza? ¿Cuántas veces te he dicho que ese Víctor no te convenía? le soltaba la madre a Tomasa, cerrando los ojos como si así se ahuyentaran los males.

Tomasa bajaba la cabeza. Aunque hacía nada que había cumplido los treinta y siete, se sentía como una niña a la que la han pillado sacando un suspenso.

Y, para rematar, Tomasa tenía un nudo de rabia en la garganta: por ella, por su familia fallida y por la pequeña Eva. Porque, justo antes de la Nochevieja, se habían quedado sin cabeza de familia.

Me voy, gruñó Víctor aquella tarde, agarrando el mando de la tele como si fuera el cetro de Fernando el Católico. Tomasa ni entendió muy bien de qué hablaba.

¿Que te vas? ¿Adónde? preguntó por inercia, mientras le ponía delante un plato de cocido humeante.

Si es que eres de otro planeta, Tomasa. ¡Cómo aguanté todos estos años! ¡Si no entiendes nada serio! soltó Víctor, rodando los ojos como si tuviera delante una tragedia de Lorca.

Antes de que Tomasa pudiera preguntar nada, él ya se explayaba:

¡No aguanto más! ¡Y tu perra esa, que no para de chillar! Eva siempre enferma, ninguna emoción en esta casa Mírate, ¡si pareces la fantasma de la ópera! remató.

Tomasa buscó en la puerta del aparador su reflejo, pero apenas vio más que unos ojos mojados. Las lágrimas, traicioneras, caían como lluvias por San Isidro; y ahí se quedó, plantada en la cocina como un cuadro de Goya.

A Víctor nunca le han ido los dramas. Lanzó una última mirada al cocido, suspiró teatralmente y se fue a hacer la maleta

Botón, la perrita, adivinando que se armaba drama, se enroscó a los tobillos de su dueña, gimiendo quedito.

Por fin voy a estar tranquilo, sin esos aullidos, proclamó Víctor desde el umbral, arrastrando la bolsa como si se fuera a colonizar América.

Víctor, y Eva, ¿eh? susurró Tomasa, temiéndole a la reacción de la niña que dormía plácidamente en su cuarto.

¡Apañatelas! Para eso eres su madre, ¿no? bufó él, y se largó bajo los lamentos lastimeros de Botón

Aquel fue un noche larga. Tomasa no se movió de la cocina, agarrada a la perrita como a un salvavidas. Botón la lamía, pegando calores de lengua en la mano. Sabía como lo sabe un buen perro que se había liado.

Durante varios días, Tomasa no se atrevió a contar la verdad a su madre. Cuando ésta llamaba, ella apuraba cosas de rutina, colgando pronto.

¿Y de trabajo qué, hija? Buscando algo decente, ¿no? Como te deje el sinvergüenza de Víctor, ¿de qué vais a vivir? rezongaba la madre en una de sus visitas.

Entonces, a Tomasa se le rompió por dentro y lloró, balbuceando que nadie la contrataba y que Víctor había batido el récord del portazo hacía días.

La madre resopló, ofendida, aunque ya se lo veía venir:

¿No te lo dije? Cinco años ahí, una niña y ni boda ni nada. ¡Vamos, Tomasa, hija, que lo ve hasta un ciego! bufó la mujer.

Al final, con cara de compasión regulera, preguntó:

¿Y ahora qué harás?

Tomasa se encogió de hombros:

Me busco algo de niñera en la guardería de Eva respondió, como quien se resigna ante el IVA.

Con el sueldo de una niñera no llegáis ni al Carrefour. ¡Y encima la perra esa que alimentar! zanjó la madre, que no tuvo nunca buen feeling con los animales, y menos aún con Botón, recogida de la calle por su hija, pecado mortal.

Fue a decir algo más, pero se mordió la lengua al ver a Tomasa haciendo equilibrios con las lágrimas.

En fin no llores, a ver si te ayudo. Si hace falta, me quedo con Eva medio prometió al final

Pasó otra semana.

Tomasa, ya empleada, marchaba cada mañana con Eva de la mano al trabajo. La niña, por lo menos, sonreía.

¡Mami! ¿Y si llevamos a Botón también de ayudante? Abuela siempre protesta que no quiere pasearla. Y Botón nos cuidaría la siesta y hasta podría lavar algún plato sugería la niña entre risas.

Tomasa no podía evitar abrazarla, aunque los ojos se le humedecían con la pregunta que más temía:

Mamá, ¿crees que papá volverá por Nochevieja?

