En el pueblo, todos hablaban de su hija con orgullo, pero era mentira. Juliana no podía admitir la verdad, pues la vergüenza le quemaba el alma. En el hatillo que preparó para su muerte, guardaba cartas… cartas de su hija. Carmen las encontró y las colocó bajo la almohada de la difunta. Que se las llevara a la tumba, junto con su terrible secreto…
*De lo vivido.* *La vergüenza.*
Desde joven, Juliana creyó en los sueños. No sabía por qué, pero siempre acertaba. Si alguna vecina le contaba un sueño, ella lo interpretaba y casi nunca se equivocaba. Soñaba que volaba, que se elevaba sobre los tejados de las casas del pueblo, sintiendo el viento en el rostro. Pero había un sueño que se repetía: caballos blancos con manchas grises, tirando de un trineo donde iba ella con Alejandro, su marido. Los caballos galopaban tan rápido que despegaban hacia el cielo, dejándoles sin aliento. Soltaban las riendas y se abrazaban, volando juntos. Ese sueño lo tuvo muchas veces mientras Alejandro vivía. Después de su muerte, seguía soñando con los caballos, pero él ya no tomaba las riendas… solo sonreía. Sabía que soñar con caballos era augurio de enfermedad o muerte, pero aun así le encantaba volar en sueños.
Aquella noche, volvió a soñar con ellos. Pero esta vez no había riendas, nadie guiaba el trineo. Los caballos ascendían más y más, hasta las nubes. Sobre una nube, un angelito con alas le sonreía. «¡Lucía! ¡Mi Lucía!», gritó Juliana en sueños, despertándose de golpe.
«Es hora… Es hora de prepararlo todo», murmuró para sí, sin lágrimas, sin queja.
Siempre había sido ordenada, así que limpió el suelo, sacudió las alfombras y sacó el hatillo que guardaba «para cuando llegara el momento». Lo deshizo, organizó todo y escribió notas para que nadie tuviera que buscar sus cosas. «Carmen vendrá», pensó. Era su única amiga, casi una hermana. Las demás ya no estaban, y a nadie más le importaría.
Tomó un cuaderno y empezó a escribir:
*«Perdóname, Carmen. Eres la más cercana que tengo. Hemos vivido como hermanas… No digas nada, te lo suplico. No quiero que mi vergüenza salga a la luz. Ya no me dolerá cuando me vaya, pero aún así te pido silencio. Todos estos años he mentido, incluso a ti. Decía que mi hija era cariñosa, que no venía porque estaba enferma… pero la verdad es que no sé dónde está. Creo que vive, pero me abandonó hace mucho. Y para no sentirme humillada, inventé esa historia. No la busques. Entiérrame junto a Alejandro, donde dejé el lugar. La casa y todo lo que hay en ella es para ti. Tal vez a tus hijos les sirva algo. No supe criar a mi hija… y esa vergüenza me persigue. Que se vaya conmigo a la tumba. Te lo pido, hermana…»*
Juliana encendió la estufa, cerró el tiro y se acostó para dormir…
Carmen había notado que esa noche no había luz en su casa, pero nunca imaginó lo que pasaría.
¿Dejó alguna nota? preguntó el guardia civil que llegó para levantar el acta.
No, no dejó nada… mintió Carmen, apretando en el bolsillo la carta arrugada. La soledad la consumió, eso fue todo.
* * *
Lucía había sido una niña hermosa e inteligente. La única, la adorada. Alejandro, un ingeniero agrónomo casado, se enamoró de Juliana, una humilde campesina. En aquellos tiempos, eso podía costarle el trabajo y la expulsión del partido, pero el alcalde, que tampoco era santo, ayudó a que se divorciara y se casara con ella. «Aquí no queremos hijos sin padre», dijo, golpeando el escritorio. Su exmujer se mudó a Madrid y Juliana y Alejandro vivieron felices… pero no por mucho tiempo.
Unos caballos, iguales a los de sus sueños, trajeron la desgracia. Alejandro volvía una noche del campo en bicicleta cuando un carro embistió contra él. El conductor iba borracho y no lo vio. Lo encontraron al amanecer, ya muerto. Juliana lo esperó toda la noche sin dormir. «Si alguien lo hubiera visto a tiempo…», pensaba. Pero el destino es cruel.
Tuvo pretendientes después, pero nunca les hizo caso. Solo vivía para su hija. Lucía era su orgullo: estudiaba bien, cantaba, bailaba, todos decían que tenía talento. Hasta que entró en el Instituto de Bellas Artes de Madrid. Juliana no cabía de felicidad. Iba a visitarla, le llevaba comida, se preocupaba. El primer año, Lucía respondía con cariño, pero luego empezó a alejarse. Se volvió grosera, irritable.
Un día, Juliana llegó a la residencia y Lucía no estaba. Le dijeron que andaba con un extranjero. La echaron de la escuela. Sus compañeras contaron que aquel hombre la había enganchado a las drogas. ¡Qué vergüenza! Un año después, Lucía envió una carta: *«Olvídame. No me busques. Tengo mi propia vida.»*
Juliana trabajaba en los campos de remolacha, agachada para que nadie viera sus lágrimas.
Un día, antes de la Feria del Pueblo, Juliana les contó a las vecinas que Lucía se había casado. «Fui a Madrid para la boda, pero no dije nada para no tentar a la mala suerte. Su marido es un hombre importante, viaja mucho. No la veré mucho… ¡Pero os invito a todas!»
Y lo hizo. Trajo conservas, embutidos, cosas que las mujeres del pueblo nunca habían probado. «Mi yerno me los manda», decía. Todos hablaban de su suerte. A veces viajaba «a visitarlos», pero en realidad vagaba por Madrid, esperando ver a su hija entre la multitud.
Con los años, dejó de viajar. Lucía empezó a «escribirle». Juliana recogía las cartas en la oficina de correos del pueblo vecino.
Siéntate, Carmen decía, mostrando las cartas. Mira lo que me escribe Lucía. Querría venir, pero está enferma… Su marido la cuida mucho. La semana que viene iré a recoger otro paquete que me manda.
Y luego le daba yogures, jamón, cosas que Carmen nunca había probado.
¡Comí jamón! ¡De ese que no venden aquí! contaba Carmen después. ¡Y plátanos! ¡Juliana siempre tiene!
Cada año, en el periódico local, publicaban felicitaciones para Juliana en su cumpleaños. «¡Qué hija tan cariñosa!», decían. Con el tiempo, a nadie le importó si Lucía existía o no. Juliana envejeció sola, llevando su mentira hasta el final…
* * *
Carmen leyó una y otra vez la carta. *«Dios mío pensó. Yo me comí esos regalos… y nunca imaginé que los compraba con su pensión, solo para mantener la mentira. Si me lo hubiera contado… Habría sido más fácil.»*
La enterraremos sin su hija dijo a los vecinos. Está enferma, no puede bajar del décimo piso… Su marido está en el extranjero. Nosotras nos ocuparemos.
Y lloró como si fuera su propia hermana.
En el hatillo, junto a las cartas falsas, había otras… las verdaderas. Carmen las sacó y las puso bajo la almohada. Que se llevara su vergüenza a la tumba.
**Moraleja:** *A veces, el orgullo nos hace mentir para evitar el dolor. Pero la verdad, aunque duela, es más liviana que una vida entera de engaños.*






