Ya han vivido, ahora déjennos a nosotros

Mamá, escúchame, a muchos de mis amigos sus padres les han ayudado con una vivienda decía el hijo ya adulto. Voy a casarme pronto, ¿no podéis echarme una mano? ¿Acaso queréis que vivamos como pordioseros? No hace falta comprar nada, podemos hacerlo más sencillo: nos mudamos al piso de una habitación que tenéis alquilado. Eso sí, habría que ponerlo a mi nombre ¡Para que todo sea justo!

***

Isabel se sentó en la cocina, hojeando facturas con manos temblorosas. Su marido, Javier, había salido hacía rato al trabajo, pero ella no encontraba fuerzas para ordenar el desastre de los platos. Los pensamientos zumbaban en su cabeza como avispas enfurecidas. La paz familiar se había roto: el hijo menor de Isabel y Javier no dejaba de tensarles los nervios.

Isabel soñaba con vivir por fin para sí misma: redecorar el dormitorio a su gusto, comprar muebles nuevos para el salón. Su hijo se casaría y se iría con su mujer, dejando el piso entero para ellos. Pero no contaban con el divorcio de Lucía, su hija mayor, de un marido vago que no aportaba ni un euro. El proyecto de reforma se esfumó: la habitación más grande se la dieron a Lucía y a sus hijos, Daniel y Sofía.

En un mes sería la boda de Pablo con su prometida, Valeria. El chico la había instalado en “su” espacio sin pedir permiso, y ahora siete personas se apretujaban en un piso de tres habitaciones, respirándose unos a otros.

Valeria entró en la cocina. Isabel levantó la vista y frunció el ceño al instante.

Buenos días, Isabel dijo Valeria, ajustándose la coleta impecable. ¿Vais a desayunar o me quedo sola? No quiero molestar.

La futura nuera la tuteaba sin reparos, omitiendo el “señora” o incluso el “doña”. Una descarada, con modales de trepa. Isabel no soportaba tener que aceptarla en la familia, pero Pablo la adoraba, y no había opción.

Hola, Valeria. Yo ya he comido respondió Isabel, seca. Dame cinco minutos, termino aquí y desayunas tranquila.

Valeria cogió un vaso y lo llenó de agua.

Isabel, quería preguntaros algo. Pablo y yo hemos hablado de dónde vivir después de la boda ¿Qué opináis?

Isabel dejó las facturas. Ahí estaba. El hilo que llevaban meses tirando.

Ya lo hemos hablado, Valeria. Tenemos un cuarto libre. Podéis usarlo.

Valeria dejó el vaso con un golpe seco. Su rostro adoptó esa expresión que Isabel ya reconocía: desdén disfrazado de condescendencia.

Isabel, seamos sinceras. Habéis hecho una reforma preciosa. El piso es acogedor, luminoso. Pero es vuestro. Vosotros y Javier lleváis treinta años aquí. Y, seamos claros, con Lucía y sus dos niños ya no son tres, son cinco. Pablo y yo no queremos vivir bajo un microscopio.

¿Y cómo os imagináis la vida después de la boda? preguntó Isabel, conteniendo la irritación. No tenéis casa propia. Lo único a lo que podéis aspirar es a un alquiler.

Justo de eso hablábamos intervino Valeria, sentándose frente a ella. Pensamos en vuestro piso pequeño, el heredado, el de una habitación. Lo tenéis alquilado, ¿no?

Sí. ¿Y?

Bueno Podríamos vivir ahí. Sería perfecto. Pagaríamos el alquiler, claro O incluso podríais cedérnoslo. A fin de cuentas, es vuestra propiedad.

Isabel esbozó una sonrisa torcida.

Tengo dos hijos, por si no te acuerdas. ¿Debería regalarte el piso y dejar a mi hija sin nada?

Lucía puede quedarse con vosotros se encogió de hombros Valeria. Tenéis tres habitaciones. Vosotros en una, Lucía y los niños en otra. Hay espacio de sobra.

Lucía no puede vivir aquí eternamente Isabel apretó los puños. Se ha divorciado. Necesita su propia vida. Y te lo repito: no pienso cederos el piso. No voy a resolver vuestros problemas. Sois jóvenes, trabajáis. Ganáoslo vosotros.

¡Eso tardará años! Valeria alzó las manos. Pablo acaba de ascender, pero para comprar algo decente necesitamos al menos cinco o siete años. ¡Y queremos vivir ya!

¿Entonces para qué tanta boda? Isabel adoptó un tono cortante. ¿Limosinas, palomas, banquete para cien personas si no podéis ni pagar un techo? Casáos por lo civil y ahorrad para la entrada. ¿No sería más sensato?

