La noticia de que Miguel Pedro decidió casar a su única hija conmovió a todo el pueblo.

La noticia de que Miguel Hidalgo había decidido casar a su única hija revolucionó todo el pueblo. Y no era para menos: la novia no solo no era bonita, sino francamente fea. Con una nariz grande, los ojos un poco torcidos y las piernas desiguales, no había cola de pretendientes tras Caridad. Hasta un simple paseo de la chica a la tienda solía terminar en risitas que la seguían a todas partes.

¿Por qué andas así, como Caridad la coja? regañaban las madres a sus hijos si estos, jugando, empezaban a arrastrar un pie.

Pero Miguel Hidalgo adoraba a su hija. Y como no era pobre al fin y al cabo, era el alcalde, prometió una buena dote. En el pueblo no tardaron en susurrar que, por esa dote, valía la pena echarle un ojo a la chica. Total, era trabajadora y de carácter tranquilo.

Al final, aparecieron dos pretendientes: Paco y Manolo. Francisco, hijo del maestro, era un intelectual. Aunque su familia no era rica, el muchacho ya tenía una casa en las afueras del pueblo. Lista para mudarse. Y sus padres tampoco veían mal emparentar con Miguel Hidalgo.

Paco, prepárate para casarte soltó el padre. Te he conseguido a Caridad, la hija de Miguel Hidalgo. Será la mejor esposa para ti.

¿Qué dices? Es fea y coja, no quiero esa. Mejor habrías pedido a Rosario refunfuñó el futuro novio.

No, hijo, cásate con Caridad. Su familia tiene más, solo sus caballos ya valen una fortuna. Y al fin y al cabo, no se vive de las apariencias contestó el padre.

El otro pretendiente, Manuel, no era pobre del todo, pero tampoco tenía mucho. Lo criaba su anciana madre, que, desde luego, no podía darle una casa propia.

¿Adónde vas, Manolito? Se reirán de ti en el pueblo. Con esos modos y aspirando a tanto se quejó la madre cuando Manuel le pidió que preparara ropa limpia para pedir la mano. Además, la novia no es que sea muy guapa.

¿Cómo que no, madre? Tiene los ojos azules como el cielo y una trenza larga y viva. Lo de que cojea me da igual. Vamos, prepárate, que vamos a pedir su mano.

La madre, suspirando, empezó a prepararse. Parecía pensar que su Manolito tenía un gran corazón y unos ojos que veían más allá de las apariencias.

Miguel Hidalgo, claro, se sorprendió de que hubiera dos pretendientes. Con su experiencia, sabía que su hija no era del gusto de cualquiera. Tras hablar con los padres de ambos lados y pensarlo bien, decidió preferir a Francisco.

Pero, padre, a mí me gusta más Manuel dijo Caridad, bajando la mirada. El otro día nos encontramos junto al puente del río, se me rompió el cubo y él me ayudó enseguida. Me pareció amable, con una mirada cálida. En cambio, Francisco mira como con desdén.

No sé dijo Miguel Hidalgo, moviendo la cabeza. Me parece que ese Manuel malgastará tu dote en nada. Nunca ha tenido nada, y de repente, todo a la vez. Creo que con Francisco vivirás mejor. Además, su familia es buena.

Caridad no tuvo más remedio que aceptar. Aunque su corazón latía por Manuel, no se atrevió a desafiar a su padre.

La boda se celebró rápido, no fuera que el novio cambiara de idea. Y al mes, los recién casados ya estaban en su casa con su pequeña granja. Caridad, pese a sus defectos físicos, era trabajadora, y todo salía bien en sus manos. En cambio, su marido podía pasarse el día en la cama leyendo libros. En casa del maestro siempre hubo libros, y Francisco se aficionó desde niño.

Oye, Cari, ¿has leído a Cervantes? ¿O a Quevedo?

Qué inculta eres se lamentaba Francisco. Ni siquiera sé de qué hablar contigo.

Pues de lo que importa: hay que arreglar el corral de las gallinas y conseguir un comedero más grande para los cerdos, que tiran todo.

Siempre lo mismo decía él, haciendo un gesto de desprecio. Cerdos y corrales, eso es todo lo que piensas. Los caballos que nos regaló tu padre, cuídalos tú.

Y así fue. Caridad trabajaba de sol a sol, cuidando del ganado y la huerta. Francisco solo leía y se quejaba de su falta de cultura. Ella intentó hablar con sus suegros, pero para su sorpresa, en esa casa pasaba lo mismo.

Que lea dijo la suegra, encogiéndose de hombros. Las mujeres somos fuertes, así que trabaja tú. Si no, Francisco encontrará a otra más guapa.

Y así fue. Francisco empezó a verse a escondidas con Rosario. La chica era de armas tomar, y pronto todo el pueblo hablaba de adónde iba Francisco cuando salía de casa. Con el tiempo, ni siquiera lo ocultó.

Con Rosario al menos puedo hablar, no como contigo. Y además ni siquiera me puedes dar un heredero.

Eso fue lo que más le dolió a Caridad. Todos esperaban un heredero: sus padres, los suegros, Francisco, ella misma. Pero el tiempo pasaba y no llegaba. Quizá por el trabajo duro, pues ella hacía todo, hasta las tareas de hombre.

Cada vez recordaba más a Manuel y pensaba cómo habría sido su vida si hubiera seguido su corazón. Y un reencuentro con la madre de Manuel removió viejos sentimientos. La anciana le contó que su hijo, tras el rechazo, se había ido a la ciudad y estudiado veterinaria, pero seguía soltero.

