La vida es para vivirla, no un simple paseo por el campo.

La vida no es un camino de rosas…

Todo el pueblo murmuraba sobre cómo Irina le había robado el marido a su propia hermana. Solo los sordos no habían oído el escándalo, y los mudos no podían contarlo. Aquel chisme era el entretenimiento perfecto para los vecinos, algo para sazonar con detalles jugosos y repetir en las tertulias. Para algunos, solo era cotilleo; para otros, un giro dramático en una historia ajena.

Nicolás se casó con Elena muy joven, aunque, para ser exactos, a él ya le tocaba casarse, mientras que ella aún estaba en edad de jugar con muñecas. Los padres de Elena bebían sin control y descuidaban a sus cuatro hijos. Elena, la mayor, cargaba con todo. Gracias a ella, sus hermanos menores estaban limpios y alimentados, aunque la familia apenas tenía sustento. Lavaba, cocinaba gachas, llevaba a los pequeños al colegio, revisaba sus tareas y, aun así, ella misma sacaba buenas notas en su último año de instituto.

Un día, al volver de clase, encontró su casa reducida a cenizas. Los vecinos, apiñados alrededor, le contaron que los bomberos llegaron demasiado tarde. Sus padres, borrachos, no pudieron escapar. Quizá su padre se durmió con un cigarro… quién sabía.

Elena gritó, se arrojó sobre las brasas aún calientes, cayendo en el barro encharcado, pero nada podía hacer ya. Sus hermanos fueron llevados a un orfanato, mientras que a ella la acogió su tía Ana, media hermana de su padre.

La vida con Ana no era mala. Aunque la tía trabajaba sin descanso y luego se ocupaba de la casa con mano firme, casi militar, a Elena la trataba con cariño. Su marido, Vasilio, era un hombre callado y trabajador, alto, pero que se encogía bajo la mirada de Ana. En aquel hogar no había gritos ni borracheras, algo que a Elena le resultaba extraño al principio, acostumbrada como estaba al caos de su infancia. No le importaba trabajar, y aunque Ana intentaba protegerla, Elena se ocupaba de todo con la misma dedicación de siempre.

Hasta que volvió del ejército Nicolás, el hijo mayor de Ana. Entonces, la vida de Elena cambió para siempre.

Nicolás era alto y bien parecido, con un mechón rebelde que se pasaba el pelo con la mano. Su mirada hacía suspirar a todas las chicas del pueblo, que incluso se peleaban por su atención. Como su madre, era trabajador y habilidoso, y aunque no era hijo biológico de Vasilio, había heredado su carácter tranquilo y su respeto por la familia.

Ana había tenido a Nicolás antes de casarse, y solo ella sabía quién era su verdadero padre. Cuando Vasilio la pretendió, aceptó sin pensarlo, consciente de que pocos hombres aceptarían a una mujer con un hijo. Con el tiempo, nació el amor, y tuvieron tres hijos más. Por desgracia, Maximiliano, el mediano, murió antes de cumplir tres años. Las hijas, María y Raquel, gemelas, fueron su consuelo, y por eso también abrazaron a Elena como una más.

Ana notó algo raro en Elena enseguida. La muchacha, delgada y menuda, estaba pálida, con náuseas y los ojos hinchados de llorar. Y cuando vio cómo la miraba Nicolás, lo entendió todo.

“¡Dime la verdad! ¿Ha pasado algo entre vosotros?” le espetó una noche después de cenar.

“¿Con quién?” Nicolás arqueó las cejas, bromeando.

“¡No me tomes el pelo! ¿Con Elena?”

“La amo” respondió él, firme. “Y ella me ama a mí.”

“¡Ya veo que sí, tanto que hasta lleva tu hijo en el vientre! ¿O no es así? ¡Que venga Elena ahora mismo!”

Nicolás la trajo del brazo, mientras ella temblaba de miedo.

“¿Así que os queréis? ¿Y desde cuándo tienes náuseas, hija?”

“Desde hace dos meses…” susurró Elena.

“Madre, es mi hijo, y asumiré mi responsabilidad.”

“¡Pues claro que la asumirás! Os casaréis, ¿qué otra opción hay? ¡No permitiré que nadie lastime a esta huérfana!”

“Y tú, niña, no llores. En una semana cumples dieciocho, y entonces celebraremos la boda.”

La boda fue espléndida, con todo el pueblo festejando. Elena solo había soñado con algo así en los libros. Dos días de fiesta, copas rotas, licor bebido… todo como manda la tradición: el árbol decorado con cintas, el pan de boda, las bromas de los padrinos. Hubo regalos en abundancia: vajillas, mantas, incluso una cabra y un par de gansos.

La novia, radiante en su vestido blanco, sonreía mientras Nicolás le susurraba al oído, haciéndola ruborizar. Al día siguiente, siguieron celebrando, comiendo los restos del banquete y bailando hasta que Ana, achispada, casi perdió la voz cantando coplas. Hasta Vasilio, que apenas bebía, se animó a bailar con una de las madrinas, hasta que Ana lo arrastró a casa.

Desde entonces, Ana fue para Elena madre y suegra a la vez.

Los recién casados se mudaron a una casa antigua pero sólida, heredada de la abuela de Vasilio. Nicolás arregló el tejado y la valla, mientras Elena y Ana blanquearon las paredes y pintaron las ventanas. Pronto tuvieron animales: los gansos, la cabra, tres cerdos y una veintena de gallinas. Y aquella noche, bajo las estrellas, se juraron amor eterno:

“Juntos para siempre, en la alegría y en el dolor, en la salud y en la adversidad.”

Celebraron la nueva casa con otra fiesta, recibiendo más regalos: utensilios, manteles bordados por Ana…

La vida fluyó como un río, con sus piedras y remolinos, pero juntos lo superaron todo. Al año, Elena dio a luz a una niña, y luego a un niño. La felicidad reinaba en aquel hogar.

Hasta que decidieron acoger a la hermana menor de Elena del orfanato.

Irina acababa de cumplir diecisiete años.

Ana se opuso con todas sus fuerzas. Algo en su corazón le decía que aquello acabaría mal.

“No sé, hijos… esto no traerá nada bueno.”

“Madre, ¡qué dices! Irina estudiará, luego se casará… ¡todo irá bien!” Nicolás abrazó a Elena, riendo.

“Ya veréis…”

Irina era todo lo contrario a Elena: perezosa, como si hubiera crecido entre riquezas. Su habitación era un caos, y ella pasaba horas mirándose al espejo o enredándose el pelo en los dedos.

“¿De dónde saca esos aires de señorita?” comentaban los vecinos. Pero a Irina le daba igual.

En el fondo, Nicolás no le atraía, pero la felicidad de su hermana le quemaba.

Un día, Ana y Vasilio tuvieron que viajar a un pueblo vecino porque una tía enfermó gravemente.

Esa mañana, Elena fue a ordeñar la vaca mientras Nicolá

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

three × three =