Hace muchos años, en un pequeño pueblo de Castilla, Isabel y Rodrigo se divorciaron cuando su hija Lucía cumplió dos años. Rodrigo ya no podía soportar a su esposa. Siempre estaba descontenta, llena de ira. Un día se quejaba de que él ganaba poco, al siguiente le reprochaba que no pasaba tiempo en casa ni la ayudaba con la niña.
Rodrigo intentó complacerla, pero fue inútil. Muchos conocidos decían que Isabel sufría una depresión posparto. Que quizá debía ver a un médico y tomar alguna medicina.
Pero Rodrigo lo dudaba. Isabel nunca había sido un ángel, ni siquiera antes del nacimiento de Lucía. Ahora parecía haber perdido el juicio.
No recordaba la última vez que la había visto sonreír. Incluso cuando estaba con la niña, su rostro reflejaba tal irritación que a Rodrigo le daban ganas de llevarse a Lucía y esconderla lejos.
Aun así, le sugirió que visitara a un psicólogo. La respuesta fue un torrente de veneno.
¿Qué, crees que estoy loca? ¿Que soy una histérica? ¡Con un marido como tú, cualquiera perdería la cabeza!
Después de aquello, Rodrigo no pudo más y anunció que pediría el divorcio. Isabel, por despecho, se llevó a Lucía y se mudó a otra ciudad. No reclamó la pensión alimenticia ni le dio su nueva dirección.
Rodrigo buscó a su hija un tiempo, pero al final se rindió. Amaba a Lucía y habría querido seguir siendo su padre, pero el miedo a enfrentarse a su exmujer lo paralizó.
Isabel, mientras tanto, alimentaba su rencor. Nunca se deshizo de él. Culpaba a Rodrigo de todo, convencida de que la había abandonado por otra. Nada tenía que ver con ella.
Con los años, esa amargura la consumió y se volvió contra Lucía.
Nunca la golpeó, pero la niña creció rodeada de una negatividad que pocos conocen.
En su casa no había celebraciones. Lucía solo supo que la gente festejaba los cumpleaños cuando empezó la guardería.
Mamá, ¿sabes? Hoy fue el cumple de Pablo y todos le felicitaron. ¡Hasta le dieron un regalo! ¿Yo también tendré eso?
No. Tonterías. No hay nada que celebrar. Yo fui la que te parió, así que la que merece felicitaciones soy yo. Y no preguntes más. ¡Es tirar el dinero!
Tampoco celebraban Nochevieja. Por suerte, en la guardería llegaba Papá Noel y repartía caramelos, así que ese era el único festejo de Lucía. En casa, ese día comían lo de siempre y se acostaban temprano.
Isabel odiaba la risa. Quizá porque ella misma había olvidado cómo reír. Cuando Lucía veía dibujos animados y soltaba una carcajada, su madre la regañaba.
¿Por qué relinches como una mula? ¡No hay nada de gracioso!
Y así, Lucía aprendió que sonreír era malo. Reír, también. Había que ser seria y triste, como mamá.
Nadie supo si Isabel tenía algún trastorno. Nunca fue al psicólogo, lo consideraba un gasto inútil. Pensaba que la vida no era para disfrutar, y que quienes son felices son simples o tontos.
Lucía probó su primer caramelo en la guardería, durante el cumpleaños de un compañero. ¡Era delicioso!
Por las noches soñaba que, cuando creciera, se compraría una bolsa entera. Ese pensamiento le daba calor, y hasta se le escapaba una sonrisa, aunque supiera que estaba prohibido.
Quién sabe qué habría sido de ella de seguir viviendo con su madre. Cada año, Isabel se volvía más amargada. Hasta los vecinos la evitaban, y las viejas se persignaban al verla pasar. Decían que el demonio vivía en ella, porque nadie podía ser tan cruel.
Tanta rabia le pasó factura. Le diagnosticaron cáncer. Como desconfiaba de los médicos, solo llegó al hospital cuando ya era tarde.
Una vecina acogió a Lucía cuando se llevaron a Isabel. Antes de irse, esta le dio el nombre y la ciudad donde vivía el padre. Al menos en eso pensó.
Isabel no volvió del hospital. Ni siquiera le dijeron a Lucía de inmediato que su madre había muerto. La niña, ya asustada de por sí, no se atrevía a preguntar.
Los servicios sociales encontraron pronto a Rodrigo. Para entonces, él ya llevaba seis meses casado. Cuando le llamaron, le dijo a su esposa que no abandonaría a su hija. Además, la había estado buscando.
