LA FELICIDAD TAN ANSIADA
El día de hoy fue el más feliz de la vida de Valentina. Se la veía radiante. No era para menos: habían pasado doce años en los que no había logrado ser madre. Pero hoy, ¡por fin! Recibió una noticia que la llenó de dicha: iba a tener un hijo. ¿Qué puede superar esa alegría para una mujer? No hay mejor noticia, lo confirmará cualquiera que haya experimentado la maternidad.
Valentina sentía que tocaba el cielo con las manos. Se llevó la mano al vientre cada rato y, con una sonrisa de satisfacción, empezó a hablarle al bebé que crecía dentro de ella desde hacía apenas dos meses y medio.
A Mario lo conoció cuando ambos eran estudiantes universitarios en Madrid. Compartían las aulas y terminaron la carrera juntos. Tres meses después de obtener el título celebraron una boda sencilla con sus familias. Fueron felices; todo parecía ir bien entre ellos. Sin embargo, medio año después de casarse, Valentina comenzó a preocuparse. Mario la tranquilizaba siempre, asegurándole que no había motivo para alarmarse, que todavía eran jóvenes y que sus hijos llegarían.
Dos años más adelante, la esperanza de Valentina empezaba a flaquear. Consultó con médicos, pero no se halló ningún problema serio. Mario comprendía el estado de ánimo de su mujer e intentaba animarla: le proponía paseos por El Retiro, le llenaba de pequeños detalles y gestos de cariño, pero ella poco a poco fue apagándose. Así transcurrieron doce largos años. El anhelo de una familia completa seguía sin cumplirse.
Un verano, durante una tarde cálida de julio, Valentina salió a caminar por el barrio de Salamanca mientras Mario estaba en su despacho. Se perdió en sus pensamientos, andando despacio y sin notar nada a su alrededor, con la cabeza baja y abstraída.
De repente, escuchó una voz infantil muy cerca:
¿Eres tú mi mamá?
Sobresaltada, Valentina se detuvo seca. Notó un escalofrío. Alzó la mirada y vio a un niño de unos tres años de pie al otro lado de una verja, sus manitas aferradas al hierro y ojos atentos clavados en ella.
Aturdida, Valentina no supo cómo reaccionar. Se acercó despacio. Allí, reconoció el edificio: era un centro de acogida de niños. Al fondo vio cómo jugaban otros pequeños.
Miró largamente al niño que tenía delante. Las palabras no le salían, la mente se le llenó de pensamientos, pues intuía que aquel instante podía cambiarle la vida. Tras unos segundos le preguntó:
¿Recuerdas cómo era tu mamá? ¿Has podido verle alguna vez?
No, nunca la conocí. Por eso espero aquí, porque sé que si pasa por aquí me reconocerá.
Claro que sí, dijo Valentina conmovida, sintiendo que tal vez su destino la había guiado a ese sitio.
¿Cómo te llamas?
Yo me llamo Álex.
Sin dudarlo más, Valentina supo lo que tenía que hacer. Estaba decidida: haría todo lo posible por adoptar a aquel niño. Era como si el azar la hubiera llevado hasta ese encuentro.
Hace años tuve un hijo, pero lo perdí. su voz era suave y cálida También se llamaba Álex. Lo busqué siempre. ¿Quizás seas tú?
El pequeñín se iluminó de repente, y casi gritando dijo sonriente:
¡Sí, sí! ¡Eres tú mi mamá! ¡Te he reconocido! ¡Eres tú!
Sus manos se estiraron entre las rejas y Valentina, emocionada, le abrazó fuerte entre los barrotes.
Ahora vamos a buscar al director y a decirle que por fin nos hemos encontrado. Te llevaré a casa.
¡Bien! gritó Álex y entraron juntos en el centro.
Por fin, Álex va a tener madre, comentó una cuidadora del centro, que miraba a Valentina con sincera alegría.
Comenzaron entonces las gestiones: papeleo, entrevistas, esperas interminables… Para Valentina los días pasaron como en un sueño. Álex, mucho más paciente, sabía que su mamá vendría a por él. Mientras tanto, Valentina preparó a Mario y juntos adecuaron el nuevo dormitorio del niño, compraron muebles, juguetes y todo lo necesario. Mario, al ver la felicidad de su esposa, no dudó ni un instante en apoyar la adopción.
Por fin llegó el gran día. Álex era oficialmente su hijo. Volvieron a casa los tres: Valentina, Mario y Álex, cogidos de la mano, rebosando felicidad. El hogar se transformó; el silencio de doce años se esfumó bajo el alboroto de unos pies pequeñitos y el alegre ¡Papá, mira!. Valentina revivió. Todo el amor retenido lo entregó a ese niño. Mario se convirtió en el mejor de los padres.
El tiempo pasó, Álex creció y llenó la vida de sus padres de alegría. Y, una mañana cualquiera, Valentina se sintió indispuesta. Mario, algo inquieto, la llevó al médico. Allí les dieron la noticia más increíble: Valentina estaba embarazada. Aquella felicidad era indescriptible.
La familia esperó con ilusión el nacimiento del nuevo miembro. Finalmente, llegó el día y nació una niña sana, que llamaron Laura. Así, la familia estaba por fin completa.
Valentina tenía claro que el milagro de Laura sucedió porque un día no pasó de largo ante un niño tras la verja. Los actos generosos siempre son recompensados. La felicidad no sigue horarios: viene para quien abre el corazón al amor sin condiciones.