A Eva no se lo contó. Se inventó una “misión secreta” y llamó varias veces a Víctor, que solo respondía con evasivas:

Tomasa, déjame vivir mi vida. Dile a Eva que me han mandado a una misión secreta, rollo James Bond. No cuentes conmigo estas fiestas Oye, ¿has visto mi corbata azul? Algo tendré que ponerme para Nochevieja.

Cuando acababa la llamada, Tomasa se quedaba pensando, sin saber ni cómo iban a celebrar ellas solas el año nuevo, ni cómo explicárselo a Eva.

Hasta que una mañana, de esas de rayos y truenos, la abuela acompañó a Eva al centro de salud. Al doblar la esquina, apareció Víctor.

¿Papá! Has vuelto? gritó Eva, corriendo a abrazarle.

Víctor, incómodo, le dijo bajito que ya no vivirían juntos. Después, desapareció como una promesa electoral.

Igual me paso algún día soltó por detrás.

Eva ni parpadeó; solo murmuró:

No hace falta que vuelvas.

Aquella noche, subió la fiebre. En dos días, médico en casa. Eva callada, y cada vez con menos ganas de comer.

Esto puede ser cosa del disgusto dictaminó el médico, escuchando su historia.

Tomasa se machacaba a sí misma:

Debí explicárselo, es lista, lo habría comprendido susurraba a su madre, que solo movía la cabeza.

Pero aún faltaba la traca final. Un par de días después, la abuela, en plena prisa, sacó a Botón sin correa. Y la perra, con más carácter que un cantaor, pegó un sprint y salió disparada.

¡Pues quédate en la calle! Así aprendes… masculló la abuela, entrando deprisa para atender a la nieta.

Eva, al enterarse, congeló la dieta: ni agua hasta que vuelva Botón. Por mucho que Tomasa le prometía buscarla, la niña no cedía.

Cuando vuelva Botón, entonces como sentenció Eva, de espaldas a la pared.

Esto es culpa tuya, Tomasa. La has malcriado. Ya te lo advertí empezó la madre.

Mejor habrías vigilado a la perra en vez de dar discursos, mamá saltó Tomasa, por primera vez en la vida.

Bueno, yo solo intento ayudar se ofendió la madre y cerró la puerta de casa.

Otra vez sola. Tomasa paseó horas buscando a Botón, sin suerte. Congelada, volvió al piso y no pegó ojo.

Por la mañana, Eva despertó exultante:

¡Mami, soñé con un abeto! ¡Lo decorábamos y aparecía Botón! exclamaba, esperanza en vena.

Sobre la mesa, una triste abetito de plástico. Año nuevo, sí, pero Eva insistía: “Tiene que ser grande y de verdad. Así vuelve Botón, como en el sueño”.

Tomasa suspiró. Comprar un abeto natural no estaba entre las sorpresas de su cartera, que ahora mismo daba para el pan y poco más. Llamó a su madre, que se negó rotundamente a visitarlas.

¡Prefieres un perro a tu propia madre! se quejó, cerrando la puerta metafórica y la del móvil.

Nada. Los días se fueron yendo. Eva estaba pachucha, la casa se llenaba de preparativos de segunda. Al ponerse el sol, Eva rompió a llorar:

No hay abeto, mamá. Y tampoco volverán Botón ni papá.

Tomasa la abrazó, aguantando las lágrimas como podía. Pidió a la vecina del quinto que vigilara a Eva y bajó corriendo a la calle

El aire cortaba y los copos parecían bailar sardanas bajo las farolas. Tomasa andaba sola, buscando a Botón, susurrando:

¿Dónde te has metido, pequeña?

Al rato, llegó al mercadillo de abetos. Un señor con aspecto sufrido cambiaba de pie junto a los últimos árboles. Tomasa se quedó tiesa.

¡Queda uno, mira! Y te hago rebaja, que ya quiero irme a casa le dijo el vendedor, con prisa de sobremesa.

Seguro que le espera su familia la cena lista y los niños mirando por la ventana pensó Tomasa.

De pronto, vio a una pareja comprar uno. Solo quedaba el último.

¿Lo quieres? Te lo llevo ofreció él.

Tomasa le miró angustiada. No tenía casi ni un euro.

