Marina nunca había confiado en su marido, por lo que debía depender únicamente de sí misma. Así transcurrió su vida en pareja.
Su esposo, **Louis**, era tan guapo como un cuadro. Además, poseía un carisma extraordinario y era el alma de cualquier reunión. Bebía con moderación, no fumaba y no le apasionaban ni el fútbol, ni la pesca ni la caza. En resumen, **«un auténtico caballero, digno de un palacio»**.
Por esas virtudes, Marina sospechaba que su marido buscaba consuelo fuera del hogar. Hombres como él resultaban escasos, y las **«cazadoras»** surgían por su cuenta
Lo único que le tranquilizaba era el amor incondicional que Louis sentía por su hijo, **Alexandre**. Le dedicaba todo su tiempo libre y nunca se cansaba de él. Marina pensó, pues, que ese cariño paternal bastaría para mantener a la familia unida.
En la escuela, los niños apodaban a Marina **«la Pelirroja»** por su melena encendida y las pecas que decoraban su rostro.
Su madre, una mujer de gran belleza, le repetía desde niña:
**Marina, querida, eres como el patito feo. Perdona la comparación, pero debes aceptar esa dura verdad. ¿Y quién más te lo dirá en cara, si no tu propia madre? Tal vez ningún hombre quiera casarse contigo, así que tendrás que depender solo de ti. Estudia, haz carrera. Y si aparece un buen hombre, no te hagas la difícil. Sé una esposa fiel y obediente.**
Esa frase quedó grabada en la mente de Marina para siempre.
Tras sacar el bachillerato con mención, ingresó a la universidad, donde conoció a su futuro esposo. No comprendía qué había atraído a un hombre tan atractivo hacia ella. Más tarde, **Louis** le confesó que ella era la única mujer a la que se había atrevido a acercarse. Marina no se maquillaba, vestía de forma sencilla y no sabía coquetear con los hombres.
Cuando Marina descubrió que un hombre tan guapo le tenía verdadera interés, decidió tomar la iniciativa. No podía dejar pasar un regalo del destino. Fue ella quien le propuso a Louis casarse. El joven quedó sorprendido por tal audacia, pero Marina lo tranquilizó:
**Seré una esposa dulce, obediente y leal. Y el amor llegará con el tiempo.**
Louis vaciló al principio, pero acabó aceptando. Un factor decisivo fue la intervención de su madre, **Élise Morel**. Cuando su hijo le presentó por primera vez a su futura esposa, Élise la examinó con evidente descontento. Su hijo era un hombre encantador, una **«joya rara»**; cualquier mujer desearía casarse con él. Y allí, frente a ella, estaba una muchacha pálida y llena de pecas.
El primer encuentro con la futura suegra no fue nada fluido.
Marina percibió la reticencia de Élise Morel, pero no tenía intención de rendirse. Días después, volvió sola a visitarla. Tenía que salvar el matrimonio que se acercaba. Su suegra la recibió y le ofreció té. En esa ocasión, Marina dejó de parecer tan insignificante.
Prometió ser una esposa fiel a Louis hasta el último día de su vida. Ese argumento pesó más que todas sus **«imperfecciones»**.
Élise era una mujer solitaria. Su marido la había abandonado por otra, pero volvió un año después, cansado y destrozado. Sin embargo, su familia ya no lo aceptó. Élise se preguntó toda su vida si debió perdonarlo, aunque sabía que la herida de la traición nunca desaparecería.
Criar sola a su hijo había sido una dura prueba. Por eso **Élise aceptó el matrimonio de Louis con Marina**. Comprendió que esa mujer apoyaría a su hijo, pase lo que pase, a través de cualquier tormenta.
Un año después nació su hijo **Alexandre**, una réplica exacta de su padre, lo que encantó a la abuela.
**Louis adoraba a su hijo**, lo cuidaba con una devoción ilimitada. Alexandre se convirtió en el centro de su universo.
Pero el amor por su esposa nunca llegó.
Marina tampoco sentía pasión por Louis. Su relación era tranquila y monótona. Lavaba y planchaba sus camisas, preparaba sus comidas, lo besaba en la mejilla antes de dormir. Louis le entregaba todo su sueldo, le regalaba flores en su cumpleaños, la besaba cada mañana antes de ir al trabajo. Todo parecía más una **rutina** que un verdadero amor.
Cinco años después, **Louis encontró al fin el amor**. Pero no dentro de su hogar.
Se llamaba **Isabelle**, una mujer de una belleza hipnótica, casi irreal. Louis no pudo resistirse. Durante seis meses se vieron a escondidas, hasta que Isabelle le dio un ultimátum:
**No seré tu amante. Cásate conmigo o terminaremos.**
Louis se quedó perdido. No quería perder a Isabelle, pero su hijo también le era muy querido. En ese momento, dejó de pensar en Marina.
Cuando **Alexandre** cumplió cinco años, **Louis** hizo las maletas y se marchó de casa.
Marina recordó entonces las palabras de su madre. De niña le parecían crueles, pero ahora comprendía que sobreviviría sin drama. Claro, una parte de su corazón quedó herida, pero no caería en la desesperación.
Al irse, Louis oyó la voz serena de su esposa:
**Si cambias de opinión, la puerta sigue abierta. Pero no tardes mucho. Alexandre te quiere.**
Louis vaciló durante mucho tiempo entre su hijo e Isabelle.
Marina dejó **su cepillo de dientes** en el baño. Cada visita para ver a su hijo, **Louis** lo notaba. Un día lo tomó consigo, pero en la siguiente visita apareció un cepillo nuevo exactamente en el mismo lugar
Pasaron los años.
Marina aceptó finalmente que **Louis nunca regresaría**.
Decidió que era hora de dejar de esperar. **Durante unas vacaciones, vivió una breve aventura sin compromiso**.
Nueve meses después, **Alexandre tuvo una hermanita Élise**.
Una noche, alguien llamó a la puerta.
**¡Es mi papá!** exclamó la pequeña.
Marina abrió.
**Louis estaba en el umbral**.
**¿Puedo entrar?**
**Adelante**.
Dos semanas después, Marina llamó a su amiga:
**¿Querías saber el segundo nombre de mi hija? Recuerda ¡Élise Louison!**