Isabel, eso es lo que tú piensas replicó Valeria, forzando la calma. Pablo y yo queremos nuestro día soñado. Yo quiero un vestido precioso, que mis amigas vean que no somos unos miserables. ¡Quiero darles envidia! ¿Es tan difícil de entender?

Lo entiendo perfectamente asintió Isabel. Entiendo que quieres lucirte. Pero también sé que no tener casa es el camino más rápido al divorcio. La gente sensata primero se asegura un techo y luego se casa.

Valeria la fulminó con la mirada y salió de la cocina. No tenía argumentos.

***

Esa noche, Pablo repitió el mismo discurso, claramente azuzado por Valeria. Esta vez, usó el último aniversario de sus padres como munición:

Papá y tú celebrasteis treinta años de matrimonio en un restaurante de lujo porque os lo podéis permitir. Vivisteis diez años apretándoos el cinturón, pagasteis el coche que, por cierto, me regalasteis a mí. ¡Y sí, os lo merecíais!

¡Podríais haberlo celebrado en casa! Una barbacoa en la parcela, más barato. ¿Sabes cuánto os gastasteis? ¿Doscientos? ¿Trescientos mil euros?

Isabel se giró hacia él.

¿Y tú me lo dices? su voz se quebró. ¿Tú, que no has ahorrado ni para un traje decente? ¡Os compramos el de la boda! Hemos asumido el setenta por ciento de vuestros gastos, hasta pedimos un préstamo para cumplir vuestros caprichos. ¿Y encima me lo echas en cara?

No me grites replicó Pablo, encendido. Nadie te está reprochando nada. Solo exijo lo mío. ¿Dónde voy a llevar a mi mujer? ¿Aquí? ¿A una pocilga alquilada? ¡Dime, mamá!

¡Y yo te pregunto por qué sus padres no os dan una casa! ¡Me pides que os entregue el único colchón que tengo para mi vejez! Esa casa la seguiremos alquilando, como siempre.

¿Y con qué derecho? ¡Ya habéis vivido, ahora nos toca a nosotros!

Olvidas que tienes una hermana, Pablo. Lucía tiene niños, necesita más ayuda que vosotros, jóvenes y sanos.

Pasos acelerados interrumpieron la discusión: Valeria irrumpió en el salón.

Lucía puede pedirle ayuda a su exmarido soltó. O quedarse con este piso. Dadnos el de una habitación, no ambicionamos el vuestro. ¿Verdad, cariño?

El escándalo crecía. Todos creían tener razón. Pablo y Valeria habían dejado de fingir: ahora exigían abiertamente un piso que no les pertenecía.

***

Faltaba una semana para la boda. El fin de semana fue inesperadamente tranquilo: Pablo y Valeria se fueron a una finca con amigos; Lucía y los niños visitaron a una prima en otra ciudad. Isabel y Javier veían la tele un sábado por la noche cuando sonó el timbre. Se miraron: no esperaban visitas.

Javier abrió. Al instante, un chillido agudo llenó el pasillo: era Zoila, la madre de Valeria.

¡Javi, hola! ¿Está Isa? ¡Déjame pasar!

Isabel se puso tensa. Solo había visto a la suegra de su futuro yerno tres veces, pero bastó para entender de dónde venían los modales de Valeria.

Isabel corrió al recibidor. Zoila ya se estaba quitando los zapatos.

¿A qué debo el honor? preguntó Isabel, sin saludar.

Zoila sonrió con falsedad:

Hola, Isa. Vine a hablar. Hay cosas que aclarar. La boda es pronto, y mi Valeria está hecha un mar de lágrimas. ¡Ayer vino a casa llorando, quejándose de ti!

Isabel arqueó una ceja:

¿Ah, sí? ¿Y qué hice ahora?

Zoila puso cara de ofendida:

¡No te hagas la tonta! ¿Por qué no dejáis a los chicos el piso vacío? ¡Si no lo usáis! ¿Tan poco quieres a tu hijo?

Javier resopló. Isabel le apretó la mano, pidiéndole calma.

Zoila, ¿y por qué no les compráis vosotros un piso? ¿Por qué es mi obligación?

Zoila puso cara de inocencia:

¡Pero si no tengo para tanto! Vivimos con lo justo. Si tuviera algo, se lo daría Vamos, Isa, no seas egoísta. ¡Dadles el piso!

Javier no aguantó más. Empujó a Zoila hacia la puña y rugió:

¡Basta! ¡Fuera! Dile a tu hija que no tendrá ningún piso. ¡Y se acabó!

