El gato inesperado: cuando la suerte llega sin avisar

El gato inesperado

Hoy, Lucía se mudó a su propio piso. Y no importaba que fuera pequeño y en las afueras de la ciudad. La planta baja del edificio de tres plantas estaba tan cerca del suelo que podías saltar directamente al patio desde la ventana. La habitación, de doce metros cuadrados, apenas albergaba una cama, un armario de dos puertas, una mesita de café y dos sillas. La cocina era aún más reducida: una mesa, un mueble bajo el fregadero, un taburete y… nada más cabía. Un piso diminuto, pero suyo.

Lucía había conseguido la propiedad gracias a su parte de la herencia de su tía, quien la adoraba por su carácter afable y su disposición a ayudar en cualquier momento. El dinero solo dio para este piso. No había otra opción en la ciudad por ese precio.

Es un piso acogedor, luminoso y bien situado decía la agente inmobiliaria. Perfecto para una persona.
Para una sí, estoy de acuerdo… Pero necesitaría encontrar un sitio para la nevera…

Pasó todo el día limpiando, fregando y ordenando. Al anochecer, todo relucía, las cosas estaban en su sitio y el hervidor silbaba en la cocina. La vajilla descansaba en el amplio alféizar. Lucía recorría una y otra vez su nuevo hogar, calculando dónde colocar la ansiada nevera.

La noche cayó. El té se bebió, pero el electrodoméstico seguía sin lugar. Lucía se acomodó en la cama y se arropó con la manta. Fuera, los grillos cantaban. Bajo su murmullo, el sueño la envolvió…

Un estruendo en la cocina la sacudió. Agarró el móvil: las tres de la madrugada. Oscuridad total. ¿Ladrones? ¿Un fantasma? ¿O simplemente el viento? Descalza, se acercó sigilosamente y asomó la cabeza.

La vajilla yacía esparcida por el suelo. Su taza favorita, partida en dos, y entre los pedazos, un gato. Un gato atigrado común, pero enorme. La miraba con calma.
¿De dónde has salido?

El felino, como si respondiera, volvió la mirada hacia la ventana.
¡Pues márchate por ahí! agitó las manos, pero el gato saltó por encima de ella y se instaló en la cama.

Amanecieron juntos: Lucía en la silla, el gato en el colchón. A las seis, el intruso se desperezó, bostezó y se marchó.

El día transcurrió entre más tareas domésticas. Al atardecer, recordó al visitante. Precavida, guardó la vajilla en el armario y cerró la ventana. Pensó que sería suficiente para mantener alejado al peludo.

Pero a las tres en punto, ruidos en el alféizar. El mismo gato, con la frente contra el cristal, la observaba con mirada intensa.
Pues quédate ahí dijo, y se volvió a dormir.

Por la mañana, un peso en sus piernas la despertó. El gato estaba ahí.
¡Ah, tú! levantó la almohada, pero él bostezó y salió por la ventana, que ella juraría haber cerrado.

La siguiente noche, Lucía decidió tenderle una emboscada. Apagó las luces y se apostó junto a la ventana. Los árboles se mecían, los grillos cantaban, sus párpados pesaban…

Se despertó en la silla, con el gato ronroneando en su regazo.
Bueno, ¿qué hago contigo? Si no puedo vencerte, me rendiré. Al fin y al cabo, hace falta un hombre en casa susurró, resignada.

El gato se quedó también de día. Cuando llegó la nevera, Lucía aún no sabía dónde colocarla. El felino resolvió el problema: se sentó en un rincón del recibidor y maulló con insistencia. Las medidas encajaban a la perfección.

Su nuevo trono fue el electrodoméstico. Allí dormía, comía, se acicalaba… vivía.

Una noche, el gato actuó de forma extraña. Saltaba, olfateaba la nevera, se removía… Hasta que se quedó quieto, en posición de esfinge.
¿Te has calmado? preguntó Lucía. Bien. A dormir.

Un aullido desgarrador la despertó. El gato gritaba como si el mundo se acabara. Ni las sirenas de ambulancia igualaban ese sonido.
¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo?

Se irguió, arqueó el lomo y continuó aullando. No se dejaba tocar. De pronto, saltó y se plantó junto a ella. En ese instante, chispas y humo brotaron tras la nevera. Corrió hacia la puña, arañándola con desesperación. Fuera estaba el cuadro eléctrico. Con un gesto rápido, Lucía cortó la corriente y abrió las ventanas.

Mañana llamaré a un electricista. Gracias, gatito. ¿Qué habría pasado sin ti?

Por la mañana, el gato había desaparecido.
Y no volvió.

Algunos dijeron que fue casualidad. Otros, que su tía velaba por ella. Pero Lucía estaba segura: había sido su ángel de la guarda. Porque ese gato entró en su piso y en su vida con demasiada seguridad…

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

seventeen − 5 =

El gato inesperado: cuando la suerte llega sin avisar
Su pastor alemán se negó a dejarla casarse con él… y luego la condujo hasta el maletero