Jorge, ¿adónde vas? Beatriz asomó desde la cocina, secándose las manos en el delantal, mirando a su marido con sorpresa.
Jorge, un hombre de cuarenta y cinco años, gerente de una prestigiosa constructora, había tomado una decisión. Mientras su esposa preparaba el desayuno, él había hecho la maleta. Ahora, plantado en la entrada de su amplio piso en el barrio de Salamanca, sentía el peso de lo que iba a hacer.
Beatriz siempre se había ocupado de la familia. Creía que un buen desayuno con chorizo, quesos y pan recién hecho era la base de la salud y el éxito. Cuando los niños eran pequeños, se levantaba antes del amanecer. Tres hijos exigían dedicación plena, y el sueldo de Jorge le había permitido dedicarse solo al hogar.
Él callaba. Observaba a Beatriz, su compañera de veinticinco años, y se convencía: era el momento. Había que cambiar.
Su esposa había engordado últimamente, perdiendo ese brillo en los ojos que antes lo enamoraba. Ya no lo atraía. Para eso estaba Inés joven, inteligente, de pelo negro como el azabache, a quien conoció en un evento corporativo en Marbella. Valiente como él. Por eso estaba ahí, con la maleta en la mano.
¡Basta! ¿Por qué seguir con una mujer a la que ya no amaba? Los hijos ya eran independientes: Javier y Álvaro, titulados, trabajaban en Madrid; Lucía, en cuarto de Medicina, recibía su apoyo. En cuanto a su esposa ¿Por qué mantenerla? Inés tenía razón: era hora de repartirse el piso.
¿Te vas de viaje? preguntó Beatriz, tranquila. Deberías haberme avisado. Te habría preparado unos bocadillos. No es bueno salir con el estómago vacío.
¡Siempre con la comida! gruñó Jorge, molesto por no atreverse a hablar claro. ¿Crees que no hay cafeterías por ahí? ¡Vives encerrada en la cocina como si el mundo no existiera!
¿Ha pasado algo? su voz seguía siendo dulce.
Hacía tiempo que sospechaba de la amante. Sabía que este día llegaría. Pero conocía a su marido.
¡Me voy de casa! estalló él. Vivo con otra. Una mujer moderna, no una ama de casa.
Enhorabuena respondió ella, como si hablara del tiempo.
¿No me lo merezco?
Mereces más. Eres trabajador, inteligente, guapo
El piso se dividirá dijo él, más calmado.
De acuerdo. Haremos todo conforme a la ley.
A Jorge le extrañó su facilidad. Esperaba gritos, no esta serenidad.
Búscate un trabajo advirtió. No te mantendré.
No lo necesito. Voy a casarme otra vez.
¿Casarte? se rio, incrédulo. ¿Quién querría casarse contigo?
Muchos. Las mujeres como yo son codiciadas. Experimentadas, buenas ama de casa, cocineras Y con un piso propio tras el reparto.
Él tragó saliva. Le molestaba imaginar a Beatriz con otro.
Tengo una reunión murmuró, dejando la maleta. No organices nada hoy. Sería una falta de respeto.
En la oficina, la duda lo corroía. Había pensado volver si las cosas con Inés no salían bien, pero ahora
Al final del día, Inés llamó, exigente:
¿Dónde estás? He elegido un piso en la Castellana. Hay que amueblar el dormitorio y pagar el viaje a México. ¿Recuerdas lo que prometiste?
¿Qué hay para cenar? la interrumpió él.
Nada. Estoy a dieta. Podemos pedir sushi
Jorge colgó. Recordó el bacalao al pil-pil que Beatriz le habría preparado, el silencio acogedor de su hogar. Y la idea de que otro hombre la llamara esposa.
No. Eso no iba a pasar.