Vio unas ramas tiradas en la furgoneta y se armó de valor:

¿Me puedo llevar esas ramas? Si no le sirven

El hombre miró los restos abatido y asintió:

Claro. Toma, que te ayudo sacó un fajo de ramas y se lo entregó.

Tomasa, agradeciendo como si fuera el Gordo de Navidad, empezó a explicar:

Verá, la niña enferma sueña con un abeto, y encima se nos ha perdido la perra, y todo sale torcido murmuraba Tomasa, riendo por no llorar.

El hombre la escuchaba en silencio. Había pasado por algo parecido: hacía poco le había dejado su mujer y la soledad se le hacía bola.

De pronto, apareció alguien:

¿A cuánto el abeto? preguntó otro cliente.

Ya está vendido. Ve al puesto de al lado, que allí igual queda algo respondió el vendedor señalando.

Tomasa abrió los ojos de par en par.

Venga, te echo una mano y lo llevamos a casa dijo el hombre, sonriendo.

Tomasa titubeó:

Pero si no tengo nada de dinero, de verdad.

Ya lo sé asintió él.

Y ahí vino la magia. Que estas cosas solo pasan por Nochevieja, en España o en los cuentos.

El hombre fue a abrir la furgoneta para coger el abeto y, allí, entre mantas y un jersey de lana, dormía Botón. Al principio no se enteró de nada.

¿Cómo tienes a Botón? Tomasa no sabía si reír, llorar o gritar.

¿Botón? ¡Yo le llamé Abeto! Ha estado todo el día por aquí, perdida Luego se arrimó a mis pies. Y, claro, la metí en el coche para que no pillara frío, pobrecilla contestó él con una sonrisa.

Se llamaba Pablo. Por cierto, adoraba los perros y se llevaba bien con niños.

Pronto la casa de Tomasa volvió a llenarse de vida, de calor humano. Quizá fue cosa de la magia de las fiestas, o tal vez estaba escrito en el destino Nadie lo sabe. Solo sabemos que ahora la nueva familia es feliz. Y que Botón, de vez en cuando, responde a dos nombres: Botón y Abeto.

