Desde pequeña, Lolita sabía que era guapa porque todos se lo decían.
“Nuestra hija es una preciosidad, destaca por su belleza entre las demás”, comentaba su madre orgullosa a colegas y conocidos.
Y era verdad, todos lo veían y asentían. Aunque la vecina, un poco escéptica, solía añadir: “Los niños son todos bonitos, pero al crecer, muchos pierden ese encanto Bueno, no todos, pero pasa”.
Lolita creció y, para el instituto, ya era una joven esbelta y elegante, con ese porte que hacía volverse a los chicos cuando pasaba. Arrogante y caprichosa, sabía que los hombres harían cualquier cosa por complacerla.
Tras el instituto, no logró entrar en la universidad, así que estudió un ciclo de Comercio. Su madre le dijo: “Hija, mejor ven a trabajar al laboratorio de la fábrica conmigo. No es un trabajo duro, no levantarás peso, y tú eres delicada”.
“¿Y mi titulación de comercio?”
“¡Ay! ¿Quién trabaja de lo que estudia? Además, el comercio no es para ti”, decidió su madre, que llevaba toda la vida en la fábrica junto a su padre.
Lolita se quedó de técnico de laboratorio. Con los años, se volvió aún más hermosa y, consciente de su valor, se enamoró de Javier, un ingeniero de otro departamento. Su romance fue intenso; pronto él le pidió matrimonio.
“Antes de que alguien te arrebate, cásate conmigo”, le dijo con una sonrisa. “¿Aceptas?”
“¡Sí!”, contestó ella, feliz.
La boda fue como todas entonces: en el comedor de la fábrica, sencilla pero con muchos invitados. Poco después, Lolita descubrió que esperaba un bebé.
“Javi, va a haber un nuevo miembro en la familia”, le anunció.
“¡Genial! Estoy feliz, Lolita”, la abrazó y besó.
Nació su hija, tan guapa como ella. La vida parecía perfecta.
Pero con el tiempo, Lolita cambió. No físicamente, sino en carácter. Se creía una reina y menospreciaba a su marido cada vez más. Javier se encargaba de su hija Sofía: la recogía del cole, le leía cuentos, la acostaba
Lolita, en cambio, llegaba tarde del trabajo, excusándose en que estaba ocupada, aunque Javier sabía que en el laboratorio no hacían horas extras. No se atrevía a reprochárselo; ella montaba escándalos que resonaban por todo el piso. Una tarde, mientras Sofía dormía la siesta, Javier encontró en el bolso de Lolita un papel doblado: una carta de despido del laboratorio. Llevaba semanas sin ir, pero su madre seguía cobrando su sueldo gracias a un arreglo con la jefa. No dijo nada, solo guardó el papel y esa noche, con la voz más serena que pudo, le propuso separarse. Lolita estalló en gritos, acusándolo de ingrato, de no saber valorarla. Al día siguiente, Javier ya había mudado sus cosas a casa de su hermano. A los pocos meses, la fábrica cerró por quiebra. Nadie más la contrató. Y entonces, por primera vez, los espejos dejaron de devolverle la imagen que tanto amaba.







