¡Ayuda y Apoyo Cuando Más Lo Necesitas!

Mal. Mal y amargo, amargo y doloroso, doloroso y humillante.

No quedan lágrimas para llorar.

¿Por qué? ¿Por qué me hizo esto?

Siete años, siete años felices.

Caminábamos de la mano, nunca me dijo una palabra mala, y de repente… así, sin más, se fue.

No, no se fue, huyó como un cobarde.

El teléfono no para de sonar, ¿qué pasa, quién puede ser…?

Mamá.

Hola, hijita… hijita, ¿qué estás haciendo?

Nada, mamá hay que mantener la voz tranquila, firme.

Bueno, pues bien, ¿no estarás llorando por ahí? Como si no faltara más que derramar lágrimas por un tonto.

Tonto será, pero tonto se queda mamá ríe, orgullosa de su chiste. Hijita, quería invitarte a la finca con nosotros, el viernes. Vendrá la tía Tomasa, con su sobrino, Sergio, no lo conoces, pero yo sí. Es un buen chico, sabes, la vida no le ha sonreído.

Un buen chico, pero la mujer que le tocó… una inútil. Menos mal que se libró de ella.

¿La estranguló?

¿Qué? ¿Quién estranguló? ¿A quién?

Bueno, a la mujer, dices que se libró de ella.

¡Ay, qué asco! Vaya bromas tienes, pero está bien, hijita… ríete, ríete… Ayuda, ¿sabes? Cuando me dejó Constantino Hormiga, ¿te he contado esa historia?

Estudiamos juntos en el conservatorio, yo en violonchelo, él en trompa. Un chico orejón, rubio, guapetón, no puedo…

Lo quería tanto, tanto, y él… miserable, se fue con la clarinetista Carmen. Ay, hija… cómo lloré entonces. Hasta falté a clase, me fui a pasear por la ribera del río, por el paseo… y sufrí. ¿Sabes? Hasta pensé en ahogarme…

Mamá… ahora no es el mejor momento para hablar.

¿Ah, no? Bueno, vale, hijita. Entonces, ¿vendrás? El viernes te esperamos.

No sé, mamá, no sé.

No, Lola, eso no es respuesta. Prométemelo, ¿me oyes?

Vale, mamá… iré, un ratito.

Bien, te quiero, mamá siempre está aquí, ¿eh? Mamá y papá también. ¡Eh, Miguel, ya le he dicho que tú también estás! Oye, Lola, ¿me oyes? Papá te quiere y mamá también…

Envolverse en la manta y quedarse de lado, con la luz apagada.

No hay lágrimas, ni fuerzas para llorar.

Una pregunta.

Una sola.

¿Por qué?

¿Por qué así?

El teléfono.

Otra vez.

La hermana.

No coger, pero si no respondo, pondrá a todos en pie de guerra.

Hola.

Hermana, ¿qué pasa? ¿Estás llorando o qué?

No, ¿por qué iba a llorar? Solo me ha dejado mi marido, el hombre con el que iba a tener hijos, con el que pasé tantas cosas.

Pues mejor… lloriquear por un gilipollas. Cuando Jordi me dejó, yo pensaba que me moría, en serio, me retorcía del dolor. ¿Te acuerdas de Jordi? Un guaperas, estuvimos medio año juntos, lo quería como una loca… Y mírame ahora, ¿eh?

Eso… en fin, nos vamos de acampada, en parejas, y a Vidal se le fue la mujer. Buen chico, a lo mejor os gustáis.

Y ese tuyo, nunca me cayó bien…

¿Laura? ¿Eh? ¿Vienes?

Lo pensaré, Tania… Piénsatelo bien, Lolita…

Frío, frío y dolor. Duele físicamente, no puede abrir los ojos, los tiene hinchados de tanto llorar.

Llamada.

La abuela.

Dios mío.

Hola…

Laurita, nieta… Ven a casa, haré tus buñuelos favoritos, prepararé chocolate caliente, hasta tomaremos una copita, ¿eh? Mandaré al abuelo a la finca y nosotras nos relajamos… Te entiendo, cuando me dejó Nicolás Gorrión, ay, cómo sufrí. Hasta me puse a fumar, poco tiempo, eso sí. Luego conocí a tu abuelo y enseguida me conquistó…

Vale, abuela… lo pensaré.

Y así todo el día, alguien llamaba y contaba cómo les habían dejado y cuánto les dolió…

Al anochecer, cuando Laura por fin se durmió, llamaron a la puerta.

¿Quién más? No abro.

Pero insistían, una y otra vez, sin parar.

Laura se levantó y fue a abrir.

Extraño, no había nadie. Iba a cerrar cuando escuchó una voz irritada.

Bueno, ¿qué hacen ahí plantados? Déjenme pasar. Así es como ayudan a la gente.

