Ven, pero sin los nietos.
Son mis nietos, y si te molestan…
Lola, ¡espera un momento! Te invité a ti. A ti. Queríamos pasear por el malecón, ir al teatro, ¿recuerdas? ¿Qué teatro con niños? Vivo en un piso pequeño. ¿Y cuatro niños? ¿Dónde cabemos todos?
Bueno, nos hubieras hecho sitio si quisieras. Pero ya entiendo, no quieres.
Lola… A mi edad, tener una guardería en casa es demasiado, suspiró Marina. Con uno solo ya me cuesta. No puedo con tanto. Pensé que tomaríamos un té, charlaríamos, recordaríamos viejos tiempos. Pero esto… cocinar a montones y, no te ofendas, escuchar el alboroto infantil. Si tanto quieres venir con ellos, puedo ayudarte a buscar un apartamento por aquí.
Ya veo. Sabes, Marina, donde no hay sitio para mis nietos, no lo hay para mí declaró Lola con firmeza. Cada cual sigue su camino. Feliz Año Nuevo.
La amiga colgó. Marina suspiró y se llevó la mano a la frente. ¿Cuándo se había convertido Lola en esa gallina clueca? Aunque, pensándolo bien, siempre habían sido muy distintas…
…Marina y Lola se conocieron en su juventud, en una fiesta de amigos, cuando tenían dieciséis años. Tres años después, casi al mismo tiempo, se casaron. Marina fue dama de honor en la boda de Lola, y Lola en la de Marina. Luego fueron madrinas de los primeros hijos de cada una, y después Lola tuvo un segundo niño.
Marina, en cambio, se quedó con una sola hija. Ella era introvertida, pero su niña, Paula, era una tormenta. Siempre exigía atención. El colegio era su salvación: mientras Paula estaba en clase, Marina podía respirar, cocinar y limpiar. Pero cuando la niña enfermaba, eran días oscuros. No solo sufría por ella, sino que además se volvía caprichosa, llorona, incapaz de decidir lo que quería.
Marina siempre admiró a su amiga. Lola manejaba a sus dos hijos con una facilidad pasmosa. Nunca se quejaba del cansancio y siempre lucía radiante.
¿Cómo lo haces? ¿No te agota? A mí con la mía a veces me dan ganas de tirarme por la ventana.
Al principio fue duro, pero cambié la manera de ver las cosas. ¿No se lavan bien las manos? Fortalecen su sistema inmune. ¿Se visten al revés? Desarrollan su estilo. ¿Se comen la comida del gato? Problema del gato. Además, juegan juntos y así yo descanso. Claro, hay que vigilar que no destruyan la casa, pero con un ojo basta.
Marina solo alzaba las cejas. Ella jamás podría ser así. Abrigaba a su hija en invierno como si fuera una muñeca de porcelana, la llevaba siempre de la mano. O al menos lo intentaba. Quizá el método de Lola tenía su mérito. Pero Marina era distinta.
Con los nietos, la historia se repetía. Marina tenía una sola nieta, Lucía. Lola, en cambio, un batallón de cuatro varones.
Lucía era igual que su madre, demandante y ruidosa. Mientras su marido vivió, Marina aguantó como pudo. Cuando él murió, se dio cuenta de que la niña la desbordaba. Lucía no podía estar sola. Si jugaba, quería compañía. Si armaba un puzzle, arrastraba a su abuela.
Y hablaba sin parar. Hacía una pregunta y, antes de escuchar la respuesta, cambiaba de tema. Marina no daba abasto. Se agotaba.
Una hora con ella era felicidad. A la tercera, la cabeza le daba vueltas, le pitaban los oídos y solo deseaba encerrarse en su habitación, taparse con la manta y respirar.
Lola estaba hecha de otra pasta. Risas, gritos, fotos de verano con los niños comiendo fresas del huerto, pisando los maceteros y mojándose con la manguera.
Marina, como siempre, no entendía cómo lo hacía.
El mayor ya tiene nueve. Él vigila a los otros decía Lola encogiéndose de hombros. Además, son independientes. Se entretienen solos.
Un día, Marina lo comprobó. La vida las había separado. Lola se quedó en su pueblo, pero Marina se mudó a Madrid con su marido cuando Paula tenía ocho años. En todos esos años, apenas se vieron un par de veces.
