**Diario de Valentina**
Hoy ha sido un día agotador. La vecina, la señora Carmen, no para de quejarse. “¡Vosotros ni distinguís el cilantro del perejil si no es por las etiquetas del supermercado! ¡Y las fresas solo las habéis visto en mermelada!”, refunfuñaba ofendida.
Vinimos a la casa de campo que compramos en otoño. Es una preciosidad, aunque necesita arreglos. El jardín está descuidado, pero poco a poco lo pondremos bonito. Encargamos una sauna nueva; la instalarán la semana que viene. También queremos un cobertizo para la leña, un tendedero y una glorieta. Los hijos prometieron venir a ayudar.
Aquí se está bien, tranquilos. Ya somos jubilados, ¿no? dije mientras recorríamos la propiedad.
He revisado el sótano. Solo hay que cambiar la puerta apuntó Vicente, mi marido.
Y yo la terraza trasera. ¿Recuerdas lo de la glorieta? No hace falta. Aquí hay una mesa redonda grande y sillas antiguas. Con un poco de restauración, durarán otros cien años. La vista al jardín es preciosa. Podremos tomar el té aquí. Aunque también habría que cambiar esta puerta… da la sensación de que alguien entró en invierno.
Sí, las puertas son lo primero. Todo el trabajo lo haremos en el patio trasero. Así no se ve desde la calle y queda elegante. Delante, habrá un césped y flores.
Las flores ya brotan, son perennes. Habrá que reorganizarlas, pero este verano las dejaremos así.
La semana siguiente llegó la sauna y vinieron los hijos. Empezamos a arreglar el terreno y, como era de esperar, apareció la señora Carmen. Sus nietos no paraban de corretear por nuestro jardín.
¿Tenéis nietos? preguntó con curiosidad.
Sí, vendrán de visita respondí.
¿Y para qué ponéis una valla tan alta? Nosotros con los vecinos no usábamos cerramientos.
¿Sin valla? Acabamos de quitar la antigua porque estaba caída. A vosotros os daba igual, pero a nosotros nos gusta el orden. Y tranquila, no os hemos quitado terreno. Está justo en el lindero.
¿Y no habrá una portezuela? Por aquí siempre se podía pasar.
¿Por donde? ¿Entre vuestra casa y la nuestra? No, no está planeado. La entrada es solo por la calle.
¿Y cómo jugarán los niños? Veo que habéis cortado los manzanos, ¡a los míos les encantaba trepar!
No los cortamos, los podamos y plantamos nuevos. Que tus nietos trepen por los vuestros.
Todo nuevo… ¿Y esos arbustos junto a la valla?
¡Son para decorar!
Carmen no dejaba de aparecer con más preguntas. Sus nietos siguieron merodeando hasta que instalamos el portón nuevo.
Os habéis instalado a conciencia comentó ella. ¿Viviréis aquí en invierno?
El tiempo lo dirá.
¿Por qué cerráis el portón? Antes los niños jugaban al fútbol aquí, era seguro. En la calle pasan coches…
Aquí tengo huerto, no es un descampado como el vuestro. Vosotros ni distinguís el cilantro del perejil sin mirar la etiqueta. Y las fresas solo en mermelada. Conmigo hay que llevarse bien.
Cerramos para privacidad y para que tus nietos no campen a sus anchas. Hace dos días soltaron a nuestras gallinas y aún no las encontramos.
¿Tenéis gallinas? ¿Así que os quedáis a vivir?
Ya vivimos aquí.
A finales de agosto celebramos el cumpleaños de Vicente. Vinieron los hijos y nietos. Los hombres prepararon la barbacoa, las mujeres pusieron la mesa en la terraza.
¡Hola! Vinimos a felicitar, como buenos vecinos anunció Carmen, entrando sin invitación. Antes siempre era así, sin ceremonias. ¿Os preparáis? Pues nos quedamos. A los niños les gusta jugar juntos.
No os hemos invitado. Es una reunión familiar, no de vecinos.
Bueno, con el tiempo igual nos hacemos parientes rió ella.
Sus nietos treparon a los árboles, subieron al tejado de la sauna y empezaron a lanzar piedras a la piscina inflable. Cuando esta reventó, Carmen solo dijo:
Total, ya casi es otoño, tocaba guardarla.
¡Es hora de iros!
Pero si ni siquiera hemos comido
La fiesta se arruinó. Una semana después, celebramos nuestro aniversario de bodas. El nieto pequeño, de siete años, tuvo la brillante idea de cerrar el portón con llave.
Se oyeron golpes, pero todos fingimos no escucharlos. El aroma de la carne asada flotaba en el aire.
¿Cuándo volvéis a la ciudad? preguntó Vicente.
Veremos. Primero, a recoger la cosecha de manzanas. Este año es abundante. Nos gusta todo aquí, menos la vecina, pero no es un obstáculo. Hemos aprendido a lidiar con ella.
Todos reímos.
Los invitados se fueron, y nosotros nos quedamos. Por delante, el otoño, el invierno Lo intentaremos. Si no funciona, siempre podemos volver al piso en la ciudad.
Menos mal que Carmen también se marchó. Resulta que sus nietos empiezan el cole y su hija necesita ayuda.
Vicente y yo nos miramos y suspiramos aliviados. ¡Vaya vecinos nos ha tocado, Madre mía!