Zoila salió, maldiciendo, y Javier llamó a Pablo: le ordenó que se mudara al volver.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

two × two =

Ya han vivido, ahora déjennos a nosotros
—Oksana, ¿estás ocupada? —preguntó su madre, asomándose a la habitación de su hija. —Un minuto, mamá. Envío este correo y te ayudo —respondió Oksana sin apartar la vista de la pantalla. —Falta mayonesa para la ensaladilla. Y se me olvidó comprar eneldo. ¿Te acercas al súper antes de que cierren? —Vale. —Perdona que te moleste, con lo guapa que llevas ya el peinado. Estoy agobiada con los preparativos de Nochevieja —suspiró su madre. —Listo. —Oksana cerró el portátil y se giró hacia ella—. ¿Qué decías exactamente? Se puso las botas, el abrigo de piel, pero no el gorro para no estropear el peinado. La tienda estaba en el edificio de al lado, no corría peligro de enfriarse. La noche estaba fría, caía una suave nieve: parecía un cuento navideño. En el súper quedaba poca gente. Solo entraban los despistados con algún olvido de última hora. El eneldo solo quedaba en un paquete junto con perejil y cebolleta, algo mustio. Oksana quiso preguntar a su madre si valía ese o mejor sin él, pero se dio cuenta de que había salido sin móvil. Dudó, pero se lo llevó. En la estantería vacía escogió un paquete de mayonesa, pagó y salió. No había andado ni dos pasos cuando, al doblar la esquina, unos faros la deslumbraron. Oksana se apartó rápido. El tacón resbaló en el hielo, disimulado bajo la nieve. El pie se le torció y cayó de golpe al suelo. El bolso salió disparado. Trató de levantarse, pero la torcedura del tobillo fue tan dolorosa que se le llenaron los ojos de lágrimas. No había nadie alrededor, ni móvil. ¿Qué iba a hacer? No oyó cómo se abría silenciosa la puerta del coche tras ella. —¿Te has hecho daño? —A su lado apareció un hombre joven, agachándose—. ¿Puedes ponerte en pie? Te ayudo, —y le tendió la mano. —Creo que me he roto el pie, por tu culpa. ¡Vais todos deprisa con el coche y hacéis de la acera una pista de hielo! —sollozó Oksana, apartando su ayuda. —También tienes culpa… ¿quién anda en tacones por la noche? —Anda ya, déjame en paz —replicó Oksana, entre sollozos. —¿Vas a quedarte aquí sentada hasta mañana? Va, tranquila, que no mato a chicas guapas. ¿Vives cerca? —Allí —señaló al edificio colindante. El hombre se alejó un momento. Pronto se oyó el sonido del motor: el coche marchó atrás y frenó junto a ella. —Voy a levantarte, intenta no apoyar el pie. Uno, dos y tres… Antes de que pudiera protestar, él la sostuvo y la ayudó a incorporarse. —¿Te mantienes? —preguntó mientras sostenía a Oksana con una mano y abría la puerta del coche con la otra. —¡Mi bolso! —gritó ella, cayendo en el asiento de copiloto. Él lo recogió y lo dejó en la parte trasera. Ya en el portal, la ayudó a salir y de inmediato la tomó en brazos, cerrando la puerta con el pie. Se detuvo ante la puerta del edificio. —¿Las llaves están en el bolso? ¿Hay alguien en casa? —Está mi madre. —Pues marca el código y dile que te abra. No había ascensor; tuvo que llevarla a pulso hasta el tercer piso. Ella le rodeó el cuello con los brazos, notando el jadeo del hombre mientras subía y cómo el sudor le perlaba la sien a la luz amarillenta. «Bien te está. Por correr delante del súper», pensó Oksana vengativamente. —Déjame, puedo el resto —le pidió antes de la puerta. Sin contestar, él respiró hondo. Se abrió la puerta y apareció la madre en el umbral. —¿Oksana? ¿Qué pasa? Él entró decidido. No le quedó más remedio que apartarse. Depositó a Oksana en el suelo con cuidado y pidió una silla. La madre acercó una de la cocina y Oksana se sentó aliviada, el pie en alto. El hombre se arrodilló ante ella. —¿Qué ocurre? —protestó su madre. Sin prestar atención, sujetó el tobillo de la chica y abrió bruscamente la cremallera de la bota. Oksana gritó. —¡Duele muchísimo! —¿¡Qué