Como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer

**Junto al cántaro roto**

Desde pequeña, Lolita sabía que era guapa porque todo el mundo se lo decía.

Nuestra hija es preciosa, destaca entre las demás niñas por su belleza extraordinaria comentaba su madre, orgullosa, a todas sus compañeras y conocidas.

Y, la verdad, todos lo veían y asentían. ¿Qué iban a decir si era cierto? Aunque la vecina del tercero siempre ponía un poco de escepticismo:

Todos los niños son monísimos, pero al crecer, algunos pierden el encanto luego se corregía. Bueno, no digo que sea el caso de Lolita, pero ya se sabe cómo son estas cosas.

Lolita fue creciendo y, para cuando llegó al instituto, era una belleza esbelta y altiva. Arrogante y caprichosa, sabía que todos cumplían sus deseos, especialmente los chicos, que la seguían con la mirada llena de deseo.

Al terminar el instituto, no logró entrar en la universidad, aunque soñaba con un título superior. Al final, tuvo que conformarse con un ciclo formativo. En aquellos tiempos no había educación privada, así que terminó sus estudios y obtuvo un título de técnico en comercio.

Hija le dijo su madre, ¿por qué no vienes a trabajar con nosotras al laboratorio de la fábrica? No es un trabajo duro, no tienes que cargar peso, y tú eres tan delicada

¿Y mi título de comercio?

Ay, ¿quién trabaja de lo que estudia? Además, ¿para qué quieres meterte en el mundo de las ventas? decidió su madre, que había pasado toda la vida trabajando en la fábrica junto a su padre.

Así que Lolita se convirtió en técnico de laboratorio. Para entonces, era aún más hermosa, conocía su valor, y se enamoró de Javier, un ingeniero del taller de al lado. Su romance fue apasionado y fogoso. No tardaron mucho en formalizar.

Antes de que alguien te robe, cásate conmigo le propuso Javier, sonriendo, mientras le ofrecía un anillo. ¿Aceptas?

Acepto respondió ella, radiante.

La boda fue como todas las de entonces, en el comedor de la fábrica. En aquellos tiempos, las bodas eran todas iguales: ni muy lujosas, pero con muchos invitados.

Poco después de casarse, Lolita descubrió que esperaba un bebé.

Javi, pronto seremos tres le anunció.

¡Genial! Estoy feliz, Loli la abrazó y la besó.

Nació una niña, igual de guapa, con los mismos rasgos que su madre. Todos estaban encantados.

Pasaron los años. La niña creció, fue al parvulario, y Lolita y Javier siguieron trabajando. Pero después de la baja maternal, Lolita cambió. No físicamente, sino de carácter. De repente, se creía una reina y humillaba cada vez más a su marido. Javier se encargaba de su hija, Sofía: la recogía del cole, le leía cuentos por la noche, la acostaba

Lolita estaba ocupada. Llegaba tarde a casa, excusándose con el trabajo, aunque Javier sabía que en el laboratorio no hacían horas extra. No se atrevía a reprocharle nada por miedo a que montara un escándalo que resonara en todo el edificio. Él solo quería proteger a su hija, que no tuviera que presenciar las peleas.

Javier, han visto a tu mujer con el ingeniero jefe en un restaurante le susurraban los compañeros, pero él bajaba la mirada.

Javier, ¿por qué te casaste con una belleza? le preguntaban los amigos. Ya sabes lo que se dice: “A la mujer hermosa, todos la quieren probar”.

Todos le decían abiertamente que Lolita triunfaba entre los hombres, y que ahora se movía en círculos de alto nivel, no como él, un simple ingeniero. Por entonces, Lolita salía con Antonio, un alto cargo ministerial. Él la mimaba: joyas, regalos caros

Javier se convirtió en un marido sumiso. Se ocupaba de todo, desde la compra hasta las tareas del hogar. Lolita solo daba órdenes: “Que Sofía estudie”, “Que prepares la cena”, “Que limpies”. Ni siquiera pensaba en divorciarse; temía el daño que le haría a su hija.

Pero llegaron los tiempos de la reconversión industrial, y el puesto de Antonio, como el de muchos, empezó a tambalearse.

Loli, si preguntan por mí, no hables de más le advirtió él. Siento que pronto nos perderemos de vista.

Y así fue. Antonio desapareció. Más bien, se enteró de que lo habían arrestado. Peor aún: a ella también la llamaron a declarar. Lolita regresó aquella tarde con el rostro demudado, las joyas guardadas en una caja que enterró bajo la ropa vieja. No dijo nada, pero desde entonces volvió a casa temprano, quitándose los tacones antes de cruzar la puerta, como si temiera que el ruido delatara su vergüenza. Javier la miró por primera vez sin miedo, y sin decir palabra, le sirvió una taza de café, igual que a los vecinos, igual que a cualquiera. La hija, Sofía, creció entre silencios, aprendiendo que la belleza no salva, que el orgullo cansa, y que junto al cántaro roto siempre queda un poco de agua que recoger.

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Como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer
Cuando menos lo esperas…