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— ¿Kika? Yo la llamé Abetita. Ha estado correteando por aquí toda la mañana. Se le notaba enseguida que estaba perdida. Luego se acurrucó a mis pies, así que la metí en el coche para que la pobre no se congelara —sonrió el hombre… — ¡Toma, hija, pero cómo puedes tener tan mala suerte! ¿Cuántas veces te he dicho que ese Víctor no era para ti? —reprochaba la madre a Tamara. La mujer permanecía cabizbaja. Aunque no hacía mucho que había cumplido los treinta y siete, se sentía como una colegiala a la que le han puesto un suspenso. Y además sentía una amargura y tristeza enormes —por ella, por su vida de familia frustrada y por su pequeña hija— ya que, en vísperas de la Navidad más mágica, se habían quedado sin padre en casa. — Me voy de casa —soltó Víctor sin apenas mirarla esa noche. Tamara ni siquiera entendió al principio lo que su marido le estaba diciendo. — ¿Que te vas a dónde? —preguntó automáticamente Toma, mientras le servía un plato de humeante cocido. — De verdad, Tomi, es que eres de otro mundo. ¡No entiendes las cosas serias! ¿Cómo he podido vivir todos estos años así contigo? —protestó Víctor con tono melodramático. Tamara apenas pudo preguntar nada, porque el hombre enseguida se explayó: — ¡No aguanto más! Y encima siempre está tu perro chillando. La niña se pasa el día enferma. Nada de romanticismo, Toma. ¿Te has visto a ti misma últimamente? ¿En qué te has convertido? —ese fue el colofón a su discurso colérico. Tamara se intentó mirar el reflejo tembloroso en la puerta del aparador, pero apenas lo logró. Las lágrimas le corrían por las mejillas y se quedó sola, de pie, en medio de la cocina. Víctor detestaba las lágrimas. Miró con cierta tristeza el cocido, se levantó y se puso a hacer la maleta… La perrita Kika, notando que algo iba mal, daba vueltas alrededor de su dueña, gimiendo e intentando consolarla. — Por fin podré descansar sin tanto aullido —declaró Víctor al asomarse con la bolsa al hombro. — Pero, Viti, ¿y Eva? —musitó Tamara, imaginando la pena de su hija de cinco años que a esa hora dormía tranquila en su cuarto. — ¡Qué te las arregles como madre que eres! —replicó él, y, con los lloriqueos de Kika de fondo, salió de casa… Tamara pasó la noche en la cocina abrazando a la perrita, que le lamía la mano tratando de consolarla. Sabía que había ocurrido algo terrible. Durante varios días, Tamara no se atrevió a contarle nada a su madre, que la llamaba de vez en cuando para interesarse. Siempre respondía rápido que todo iba bien y apagaba el móvil. — ¿Y el trabajo, hija? ¿Has encontrado algo? Mira que ese crápula de Víctor te deja y no vais a tener para vivir —la reprendía la madre en una de sus visitas. Entonces Tamara no aguantó más y rompió a llorar, confesando que los empleos no salían y que Víctor se había ido días atrás. La madre se echó las manos a la cabeza, sin esperar una noticia así. — Si es que se veía venir. Cinco años juntos, una hija, y tu marido no quiso casarse… —se lamentaba la madre, compadeciendo a su hija y su nieta. — ¿Y ahora qué vais a hacer? —se alarmó. Tamara encogió los hombros: — Encontraré algo. Me meteré de niñera en la guardería de Eva —dijo con resignación. — No os va a llegar para nada el sueldo de niñera. Y el perro, encima, hay que alimentarlo… —resumió la madre, que nunca había tenido simpatía por los animales. Y menos aún por la perrita Kika, recogida de la calle por su hija. Iba a decir algo más, pero se cortó al ver las lágrimas de Tamara. — Venga, no llores. Te ayudaré. Si hace falta, cuido de Eva yo —intentó consolarla… Así transcurrió otra semana. Tamara Alexandrovna logró un trabajo y ahora iba cada día con Eva a la guardería, para alegría de la niña. — Mamá, ¿podríamos llevarnos a Kika contigo a trabajar? Abuela no para de quejarse de sacarla a pasear… Kika podría ayudarte a lavar platos y protegernos en los ratos de siesta —decía la niña con una sonrisa. Tamara reía y la abrazaba. Pero en sus ojos se colaba la tristeza cada vez que Eva preguntaba: — Mamá, ¿y papá vuelve pronto? ¿Vendrá para Nochevieja? No se atrevía a contarle la verdad, así que le inventó una historia sobre un viaje urgente. Llamaba a Víctor para intentar quedar con él, pero él, ocupado, rehuía las conversaciones: — Toma, no me molestes, que estoy rehaciendo mi vida. Dile a Eva que soy un superagente en misión importante. No iré pronto. Por cierto, ¿has visto mi corbata? No sé cómo voy a celebrar el Año Nuevo sin ella —se lamentó antes de colgar. Tamara se quedó pensativa. No sabía cómo pasarían esa Nochevieja las dos solas ni cómo explicárselo a Eva. Entonces ocurrió algo inesperado. La abuela llevaba de la mano a Eva a la clínica —la niña ya se recuperaba de un resfriado—, cuando de pronto apareció Víctor en la calle. — ¡Papá, papá! ¿Has vuelto? —corrió la niña a abrazarle feliz. El hombre dudó, le sonrió y le comunicó que, bueno, ya no viviría más con mamá. Luego se marchó. — A lo mejor me paso a verte, si puedo —le dijo antes de irse. Eva se quedó quieta, susurrando