hace!? ¡Le está haciendo daño! —gritó asustada su madre, viendo cómo el tobillo se hinchaba y amorataba. —Llamo a una ambulancia —dijo la madre. —Es solo una luxación. Soy médico. Traiga hielo, rápido —ordenó él. La madre corrió a la cocina, volvió con un pollo congelado. —Póngalo en el tobillo. El hombre se enderezó y se dirigió a la puerta. —¿Se va? —preguntó Oksana asustada. —Bajo al coche a por una venda elástica. Y cojo su bolso. —¿Te has dejado el bolso en el coche? ¿Quién es ese? —susurró la madre mientras le ponía el hielo. —Salió del coche de repente, me torcí el pie. Me ha traído hasta aquí. No le conozco más. —Igual es un timador. Se irá con tu bolso. Hay tarjetas, dinero, las llaves… ¿llamo a la policía antes de que se escape? —susurró su madre. —¡Mamá, por favor! Si fuera un ladrón me habría dejado tirada. Me ha traído a casa. En ese momento sonó el portero. —Es él. Mamá, abre, por favor —pidió Oksana. El hombre entró, miró a Oksana, dejó el bolso en el mueble y le pidió que comprobase que estaba todo. Se arrodilló sobre su abrigo y advirtió: —Esto va a doler. Hay que recolocar la articulación. Agárrese fuerte a la silla. Acomodó el pie y, en un brusco giro, Oksana sintió un dolor tan intenso que casi perdió el sentido. —Hecho. Mejorará en unos días. No apoye el pie —indicó, recogiendo su abrigo. —Gracias. Perdón por haberme hecho ideas… ¿quiere quedarse? Faltan minutos para las campanadas, quizá no llegue a casa. Invítese, tengo todo listo —insistió la madre. El hombre dudó apenas. —Si no molesto… —¡Claro que no! Y así me ayuda con el cava. —¡Mamá! —le reprochó Oksana. —¿Qué? Voy a sacar la carne del horno, llévala a su cuarto —ordenó al chico. Apoyada en él, Oksana saltó al sofá. Siguió doliendo, pero era soportable, y le gustaba sentirle tan cerca. —Gracias —le dijo estirando la pierna. —No hay de qué. La culpa fue mía —dijo él. —Tonterías. Me asusté sola. ¿Cómo te llamas? —Valentín. ¿Te importa que nos tuteemos? —Claro. ¿De verdad eres médico? —Cirujano. Venía a comprar para… —¿Te espera tu esposa con la cena? —Me dejó hace medio año. No aguantaba que siempre me llamaran del hospital. Se llevó a la niña a casa de su madre. —Debo de estar horrible… —dijo Oksana avergonzada. —Al contrario. Así fue como los tres recibieron el Año Nuevo. Ya sabes: como lo empieces, lo pasas. Cuando Valentín se fue, madre e hija se acostaron. Oksana no podía dormir, recordando el peso de su brazo en la cintura, la forma en que la había llevado. Sus caricias seguían encendiendo su piel. Por la mañana podía apoyar el pie. Seguía hinchado, pero caminaba. No ocultó la alegría cuando Valentín volvió. Le quitó la venda, examinó el pie, la vendó de nuevo. —Perfecto. ¿Puedes apoyar el pie? —Quedamos en que me tuteabas. Sí —contestó Oksana. —¿Un té? —ofreció la madre. —En otra ocasión. Me toca guardia. —¿Vas a volver? —se apresuró a preguntar Oksana. Él sonrió. Dos meses después, Oksana vivía con él. —Ni siquiera está divorciado. ¿Y si vuelve su mujer? —protestaba su madre al verla empacar. —No volverá. Valentín dice que tiene a otro. —No sé, Oksana, creo que vas demasiado rápido. Fue un año feliz. Oksana sentía celos cuando visitaba a su hija y veía que aún veía a la exmujer. Era guapa. Poco a poco fue entendiendo por qué su ex esposa se cansó: turnos eternos, fines de semana en el hospital, enfermeras jóvenes… aunque cuando estaba con ella, Oksana era feliz. Pasó el año. Por mucho que trabajara y aún sin divorcio, fue un año feliz. Eso que su madre aún le insistía: que sacara el tema y “pusiera los puntos sobre las íes”. Pero Oksana dudaba. En Nochevieja, entre las ollas, Oksana escuchó sonar el móvil. Valentín hablaba junto a la ventana. —Voy para allá —dijo al teléfono, girándose hacia ella. —¿Otra vez te reclaman de guardia? —murmuró Oksana, temblorosa. —No. Es mi exmujer. Que la niña llora, que no se duerme sin mí. Voy y vuelvo