No volverás a ver a tu nieta declaró mi nuera antes de bloquear mi número.
Doña Carmen, ¿puedo fregar los platos? Necesito hacer algo con las manos propuso Lucía, asomándose a la cocina de su suegra.
Carmen dejó el periódico a un lado y observó a su nuera con atención. Lucía estaba en el marco de la puerta, con su bata habitual, el pelo en un moño despeinado, pero sus ojos brillaban de un modo extraño, casi febril.
No hace falta, cariño, descansa. Ayer trabajaste hasta tarde en tu presentación. Yo me encargo respondió la suegra, doblando el periódico.
En serio, déjeme ayudarla. Usted siempre hace todo en casa, y yo solo estorbo insistió Lucía, acercándose ya al fregadero.
Carmen frunció el ceño. Algo en el comportamiento de su nuera la inquietaba. Lucía solía ser más reservada, tensa en su presencia. Hoy, sin embargo, se movía con una energía nerviosa, como una estudiante antes de un examen.
¿Dónde está Sofí? preguntó Carmen, refiriéndose a su nieta de cuatro años.
Todavía duerme. Anoche se acostó tarde viendo dibujos respondió Lucía, enjabonando un plato con brío.
Carmen se acercó, se plantó junto a su nuera en el fregadero. Lucía olía a su perfume habitual, el mismo que Javier le había regalado por su cumpleaños. Pero también a algo más, algo que desprendía inquietud.
Lucía, cariño, ¿qué te pasa? Hoy estás muy alterada dijo Carmen con suavidad.
Lucía se quedó quieta, el plato mojado en las manos. Sus hombros se tensaron, los dedos se aferraron con más fuerza.
Nada importante. Solo dormí mal, supongo.
¿Y Javier? Prometió llevar a Sofí al parque hoy siguió preguntando Carmen, notando cómo el ambiente en la cocina se volvía más denso.
Javier no vendrá contestó Lucía con brusquedad, dejando el plato en el espe