apenas: — No hace falta que vuelvas… Aquella tarde le subió la fiebre, y a los dos días tuvieron que llamar al médico. Eva no quería hablar ni comer. Y tampoco parecía querer curarse. — Es probable que sea por el estrés —dijo el médico, tras oír la historia del padre. Tamara se asustó: — Tendría que habérselo explicado antes… Ella lo habría entendido —dijo a su madre, que negaba con la cabeza. No tardó en suceder otra desgracia. La abuela salió rápido con Kika sin correa, y la perra, al oír otro grito, pegó un salto y salió disparada. — ¡Ah, así que ahora tampoco me obedeces! Pues ya volverás tú solita muerta de frío —rezongó la abuela, entrando en casa con apremio. Cuando la niña supo que Kika se había perdido, dejó de comer y de hablar, por mucho que Tamara prometiera buscar a la perrita. — Cuando vuelva Kika, yo como —dijo, dándole la espalda. — Esto es culpa de cómo la has criado, Toma. La tienes mimada y te está tomando el pelo. ¡Ya te lo advertí…! —empezó la madre. — Mejor hubieras vigilado tú a Kika, mamá, y no soltar tantos sermones —saltó de repente la siempre callada Tamara. — Bueno, ya está bien, que yo solo quiero ayudaros… —suspiró la madre, saliendo enfadada del piso. Tamara se quedó sola otro día más. Vagueó por el barrio buena parte de la noche, esperando ver a Kika. Eva dormía por fin en su cama y Tamara quería creer que la perrita volvería, pero nada. Llegó helada a casa y cayó rendida… Eva se despertó temprano: — ¡Mamá, he soñado con un abeto! Lo decorábamos y encontrábamos a Kika —contó la niña ilusionada. Tamara sonrió con tristeza. Había puesto un pequeño arbolito artificial sobre la mesa para el Año Nuevo. Eva se lamentó: decía que el abeto debía ser natural y grande para que, como en su sueño, Kika pudiera volver. Tamara suspiró. Un abeto natural escapaba a su presupuesto. Llamó a su madre, que se negó a ir en Navidad: — Ya veo que te importa más ese chucho que tu propia madre. Piénsalo —dijo molesta. Tamara entendió que no podía contar con la ayuda de la abuela, pero al menos venía el fin de semana. Eva seguía débil y triste. Al llegar la Nochevieja, rompió a llorar: — Ni abeto ni Kika, mamá. Y papá tampoco volverá… Tamara la acarició y contuvo el llanto. Luego pidió a la vecina que cuidara de la niña, y salió a la calle… El aire helado le azotó la cara, el baile de copos la envolvió. La gente iba contenta a su encuentro, pero Tamara no veía a nadie. Solo buscaba desesperada a Kika. — ¿Dónde te has metido, pequeña? —susurraba, recorriendo una y otra vez las mismas calles. De pronto, llegó a un puesto callejero de abetos. Un hombre grande y recio, con chaquetón, se apoyaba en las últimas ramas verdes. Tamara se quedó parada. — ¿Un abeto, señora? Es el último que me queda, y le hago precio —ofreció el vendedor, con ganas de irse ya a casa. “Seguramente le están esperando su mujer y sus hijos…” pensó Tamara. En ese momento, una joven pareja compró uno y se marchó. — ¿Se anima? Es la última… Se la acerco a casa si quiere —insistió él. Tamara le miró, apurada: no tenía dinero suficiente. Vio entonces en el camión un montón de ramas sobrantes. — ¿Podría llevarme unas ramas, por favor, si ya no las necesita? —preguntó en voz baja. Él la miró y suspiró: — Claro, falta más. Espere, que le ayudo —respondió, sacando un gran montón de ramas del camión. Tamara le dio las gracias y enseguida se puso a explicarse: — Verá, mi hija está malita… Quería un abeto… Y encima se ha perdido la perrita… Todo va mal en casa, ya ni parece fiesta… El hombre la escuchaba atento. Le había dejado su esposa recientemente y no superaba la traición. También él pasaba la Navidad solo. Entonces alguien se acercó: — ¿A cuánto el abeto? —le preguntó, mirando el único que quedaba. — Ya lo han reservado. Quizá el de al lado tenga. — Contestó señalando al vecino. Tamara se sorprendió. — Déjeme, que le ayudo a llevar las ramas a casa —sonrió el hombre. Y entonces Tamara entendió que no era tan serio como parecía. — Pero es que no tengo dinero, ya se lo he dicho —se sonrojó. — No pasa nada —respondió él. Y entonces pasó algo insólito, de esos milagros que solo ocurren en la Nochevieja más mágica. El hombre abrió el camión, y Tamara vio en el asiento a una perrita dormida, vestida con un jersey de lana. — Pero… ¿cómo tiene usted a Kika? —preguntó, conteniendo el llanto. — ¿Kika? Yo la llamé Abetita. Ha estado todo el día rondando por aquí, perdida… Se me acurrucó a los pies. Así que la metí en el coche, para que no se quedara helada, pobre —sonrió el hombre. Se llamaba Pablo, y adoraba los animales, y enseguida se llevaba bien con los niños. Pronto, el hogar de Tamara se llenó de calor y de alma, como nunca antes. Quizá todo fue culpa de la magia de la Navidad, que juntó a dos corazones buenos. O quizá el destino lo quiso así… Nadie lo sabe a ciencia cierta. Solo se sabe que ahora la nueva familia es feliz. Y de vez en cuando, a Kika aún la llaman Abetita.
¿Has notado cambios en el trabajo? Últimamente la carga laboral ha aumentado y por eso suele llegar tarde.