Rocío había salido un día antes que los demás para el cumpleaños de su exsuegra. Apenas se dejó caer en el asiento del avión, dio un respingo: alguien había pronunciado su nombre sin previo aviso.
En la cola de facturación, mientras esperaba, no había podido evitar apretar los dedos alrededor de la correa de su bolso. Para el cumpleaños de su exsuegra quedaba todavía un día, pero Rocío había elegido a propósito el vuelo más temprano. Sabía que Javier, como siempre, lo dejaría todo para el final y que seguramente viajaría a la mañana siguiente. Habían pasado tres años desde el divorcio y, en todo ese tiempo, habían conseguido vivir en la misma ciudad sin cruzarse ni una sola vez. Ahora, menos que nunca, quería alterar ese equilibrio tan frágil.
En el billete ponía 12A. Ventanilla, como a ella le gustaba. Ya en el avión, cogió el libro de costumbre: una novela que había empezado el día anterior y que no podía soltar. Hablaba de amor, de traición y de perdón. Antes evitaba esas historias, pero el tiempo curaba.
—¿Rocío? —una voz conocida la estremeció—. Menuda casualidad.
Levantó la vista despacio. Javier estaba en el pasillo, con el asa de la maleta en la mano. Seguía tan arreglado como siempre, con su chaqueta gris favorita. Solo había algunas canas en las sienes que ella no recordaba.
—Tú siempre llegas tarde —se le escapó en lugar de un saludo.
—Y tú siempre lo planeas todo con antelación —contestó él con una sonrisa y sacó su billete—. Mmm, 12B.
A Rocío le ardieron las mejillas. Tres horas de avión al lado del hombre que había evitado con cuidado durante todos aquellos años. El destino parecía estar divirtiéndose a su costa.
—Puedo intentar cambiar de sitio con alguien —empezó Javier.
—Déjalo —lo interrumpió Rocío—. Somos adultos.
Javier asintió y se sentó a su lado. La colonia de siempre llegó hasta ella y el olor le dio como un pinchazo en mitad del pecho. Cuántas veces se había despertado con ese olor todavía en la nariz.
—¿Qué tal el trabajo? —preguntó él después del despegue, cuando el silencio se hizo insoportable.
—Bien. He abierto mi propio estudio de yoga —respondió ella con voz tranquila—. ¿Y tú? ¿Sigues en lo mismo?
—No, me pasé a la consultoría. ¿Recuerdas que siempre había soñado con eso?
Claro que lo recordaba. También recordaba las discusiones interminables por aquello: a ella le daba miedo cambiar y él lo deseaba por encima de todo. Ahora, años después, cada uno había conseguido lo que quería. Entonces, ¿por qué le dolía tanto el corazón?
—Mamá se alegrará muchísimo de verte —dijo Javier después de una pausa—. Todavía guarda el jarrón de cerámica que le regalaste para su último cumpleaños.
—Pilar siempre fue… —Rocío se detuvo, buscando las palabras—. Tan buena conmigo.
—Incluso después del divorcio decía que habías sido la mejor nuera que se podía desear.
A Rocío se le llenaron los ojos de lágrimas. Agarró el libro para disimular la emoción.
—¿Qué lees? —Javier miró la cubierta.
—El tiempo del perdón —contestó ella, y los dos se quedaron callados al notar la ironía del título.
El resto del vuelo lo pasaron en silencio, pero no era un silencio tenso, como una cuerda, sino casi cómodo, como antes. Cuando el avión aterrizó en Madrid, Javier la ayudó a bajar la bolsa del compartimento superior.
—¿Compartimos un taxi? —propuso—. Vamos en la misma dirección, de todas formas.
Rocío dudó. Se habían separado hacía tres años, convencidos de que nunca volverían a estar el uno al lado del otro. Y, sin embargo, ahí estaban, y el mundo no se había acabado.
—De acuerdo —asintió—. Pero yo vigilo el navegador, que tú siempre te peleas con la tecnología.
Javier se rió, y aquella risa tan conocida le removió algo por dentro. Quizá, a veces, había que soltar el pasado para que el presente se viera más claro.
Cuando salían del avión, Rocío se dio cuenta de que era la primera vez en mucho tiempo que no lamentaba un encuentro fortuito. Por delante quedaban el cumpleaños, una mesa puesta y las miradas inseguras de la familia. Pero ahora sabía que lo iban a conseguir. Al fin y al cabo, siempre lo habían conseguido.
El taxi avanzaba por las calles de Madrid al anochecer. Rocío, como había prometido, vigilaba el camino, y Javier estaba a su lado, separados solo por un bolso en el asiento del medio.
—Por aquí a la derecha —dijo Rocío, y Javier sonrió: ella conocía el camino a casa de sus padres mejor que él mismo.
—¿Te acuerdas de la primera vez que fuimos a casa de mamá? —preguntó de pronto—. Estuviste nerviosísima todo el rato.
—¡Claro! —bufó Rocío—. Me cambié de ropa tres veces de los nervios. Quería causar buena impresión.
—Y entonces te derramaste la sopa encima.
Se rieron los dos y, durante un momento, el tiempo pareció detenerse. Pero el taxi se paró delante de la casa conocida y el instante se desvaneció en el anochecer.
Pilar los recibió en la puerta y levantó las manos, sorprendida.
—¿Habéis venido juntos? ¡Menuda sorpresa!
—Nos hemos encontrado en el avión por casualidad —se apresuró a explicar Rocío, aunque vio en los ojos de su exsuegra un destello de esperanza.
—Pasad, pasad. Rocío, te he preparado la habitación de siempre.
Rocío se quedó helada. Su habitación: el dormitorio de arriba donde ella y Javier se alojaban cuando iban de visita. Allí el sol de la mañana pintaba dibujos en el papel pintado y desde la ventana se veía el viejo manzano.
—Mamá, quizá sea mejor que yo duerma en el cuarto de invitados —intentó Javier.
—Ni hablar —lo interrumpió Pilar—. Ahí dormirán mañana los invitados. Rocío se queda en el dormitorio y tú en tu antigua habitación. Todo como antes.
Como antes: esas palabras resonaron en la cabeza de Rocío. En realidad no había vuelto a ser nada como antes, pero ninguno de los dos se atrevía a discutir con Pilar.
La velada transcurrió entre los preparativos de la fiesta. Rocío ayudaba en la cocina, mientras Javier ordenaba unas cajas viejas en el desván, una tarea que su madre llevaba mucho tiempo pidiéndole. Los dos evitaban quedarse a solas, aunque bajo el mismo techo no era tan fácil.
Esa noche Rocío tardó en conciliar el sueño. La cama le pareció demasiado grande, demasiado vacía. Al otro lado de la pared, en la antigua habitación, el suelo crujió: estaba claro que Javier tampoco podía dormir. Reconoció los ruidos: tres pasos hasta la ventana, cuatro hacia atrás. Así había caminado siempre cuando le daba vueltas a algo.
De pronto, todo quedó en silencio. Rocío se volvió hacia un lado y miró por la ventana. El manzano susurraba con el viento y, por un instante, le pareció que los últimos tres años no habían pasado.







