Mamá los ingresó en un orfanato justo después de Reyes…

La madre las llevó al orfanato justo después de Reyes… Las niñas lloraban. Eran criaturas de hogar. Mientras su madre organizaba su vida sentimental, algo que hacía constantemente, las hermanas, Inés y Lucía, vivían con la abuela. Pero en Navidad, la abuela falleció y su madre las internó. No, no era una mujer despreocupada, no bebía ni fumaba. Pero, ¿acaso era justo que su exmarido viviera como quisiera mientras ella cargaba con dos niñas a cuestas?

La madre desabrochaba el abrigo de Lucía y murmuraba: “No lloréis, las cosas son así, ¿qué culpa tengo yo? Aquí estaréis bien, ¡luego me lo agradeceréis!”. Lucía, con solo tres años, apenas entendía lo que pasaba, pero al mirar los ojos fríos de su madre y el rostro asustado de su hermana mayor, Inés, de siete años, sentía que todo iba mal. La madre susurró: “No me avergoncéis, no os abandono, en cuanto me establezca os llevaré. ¡Vendré por vosotras en Semana Santa!”. Las niñas, entre sollozos, se callaron: ¡su madre había prometido volver!

Adaptarse al orfanato no fue fácil, aunque las cuidadoras las querían por su dulzura, inteligencia y el cariño que se tenían. Inés cautivaba con sus serios ojos negros, y Lucía era como un botón de inocencia. Lucía tiraba del vestido de Inés: “¿Cuándo es la Pascua? ¿Vendrá mamá entonces?”. Inés respondía con paciencia: “La Pascua es una fiesta de primavera, ¿recuerdas cuando la abuela pintaba huevos?”. Lucía asentía, pero al recordar a la abuela, asomaban lágrimas. Inés, con curiosidad, preguntó a la cuidadora, Isabel, quien le regaló un calendario: “Mira, la Pascua es este día, lo he marcado. Cada número es un día. Yo, de pequeña, tachaba los días hasta las vacaciones”. Inés hizo lo mismo, y la cadena de días se acortaba.

La mañana de Pascua, Lucía corrió hacia Inés con un huevo rojo: “¡Inés! ¡Hoy viene mamá!”. Inés también esperaba con ilusión, pero al caer la tarde, su corazón se encogió. Consoló a Lucía: “El autobús se habrá estropeado, así son las carreteras. ¡Vendrá mañana!”. Pero su madre nunca llegó. Años después, Inés supo que su madre había renunciado a ella. Por suerte, una tía la acogió, y con el tiempo, Inés la llamó “mamá”.

Pasaron los años. Inés se hizo enfermera, se casó, tuvo un hijo. Hasta que un día llegó una carta. ¡De Lucía! “¿Te acuerdas de mí? Solo recuerdo tus coletas y tus zapatos a cuadros. ¡Quiero verte!”. Inés aceptó, aunque le extrañó que su hermana se invitara así.

Lucía, en una chaqueta azul, cojeando, la abrazó emocionada: “¡Inés, te reconocí al instante!”. Inés fingió molestia, pero sus ojos ardían.

Tras la cena, Lucía contó: “No odies a mamá. Su nuevo marido, Antonio, la aceptó con nosotras, pero ella no se atrevió a llevarnos a las dos. Después tuvieron hijos… Antonio es buen carpintero, a veces vamos al sur. En secundaria, un toro me corneó… por eso cojeo”.

Inés preguntó: “¿Y trabajas? ¿Tienes novio?”. Lucía bajó la mirada: “Ayudo en casa… Con la pierna…”. Esa noche, Inés vio su ropa: limpia, pero remendada. ¡Ni en el hospital llevarían eso!

Al amanecer, Inés despertó a su marido: “Llévame a la casa de mamá”. Él refunfuñó, pero accedió.

Al llegar, su madre ni la reconoció. Inés dijo: “Buenos días, mamá”. La mujer frunció el ceño: “¿Dónde está Lucía? Que vuelva, hay que limpiar”. Inés, serena, respondió: “Se quedará conmigo. Dadle su ropa y dinero. Le buscaré trabajo. ¡Y arreglaremos su pierna!”. La madre se encogió: “¡Lárgate!”.

Inés replicó: “No es Lucía, es Lucia. ¡Si la tocas, todo el pueblo sabrá cómo abandonaste a tus hijas!”.

Media hora después, un hombre salió con una mochila: “Soy Antonio. Decidle a Lucía que la ayudaremos. Ya estuvo bastante de criada…”.

Inés caminó hacia el coche pensando: “¿Es tan difícil ser buena persona? Que los hombres no beban, que las madres no abandonen, que los hermanos no se olviden…”.

Ser humano. Eso es todo.

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