Medio reino por un nieto

¿Y qué, todavía no estás embarazada?
No, Leonor Martínez, todavía no suspiro Lucía, conteniendo la irritación que le subía por la garganta.
¡Pero bueno! exclamó la suegra, frustrada. No podéis tardar tanto, chiquillos. Esto es urgente. Ahora mismo te mando un vídeo, muy instructivo.
Ajá. Gracias murmuró Lucía, sin entusiasmo, anticipando otra lección sobre “posturas milagrosas”.

La suegra colgó. El cuchillo restalló contra la tabla. La nuera picaba los tomates con el doble de fuerza, descargando su enfado.

Últimamente, la madre de Mario ni siquiera saludaba. Iba directa al grano con esa pregunta maldita, sacando de quicio a Lucía. Pero no siempre había sido así…

Antes, Lucía y Leonor se llevaban bien. La suegra no se entrometía, llamaba una o dos veces por semana y visitaba menos aún. A veces pedía que la llevasen a hacer la compra o a la casa de campo de la abuela, y a cambio les colmaba de mermelada casera, uvas o cerezas.

Hasta que un día todo cambió. Por culpa de Asunción, la madre de Leonor.

Hasta su propia hija bromeaba llamándola “la generala”. Exprofesora, estricta como nadie, llevaba a la familia con mano de hierro. Pero Lucía tuvo suerte: cuando empezó con Mario, Asunción ya apenas salía de su piso. La edad y los achaques la tenían recluida.

Sin embargo, una tarde, la abuela apareció en casa de su nieto. Y con eso bastó.

¿Qué es este caldo? ¡Esto es para darle a los cerdos! bufó Asunción, escudriñando la olla. Aparta, que te enseñaré cómo se hace un buen sofrito.
En la familia de Lucía, la sopa se hacía sin sofrito. Menos calorías, más salud. Y Mario, aunque solo fuera un poco, tenía sobrepeso. Lucía no le imponía dietas, pero tampoco quería empeorarlo.

Asunción, no hace falta. Así también está rica protestó.
Ay, la juventud… No sabéis nada con vuestras apps de comida rezongó la abuela, aunque se sentó.

Todo habría quedado ahí, pero entonces llamó la madre de Lucía. Al regresar, el sofrito ya crepitaba en la sartén. Lucía apretó los labios, lanzando una mirada torcida a Asunción.

¿Para qué? Nos gusta así, sin grasas. Es nuestra costumbre.
Es que no has probado la buena. Cuando la pruebes, cambiarás de opinión declaró la abuela con seguridad absoluta.

Lucía no discutió. Podría haber tirado la sopa al váter, pero era demasiado. Asunción apenas iba, podía aguantar por Mario.

Pero incluso a distancia, Asunción logró entrometerse.

En una cena familiar, anunció:

He tomado una decisión. Dejaré mi herencia al primero que me dé un bisnieto. Quiero ver el fruto de mi sangre antes de partir.

Mario se rio al contárselo a Lucía. Ella sonrió. ¿Acaso cambiarían sus planes por un capricho?

Primero trabajo, luego casa, después hijos. Antes, la suegra incluso apoyaba esa idea, diciendo que no había prisa.

Ahora estaban en la segunda fase, pagando la hipoteca. Según Lucía, les quedaba un año. Para ellos, un año en el que todo podía cambiar. Para la suegra, de repente, era “solo un año”.

Cariño, ¿por qué no os dais prisa? insinuó Leonor con voz melosa. Total, ya ibais a tener hijos, y así además heredaréis.

Lucía se quedó atónita. ¿Desde cuándo le decían cuándo ser madre? Ni su propia madre se atrevía.

Leonor, aún no hemos terminado con la hipoteca.
¡Si solo os queda un año! Para cuando nazca, ya habréis pagado.
La gente en el 2008 también pensaba así, y ya ves… No, primero queremos seguridad.
¡Pero si falla la hipoteca, tendréis el piso de la abuela! Y la casa de campo. Y su joyero. ¡Todo ese oro! Un tesoro.
No vamos a correr. Si coincide, bien. Si no… Pues no era nuestro destino.

Desde entonces, esas conversaciones se repitieron. Lucía perdía la paciencia. Explicaba, pedía que la dejaran en paz, pero nada funcionaba.

No le hagas caso decía Mario. Es mi madre. Simplemente asiente y se calmará.

Pero Leonor interpretó la sumisión como aceptación y redobló sus esfuerzos. Le enviaba vídeos de “expertos”, mostraba fotos de los nietos de sus amigas, llevaba velas “para el ambiente”…

En el cumpleaños de Lucía, la suegra apareció con un carrito de bebé. “Total, ya lo vais a necesitar”. Era lujoso, pero a Lucía le repugnaba que jugasen con su cuerpo y su futuro.

En cada visita, Leonor soltaba:

Vero y su marido casi se separan, y a Patri no le sale… ¡Todavía estáis a tiempo!

Como si fuese una carrera. Lucía se sentía un caballo en una competición absurda.

Aguantó, por paz familiar. Estuvo a punto de sugerirle a la suegra que pariera ella, pero entonces llegaron las noticias.

Patri está embarazada anunció Leonor con voz apagada.

Lucía casi soltó un “gracias a Dios”, pero se contuvo.

Aún no es seguro, así que id pensándolo… insistió la suegra. Por si acaso.

El “por si acaso” nunca llegó. Patri dio a luz, y parecía el final, pero…

Bueno, ahora tengo una gran familia dijo Asunción, mirando a todos en la reunión. Quien me cuide hasta el final, heredará.

Las caras se demudaron. Patri palideció, su marido atragantó con el rosco. Leonor, en cambio, se enderezó, rejuvenecida.

Pero usted dijo que sería para nosotras murmuró Patri.
¿Cuándo dije eso? Asunción arqueó las cejas. ¿Creéis que por parir merecéis todo? ¿Y quién piensa en mí? ¡Ya ni puedo ir a comprar!

Lucía sonrió. He ahí el reino prometido por un nieto…

Tras esa noche, comenzó el peregrinaje. Tías, primos, la suegra, incluso Patri con el bebé… Todos acudían a la abuela, tratando de ganar su favor.

Lucía y Mario no entraron en esa carrera. Seguían con sus vidas, su trabajo, sus noches juntos. Eso era su victoria. Porque se puede correr toda la vida tras una zanahoria… o construir tu propio camino.

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