Su mujer, buena persona, sabía cuánto había sufrido Rodrigo por estar lejos de Lucía. Así que le animó a ir a buscarla.
Lucía no recordaba a su padre. Tenía miedo de que la vida con él fuese aún peor.
Rodrigo llegó con un peluche enorme y una bolsa de caramelos. Al verlos, la niña se tranquilizó un poco. Pensó que quien traía golosinas no podía ser malo. Papá Noel también las repartía.
Mientras Lucía jugaba con el peluche, la vecina le contó a Rodrigo cómo había sido su exmujer.
No se habla mal de los muertos, pero vaya carácter. Nunca saludaba, jamás una sonrisa. Y la pobre Lucía siempre asustada, apagada.
A Rodrigo se le encogió el corazón. Se culpó por no haber rescatado antes a su hija. Debía haber insistido, haberla buscado. Pero el miedo a enfrentarse a Isabel lo detuvo, y por cobardía, Lucía sufrió.
Cuando terminaron los trámites y el funeral, Rodrigo se la llevó a casa.
Pronto es tu cumpleaños le dijo, sonriendo. ¿Qué te gustaría de regalo?
Lucía lo miró sorprendida.
No sé. Mamá nunca me daba nada. Tampoco celebrábamos.
¿Cómo? Rodrigo no daba crédito.
Decía que era una tontería. Que yo no merecía felicitaciones.
Eso no es cierto Todos merecen ser felices en su cumpleaños contestó él con la voz quebrada.
¿Entonces puedo pedir una bolsa de caramelos? preguntó Lucía. Me encantan.
Rodrigo solo asintió. Las palabras se le atragantaron.
Esa noche, después de acostar a Lucía, Rodrigo se encerró en la cocina y se tomó un trago de vino.
No celebraba su cumpleaños murmuró cuando su esposa entró. ¿Sabes lo que me pidió de regalo? Caramelos. Los que cualquier niño tiene Dios mío, ¿cómo pude permitirlo? Y si no tenía dinero, ¿por qué hizo eso? ¿Era capaz de negarle toda alegría solo por fastidiarme?
Carmen, su esposa, lo abrazó.
No la culpes. La vida ya la castigó bastante.
No la culpo. Me culpo a mí. Me convencí de que Lucía estaría bien con ella, que no había de qué preocuparse. Y ahora tengo una hija que hasta teme ser feliz.
Carmen sonrió.
Pues vamos a darle la mejor fiesta de cumpleaños. Por todos los que no tuvo.
Faltaba una semana. En esos días, Lucía se fue acostumbrando a su nueva familia.
Lo que más le sorprendió fue ver a su padre y a Carmen sonreír tanto. ¡Y reírse! Creía que los adultos ya no sabían hacerlo.
También descubrió que el desayuno podía ser algo más que gachas insípidas. Carmen le preparaba torrijas, buñuelos, requesón con miel
Pero lo mejor fue saber que en casa siempre había caramelos. Su padre le dijo que podía cogerlos sin pedir permiso. Solo le pidió que no se excediera, para que no le doliera la tripa. La noche antes del cumpleaños, Lucía no podía dormir. Se levantó de puntillas y fue a la cocina. Abrió el frasco de caramelos y tomó uno, lo miró en la palma de su mano como si fuera un tesoro. Se lo llevó a la boca, cerró los ojos y sonrió. Por primera vez, no tuvo miedo de hacerlo. Al día siguiente, la casa olía a bizcocho y había globos por todas partes. Lucía se vestía frente al espejo con un vestido nuevo, azul como el cielo que nunca había saboreado. Cuando entró en el salón y vio la tarta con velas, no supo qué hacer. Su padre la tomó de la mano. Cierra los ojos, deséate algo muy fuerte y sopla. Ella obedeció. Y cuando las luces se apagaron y todos gritaron “¡Feliz cumpleaños!”, algo dentro de ella se rompió, suavemente, como una cáscara que deja salir lo que lleva mucho tiempo encerrado. Años después, ya adulta, Lucía diría que ese fue el primer día de su vida. Y su padre, cada aniversario, le daría un caramelo envuelto en papel brillante, sin decir nada. Solo una sonrisa. Como diciendo: *Estoy aquí. Todo está bien. Y cada vez que Lucía masticaba aquel caramelo lento, saboreando el azúcar que se derretía en su boca, sentía que por fin pertenecía a un mundo donde querer era natural, donde reír no era pecado, y donde el amor no dependía de merecerlo, sino de simplemente estar allí, como el sol cada mañana.







