Al ver al perro tumbado junto al banco, corrió hacia él. Su mirada también se posó sobre la correa que Natalia había dejado descuidadamente.

Al ver al perro tirado junto al banco, corrió hacia él. Su mirada también se posó sobre el cinturón que Natalia había dejado caer con desdén.

Al divisar al animal en el suelo, no dudó ni un segundo. El cinturón, abandonado con descuido, llamó su atención. Marte lo miró con ojos hinchados, suplicantes, mientras gimoteaba.

Hacía casi dos años que apenas hablaba con su hermana. Elena nunca entendió cómo un conflicto tan pequeño había escalado hasta ese punto.

Elena y Vadim Románov nacieron con un año de diferencia. Desde niños, eran inseparables. Siempre se defendían el uno al otro. Sin importar las travesuras, asumían la culpa por igual, jamás se echaban la responsabilidad encima.

Su pueblo natal, Valdeolmos, prosperaba año tras año. Tuvieron suerte con el alcalde, Pablo Martínez, nacido allí mismo, un hombre con visión. Tras graduarse en agronomía, regresó y se volcó en mejorar el pueblo. Su esfuerzo fue reconocido, y diez años después, asumió el cargo de alcalde.

En su vida personal, también le sonrió la suerte. Elena, tras terminar sus estudios de enfermería, comenzó a trabajar en el ambulatorio local. Pablo no pudo ignorar a una mujer tan hermosa. Ella correspondió, y se casaron en una boda que todo el pueblo celebró. Vadim se alegró sinceramente por su hermana, aunque su propio matrimonio con Natalia distaba mucho de ser feliz.

Mientras Elena fue soltera, Natalia la criticaba, tachándola de presumida e inútil. Pero tras el matrimonio, los insultos se convirtieron en envidia. Natalia exigía más: una casa más grande, un coche mejor, abrigos de piel…

“Cualquiera tiene más que nosotros”, le reprochaba a Vadim. Él hacía lo que podía, pero nunca era suficiente.

Natalia también sufría: Dios no la había bendecido con hijos. Mientras tanto, Elena tenía un marido exitoso, dos niños, una casa espaciosa…

Las reuniones familiares terminaban a gritos. Cada visita de Vadim a casa de su hermana desencadenaba una pelea al regresar.

El último escándalo fue en el cumpleaños de Vadim. Elena le regaló un cachorro labrador siempre había querido uno. Pablo le obsequió una moto nueva.

Todo iba bien hasta que Natalia, borracha, estalló:

“¿Qué pasa, Elena? ¿El perro es tu indirecta? ¿Si no tenemos hijos, al menos un perro, eh?”

Elena intentó calmar la situación:

“Natalia, tranquilízate. Mañana te arrepentirás…”

Pero no sirvió de nada. La discusión fue brutal, los invitados se dividieron. Pablo le susurró a su esposa que se fueran, y así lo hicieron.

Dos años pasaron. Vadim empezó a evitar a su hermana, limitando su contacto a encuentros breves. Con Natalia, la tensión crecía.

Por las noches, Vadim paseaba con Marte junto al río. Parecían felices: él lanzaba un palo, el perro lo perseguía, luego se tumbaba junto a él, escuchando sus historias en voz baja.

Elena lo supo por los vecinos, pero no intervino Vadim era terco.

Tras la pelea, Natalia odiaba más que nunca a Elena y al perro. Cuando Vadim no estaba, echaba a Marte a la calle, le gritaba, a veces incluso lo golpeaba.

Las vecinas cotillas avivaban el fuego:

“Oye, Natalia, tu marido otra vez paseando al perro…”

“Ayer se encontró con Elena y su familia. ¡Se reían, tan felices!”

Los celos consumían a Natalia. Un día, Vadim le preguntó:

“¿No le estás haciendo daño a Marte?”

“¿Qué me importa tu perro?”, le espetó antes de salir de la habitación.

Marte empezó a esconderse, temblando cada vez que ella aparecía.

Todo terminó una mañana, cuando Vadim, furioso, le gritó:

“¡Estoy harto de tus celos!”

Natalia, sola y consumida por la rabia, arrastró a Marte al patio, lo ató al banco y lo azotó con el cinturón. El perro aulló de dolor. Cuando se cansó, lo dejó allí y se marchó para siempre.

Al volver, Vadim no encontró a Marte en la puerta. La casa estaba desordenada. Junto al banco, vio al perro malherido. Lo soltó rápidamente y lo llevó en brazos al ambulatorio.

Elena se preparaba para irse cuando vio a su hermano con el perro ensangrentado:

“Elena, por favor…”, suplicó Vadim con voz ronca.

Llevaron a Marte a la sala de curas. Elena lo examinó:

“¿Quién hizo esto?”

“Natalia…”, murmuró Vadim, sin mirarla.

Elena asintió en silencio. Le cosió las heridas, le limpió los ojos, le dio agua.

Más tarde, en el pasillo, Vadim susurró arrepentido:

“Perdóname, Elena…”

“Tonterías”, sonrió ella, exhausta. “¿Y Natalia…?”

“No, Elena. Esto se acabó.”

Elena llamó a Pablo:

“Pablo, ven a buscarme, por favor.”

Al oír el cansancio en su voz, Pablo no tardó en llegar.

Media hora después, estaba en el pasillo. Al ver a los hermanos abrazados, con Marte gimiendo suavemente, solo sonrió:

“Vamos, héroes.”

Llevaron a Vadim a casa, con instrucciones para cuidar al perro.

Cuando Elena le contó a su madre lo ocurrido, esta suspiró:

“Deberían haberse separado hace tiempo.”

Se dirigió a casa de su hijo para ayudarle a ordenar el caos.

En el porche, Vadim acariciaba a Marte. Su madre se acercó, tocando a ambos:

“¿Estáis vivos?”

“Estamos vivos”, respondió Vadim.

Del interior llegaba un aroma reconfortante: estofado y verduras frescas. Marte olfateó, moviendo la cola. Vadim sonrió y se levantó.

La vida seguía adelante.

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Al ver al perro tumbado junto al banco, corrió hacia él. Su mirada también se posó sobre la correa que Natalia había dejado descuidadamente.
Temía que me llevaran de vuelta…