Oye, ya no tienes ataduras. Paula es mayor. ¿Por qué no vienes a visitarme? Solo has visto mi casa en fotos propuso Lola.
Marina no lo pensó mucho y aceptó. Últimamente la vida le sabía a poco, y esto era un cambio: reencontrarse con su amiga, tomar algo en el porche al atardecer.
¡Qué equivocada estaba! Cuando llegó, dos de los nietos ya estaban allí. Para el almuerzo, llegaron los otros dos. Y entonces empezó el infierno.
Uno trajo un coche de juguete a la mesa, los niños se pelearon por él y empezaron a gritar y a tirarse comida. Hasta a Marina le cayó un plato de lentejas en la cara. Los niños reían, y Lola solo alcanzaba a limpiar paredes y suelo.
¡Basta ya! gritaba, agitando un trapo. ¡O se portan o no hay cena!
Pero la amenaza surtía poco efecto. Los niños la ignoraban o, peor, lloraban a gritos, lo que era aún más insoportable. Hacían ruido con las tapas de las ollas como si fuera música, disparaban con pistolas de juguete, se chillaban… Marina comprendió que los nervios de Lola eran de acero.
El primer día esperó adaptarse. El segundo, fingió una sonrisa. Al tercero, no pudo más y empacó, aunque había planeado quedarse dos semanas.
Perdona, pero necesito silencio dijo con calma, pero el resentimiento quedó.
En ambas.
Y ahora la historia se repetía. Solo un mes antes, Lola se quejaba de que sus hijos la “abandonarían en Nochevieja”. Unos irían a casa de los suegros, otros a una estación de esquí. Marina pensó: esta es nuestra oportunidad para revivir el pasado, pero en mis términos.
Celebrémoslo juntas propuso.
Lola aceptó encantada. Hicieron planes: paseo por el malecón, teatro, “La gran familia”. Marina planeó llevar a Lola a su pastelería favorita por un roscón de Reyes. Avisó a su familia que no iría, limpió a fondo su piso, compró provisiones. Todo iba sobre ruedas, hasta que…
Marina, tu yerno solo tiene una silla de bebé en el coche, ¿no? ¿No tendrá otra? preguntó Lola como si nada.
¿De dónde? Marina se sorprendió. ¿Para qué?
Bueno, voy a visitarte. ¿No te acuerdas? Quiero enseñarles Madrid a los nietos, ya se lo he dicho respondió Lola, como si fuera obvio. ¿Cuándo tendrán otra oportunidad así? Sus padres podrán descansar.
Marina se quedó helada. ¿Acaso Lola pretendía llegar con toda su tropa?
Lola… Otra “batalla de lentejas” no la sobrevivo bromeó, nerviosa. Habíamos quedado nosotras dos. No seis.
¿Y qué pasa? Lola se puso a la defensiva.
Que mi sistema nervioso no aguanta.
Y ahí empezó todo. Para Lola, sus nietos eran una extensión de ella misma. Ir sin ellos era traicionarse. Marina no entendía por qué cada encuentro debía ser un circo.
No llegaron a un acuerdo. El 31 de diciembre, Marina estaba sola, recordando los viejos tiempos, cuando sus maridos vivían y salían juntas al campo. Recordaba cuando Lola, en su primer intento de pescar, enganchó a Ignacio, su esposo, con el anzuelo. Recordaba su granizado casero.
Entonces parecía que nada rompería su amistad. Pero ahora… algo había cambiado.
Al final, Marina no aguantó y fue a casa de su hija, yerno y nieta. ¿Qué hacer sola?
¡Bisabuela vino! ¡Te lo dije! gritó Lucía, feliz. Me alegro de que esté con nosotros y no con esa otra señora.
Esa Nochevieja, Marina la recordaría por el calor de su familia, el olor a pino, carne asada y las chispas de las bengalas. Había ruido, sí, pero era su ruido. Y, sobre todo, pasajero. Tal vez fue mejor así.
Lola, sin embargo, se ofendió. Ni siquiera contestó el teléfono semanas después, cuando Marina quiso felicitarla por su cumpleaños. Suspiró y dejó el móvil sobre la mesa. Sus caminos se habían separado. Envejecían de modos distintos: una quería ser el sol de sus nietos, la otra, un rincón tranquilo. Pero el problema era otro. Ahora hablaban idiomas diferentes.