enseguida, le llevo el regalo. —Valentín, quedan menos de tres horas para medianoche —dijo Oksana cerca de las lágrimas. —No tardo. La acuesto, le dejo el regalo y vuelvo. No te preocupes. La besó y salió. Oksana intentó no ponerse celosa, preparó todo, se arregló… Las agujas del reloj avanzaban hacia las doce y Valentín no volvía. No llamó, por si conducía. Escribió, no tuvo respuesta. Cansada de esperar, apagó las velas, guardó la cena. Ahora sí comprendía a su exmujer. ¿Y si volvía con ella? ¿Qué sería de Oksana? Ella le quería. Esperar y escuchar pasos en el pasillo se hizo insoportable. Recordó a la vecina anciana del primero, sola en casa. Valentín decía que nunca se casó, no tuvo hijos. Oksana también estaba sola ahora. No es justo pasar la Nochevieja así. Bajó con dos tuppers, uno con ensaladilla y el otro con tarta. La anciana tardó pero abrió. Oksana explicó nerviosa la razón de su visita. Finalmente, la dejó entrar. Era menuda, encogida, pero la casa lucía limpia y recogida. No había árbol ni mesa festiva, solo el televisor alumbrando suavemente. —Aquí tienes —dejó Oksana los tuppers en la mesa. —Gracias. Siéntate, que pongo el agua para el té. —¿Vives con Valentín? —preguntó después. —Sí —respondió Oksana, y la mujer asintió con aprobación. —Su exmujer nunca saludaba, ni un gesto. Solo pensaba en sí misma. Tú eres distinta. ¿Otra vez le han llamado del hospital? —Ha ido a ver a su hija. La abuela asintió. —Tranquila, volverá. Es buen hombre. —¿Usted está sola? —Siempre. Tenía que haber sido madre, pero… da igual. Yo tuve un amor. Pero mi amiga me lo quitó. —¿De verdad? —Tras el instituto cogí la maleta para ir a la ciudad a estudiar enfermería. Él, mi Fede, quedó en el pueblo. El 31 fui a verle tras clase, quería pasar el Año Nuevo junto a él. El bus se estropeó por el camino. Era tarde, no había móviles. El conductor fue a pedir ayuda a un pueblo cercano y nosotros esperamos dentro. Pero el año nuevo se acercaba. Al final fui caminando. Empezó a nevar, luego viento, una ventisca tremenda. Cuando por fin llegué, tenía la cara y los dedos entumecidos. El frío no era intenso, pero el aire helaba. Estuve cuatro días con fiebre, inconsciente. Cuando desperté, mi amiga me anunció que Fede ya estaba con ella, embarazada de él. Fede intentó hablarme, pero no le perdoné. Orgullosa y joven, volví a la ciudad y no le volví a ver. Supe, mucho después, que mi amiga mintió sobre el embarazo. Fede cogió la bebida y una noche se quedó frío frente a su casa. Así se quedó mi vida. Nunca amé a otro. Ojalá le hubiera perdonado. Todo habría sido distinto. —Me fijé: Valentín nunca fue tan feliz con su exmujer como contigo. Si le quieres, perdónale, no seas celosa. Mejor idos bien lejos. No repitas mis errores. Haz caso a tu corazón. Oksana volvió, recogió la cena. Valentín regresó al día siguiente. —Perdona. No sé qué pasó. Creo que me drogó el té. Acabo de despertar, me duele la cabeza. —¿Por qué no te divorcias ya? ¿La sigues queriendo? —No, ni hablar. Solo amo a mi hija. Oksana, imagino que has pensado lo tuyo. Entre nosotros no ha pasado nada. ¿Me crees? Oksana se acercó, le abrazó y le miró a los ojos. —Vámonos a cualquier parte. Hay hospitales en todas partes. Eres buen cirujano… —Ahora no puedo hablar. Me duele mucho la cabeza. Hablamos luego, ¿vale? Te quiero. Se quedó dormido. Oksana le miró y recordó las palabras de la vecina. «La niña es muy pequeña. Los niños lo olvidan todo. Llevan medio año sin vivir juntos. La ex lo planeó todo. Seguramente solo espera que yo me canse y me aparte. Se equivoca: lucharé por él. Cuando despierte, hablaremos de esto.» Oksana apagó las luces del árbol y se tumbó junto a Valentín, muy cerca. «Te quiero. Esa palabra no lo dice todo. Te quiero. TE QUIERO. Se puede decir de mil maneras… pero yo te quiero.» Annie Hall «Cuando se ama, se puede perdonar todo… menos que te dejen de amar.»