Laura bajó la mirada.

Dios, ¿qué es esto?

Por su puerta entraban en fila…

¿Eh… quiénes son?

¿Nosotros? ¿No se ve? Somos gatitos.

¿Qué… qué gatitos?

Diferentes. Vinimos a ayudar. Anda, enferma, cierra la puerta, no faltaría más que te resfríes.

Somos una familia.

La familia Gatillo.

Nuestro apellido también es Gatillo.

Mamá, mira qué tiene la cabeza de la paciente.

Hijo, revisa el corazón. Hijo segundo, el pulso. Hija, prepara el té.

Siéntate, siéntate.

Laura se sentó. Sabía que se volvía loca, pero los gatitos correteaban por su piso con aire profesional.

Abuela gatita, la enferma necesita un cuento.

Miauu, mi niña… que lo malo se vaya y lo bueno llegue… Papá gatito, hay que acostarla. Que la tía gatita le arregle la almohada.

Gatito pequeño, no juegues con eso. Cariño, quítale el móvil al niño.

Laura, como en un sueño, veía al pequeño Gatito Gatillo haciéndose fotos con su teléfono.

Abuelo gatito, masajéale las manitas a nuestra niña. Tío gatito, las piernas.

Y los gatitos, después de acostarla, empezaron a masajearle manos y pies. Laura se durmió.

Aún en sueños, escuchaba el rumor de patitas en el suelo…

Al despertar, se sorprendió al sentirse mejor.

Fue a la cocina. ¿Dónde estaban los Gatillos? Ay, qué pena, solo fue un sueño.

Miró por la ventana. El sol asomaba. Qué bonito… un otoño radiante.

Qué ridículo, pedir vacaciones para llorar… A ver… ¿qué día es? Viernes, le prometió a mamá ir a la finca.

Al salir del portal, escuchó un leve maullido.

¿Quién era?

Dios.

Solo, en la entrada… Gatito Gatillo.

¿Dónde están los demás, pequeño? preguntó Laura, agachándose, pero él solo maulló, abriendo su boquita roja.

Miró alrededor, nadie más. Lo cogió y lo escondió bajo la chaqueta. Iba a la finca, allí lo resolvería. No podía dejarlo solo.

No vio cómo, desde la esquina, la familia Gatillo la observaba.

Chocaron las patitas, victoriosos, y salieron corriendo a seguir ayudando.

Y Laura, con el gatito, se fue a la finca.

Bajó en la estación. Un joven también bajó, mirando alrededor, era su primera vez.

¿Adónde va? preguntó Laura.

¿Yo? A La Claridad. Es mi primera vez…

Venga, yo también voy.

Por el camino charlaron. Marcos, así se llamaba el joven, le llevó la bolsa. A La Claridad llegaron siendo amigos.

Laura no quería que se fuera, pero las normas…

Laura, ¿sabe dónde está la casa 37? ¿Lejos?

¿37? Usted… ¿el sobrino de la tía Tomasa?

¿Y usted la hija de la tía Leticia?

Y los dos, riendo, entraron por la verja…

¿A quién acariciabas tan dulcemente todo el camino? Hasta pensé que estarías embarazada.

Ahí llevo… a mi hijito.

¿Hijito?

Sí, conócelo, ¡es Gatito Gatillo!

¿Gatillo? Marcos la miró.

Sí. ¿Qué pasa? ¿No te gusta nuestro apellido?

¿Por qué no? Un apellido precioso, creo yo. Permítame presentarme, Marcos Alejandro… Gatillo.

Cuando salieron la tía de Marcos y los padres de Laura, los dos se reían, secándose las lágrimas… Y en el suelo, un gatito los miraba, moviendo la cabeza.

***

Un gato gris y grande mira por la ventana.

¿Dónde estarán? ronronea. El niño tiene dos meses y lo llevan por la calle, qué desastre…

Él también fue pequeño alguna vez.

Laura pensó mucho en cómo Gatito Gatillo pudo hacerse fotos con su móvil.

Ella y Marcos imaginaron mil teorías. Laura cree que fue un sueño…

Pero él vino, sí…

Con una botella de cava, una caja de bombones.

Laura no estaba, aún no se habían casado, pero todo apuntaba a ello.

Y él… vino, pensó que ella lo perdonaría, que volvería. Ja, como si…

Gatito Gatillo salió y, con tono autoritario, preguntó qué quería.

Él se quedó tieso.

Gatito Gatillo apretó la patita y señaló la puerta.

Corriendo ordenó. Y no te acerques a nuestra Laurita…

Luego, como aún era un niño, no pudo evitarlo y… le hizo pis en el zapato. ¿Y qué?

Buenos días, mis amores.

¡A ver, el cuentito rápido, que vienen los Gatillos!

Os mando un abrazo y mucha luz.

Siempre vuestra.

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