Se puso tan triste cuando Miguel Hidalgo le dijo que no. Y, la verdad, yo tampoco te quería confesó la madre, frotando unos trapos con jabón. Pero no sabía lo buena que eres. Hasta le aconsejé que se fijara en Rosario. Pero mi Manolito es más listo.

Sí susurró Caridad, casi resbalando en los tablones mojados del río.

Escribe que lo mandan a nuestro pueblo, que va a arreglar la casa siguió la mujer, como si no notara la reacción de Caridad.

«Ver a Manuel, aunque sea un momento», pensó ella, ruborizándose. ¿Cómo podía pensar así, teniendo marido?

Pero la vida dio un vuelco. Primero, Rosario quedó embarazada de Francisco. El pueblo no paraba de cotillear, y Caridad casi no salía de casa para evitar las miradas burlonas.

No te enfades, Caridad dijo Francisco, encogiéndose de hombros. Soy un hombre, necesito que una mujer me dé un hijo. Y tú no puedes. Así que tienes que volver con tu padre.

¿Cómo, Francisco? Hemos vivido juntos, ¿y ahora me echas? ¡Se reirán de mí!

No es mi problema. ¿Quieres que sufra? Pues vete.

Ahogándose en lágrimas, Caridad esperó a la noche para ir a casa de su padre. Él no estaba contento, pero no había opción. Al día siguiente, fue a buscar los caballos y a hablar con su yerno, pero solo encontró a Rosario, paseándose por el patio con una bata de Caridad. Miguel Hidalgo escupió al suelo y se fue.

El pueblo habló un tiempo y luego lo olvidó. Hasta que llegó otra noticia: Manuel había vuelto. Con gabardina y sombrero, como un señorito de ciudad, parecía de otro mundo. Hasta llevaba un bastón. Los vecinos se burlaron, pero envid

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La noticia de que Miguel Pedro decidió casar a su única hija conmovió a todo el pueblo.
Olga pasó todo el día preparándose para la Nochevieja: limpiando, cocinando y poniendo la mesa. Era su primer Fin de Año lejos de sus padres y junto a su pareja. Llevaba tres meses viviendo con Toño en su piso. Él le sacaba quince años, había estado casado, pagaba pensión, y le gustaba el bebercio de vez en cuando… Pero eso a Olga no le importaba: cuando se quiere, se quiere. Nadie comprendía qué le veía, pues atractivo no era, más bien todo lo contrario; tenía un carácter insufrible, era tacaño hasta la médula y nunca tenía dinero. Y si lo tenía, solo era para él. Sin embargo, de este “pieza” se había enamorado Olya. Durante esos tres meses, Olya esperaba que Toño supiera valorar que ella era una mujer paciente y hacendosa, y que acabaría pidiéndole matrimonio. Él se lo decía: “Tenemos que convivir, así veo cómo te las apañas en casa. No vaya a ser que seas igual de desastre que mi ex.” De su ex, misteriosamente, nunca contaba mucho. Así que Olya se esmeraba al máximo, mostraba su mejor faceta: no se enfadaba cuando él llegaba borracho, cocinaba, lavaba, limpiaba y hacía la compra con su propio dinero (no fuera a pensar Toño que ella era una interesada). Incluso el menú especial de Nochevieja salió de su bolsillo. Hasta le compró un móvil nuevo como regalo. Mientras Olya ultimaba los preparativos, su “maravilloso” Toño también se preparaba… a su manera: se fue de copas con los amigos. Regresó alegre y anunció que, para Nochevieja, vendrían sus colegas, desconocidos para ella. Ella ya tenía la mesa puesta y faltaba una hora para las uvas. Su ánimo decayó, pero se mordió la lengua – no quería ser como la ex de Toño. Media hora antes de las campanadas, irrumpió en el piso una banda de amigos y amigas borrachos. Toño, más animado, los sentó en la mesa y siguió la juerga. Ni siquiera presentó a Olya a los demás; la ignoraron, pasaron olímpicamente, y siguieron con sus bromas internas. Cuando Olya señaló que quedaban dos minutos para las uvas y había que servir el cava, la miraron como si fuera una intrusa en su propia casa. —¿Y esta quién es? —preguntó una tipa, torcida de risa. —La vecina de cama —contestó Toño, desatando carcajadas a costa de Olya. Comieron lo que Olya había preparado, y mientras tanto, se burlaban de ella. Entre risas, decían que Toño había sido muy listo por conseguir una cocinera y chacha gratis. Y él, en vez de defenderla, se reía con ellos, atracándose de la comida que Olya había pagado y hecho, tratándola de alfombra. Olya salió despacio del salón, recogió sus cosas y se fue con sus padres. Nunca había vivido una Nochevieja tan horrible. Su madre repitió el clásico: “Ya te lo decía yo”, y su padre respiró aliviado. Olya, después de llorar todo lo que tenía dentro, vio claro lo que no había querido ver. Una semana después, cuando a Toño se le acabó el dinero, apareció en casa de Olya y, como si nada, preguntó: —¿Pero te has ido? ¿Te has enfadado o qué? —y viendo que no le hacía caso, atacó: —¡Vaya cara tienes, tú cómoda en casa de tus padres y yo pasando hambre! Estás empezando a parecerte a mi ex… Olya se quedó muda ante semejante descaro. Cuántas veces había ensayado mentalmente todo lo que quería decirle; pero ahora, ni palabra. Lo único que pudo hacer fue mandarle a paseo y cerrarle la puerta en las narices. Así fue como para Olya el Año Nuevo trajo una vida nueva.