Julia voló un día antes que los demás al aniversario de su suegra, y cuando se acomodaba en el asiento del avión, dio un respingo: alguien la llamó por su nombre inesperadamente…

Un día antes que los demás, Carmen había cogido un vuelo para el cumpleaños de su ex suegra. Apenas se había dejado caer en el asiento, dio un respingo: alguien la había llamado por su nombre.

Minutos antes, había esperado en la cola de facturación con los dedos apretados alrededor de la correa del bolso. Faltaba un día para el cumpleaños de su ex suegra, pero Carmen había elegido a propósito el vuelo temprano. Sabía que Javier, como siempre, lo dejaría todo para última hora y que probablemente cogería el avión a la mañana siguiente. Llevaban tres años divorciados y, en todo ese tiempo, habían conseguido vivir en la misma ciudad sin cruzarse ni una sola vez. Ahora, Carmen quería alterar ese frágil equilibrio menos que nunca.

Repasó el billete: asiento 12A, junto a la ventana, como le gustaba. Ya en el avión, cogió, como de costumbre, el libro que había empezado el día anterior y que no podía soltar: una historia sobre amor, traición y perdón. Antes había evitado ese tipo de historias, pero el tiempo curaba.

—¿Carmen? —una voz conocida la hizo estremecerse. Vaya casualidad.

Levantó la vista despacio. Javier estaba de pie en el pasillo, con el asa de la maleta en la mano. Tan arreglado como siempre, con su americana gris favorita. Solo en las sienes se le habían escapado algunas canas que Carmen no le había visto antes.

—Tú siempre llegas tarde —soltó en lugar de saludar.

—Y tú siempre lo tienes todo planeado —respondió él con una sonrisa, y sacó su billete—. Mmm, 12B.

Carmen sintió que las mejillas le ardían. Tres horas de vuelo junto al hombre al que había esquivado con tanto cuidado durante todos aquellos años. El destino parecía haberse empeñado en gastarles una broma.

—Podría cambiar de asiento con alguien —empezó Javier.

—Déjalo —lo cortó ella—. Somos adultos.

Javier asintió y se sentó a su lado. Su colonia de siempre llegó hasta ella, y aquel olor le llegó como una puñalada en mitad del corazón. ¿Cuántas veces se había despertado con aquel aroma en la nariz?

—¿Qué tal el trabajo? —preguntó él tras el despegue, cuando el silencio se hizo insoportable.

—Bien. He abierto mi propio estudio de yoga —respondió con voz serena—. ¿Y tú? ¿Sigues allí?

—No, me pasé a la consultoría. ¿Te acuerdas de que siempre había soñado con eso?

Claro que se acordaba. Y también se acordaba de las eternas discusiones por aquel motivo. A ella le había dado miedo el cambio; él lo había anhelado. Ahora, años después, cada uno había conseguido lo que quería. Entonces, ¿por qué le dolía tanto el corazón?

—Mamá se alegrará muchísimo de verte —dijo Javier tras una pausa—. Todavía guarda el jarrón de cerámica que le regalaste por su último cumpleaños.

—Pilar siempre fue —Carmen dudó— tan buena conmigo.

—Incluso después del divorcio decía que habías sido la mejor nuera que se puede desear.

A Carmen se le llenaron los ojos de lágrimas. Cogió el libro para disimular.

—¿Qué lees? —Javier miró de reojo la portada.

—El tiempo del perdón —respondió ella, y los dos se quedaron callados al notar la ironía del título.

Pasaron el resto del vuelo en silencio, pero era otro silencio: no tenso como una cuerda, sino casi cómodo, como antes. Cuando el avión aterrizó en Madrid, Javier la ayudó a sacar la bolsa del compartimento.

—¿Compartimos un taxi? —propuso—. Vamos en la misma dirección.

Carmen dudó. Tres años antes se habían separado convencidos de que nunca volverían a estar uno al lado del otro. Y, sin embargo, allí estaban, y el mundo no se había acabado.

—Vale —asintió—. Pero yo vigilo el navegador; tú siempre te acabas peleando con la tecnología.

Javier se rió, y aquella risa conocida hizo que algo le temblara por dentro. Quizá, a veces, había que soltar el pasado para que el presente pudiera ser más luminoso.

Cuando salieron del avión, comprendió que, por primera vez en mucho tiempo, no lamentaba un encuentro casual. Delante tenían el cumpleaños, una mesa vestida de fiesta y las miradas inciertas de los familiares. Pero ahora sabía que lo conseguirían. Al fin y al cabo, siempre lo habían conseguido.

El taxi avanzaba por las calles de Madrid al anochecer. Carmen, como había prometido, vigilaba el camino, mientras Javier estaba sentado a su lado, separados solo por una bolsa en el asiento del medio.

—Gira aquí a la derecha —dijo Carmen, y Javier no pudo evitar sonreír: ella conocía el camino a casa de sus padres mejor que él.

—¿Te acuerdas de la primera vez que fuimos a casa de mamá? —preguntó de repente—. Estuviste nerviosa todo el rato.

—¡Claro! —bufó Carmen—. Me cambié tres veces de ropa de los nervios. Quería dar una buena impresión.

—Y luego te derramaste la sopa encima.

Los dos se rieron y, por un instante, el tiempo pareció detenerse. Pero el taxi se detuvo delante de la casa de siempre, y aquel momento se esfumó con el crepúsculo.

Pilar los recibió en la puerta y, sorprendida, levantó las manos.

—¿Habéis venido juntos? ¡Vaya sorpresa!

—Nos encontramos en el avión, por casualidad —se apresuró a explicar Carmen, mientras percibía un destello de esperanza en los ojos de su ex suegra.

—Entrad, entrad. Carmen, te he preparado tu habitación, la de siempre.

Carmen se quedó helada. Su habitación: el dormitorio del primer piso, donde ella y Javier se alojaban siempre que iban de visita. Allí la luz de la mañana dibujaba formas caprichosas en el papel pintado y, desde la ventana, se veía el viejo manzano.

—Mamá, quizá sea mejor que me quede en la habitación de invitados —intentó Javier.

—Ni discusión —cortó Pilar—. Ahí duermen mañana los invitados. Carmen se queda en el dormitorio y tú en tu antigua habitación. Todo como antes.

«Como antes»: aquellas palabras resonaron en la cabeza de Carmen. En realidad, nada era como antes, pero ninguno de los dos se atrevía a discutir con Pilar.

La velada transcurrió entre los preparativos de la fiesta. Carmen ayudaba en la cocina, mientras Javier ordenaba en el desván unas cajas viejas, una tarea que su madre llevaba tiempo pidiéndole que hiciera. Evitaban a propósito quedarse a solas, pero bajo el mismo techo eso no era fácil.

Por la noche, Carmen tardó mucho en conciliar el sueño. La cama le pareció demasiado grande, demasiado vacía. Al otro lado de la pared, en la habitación de su infancia, el suelo crujió: al parecer, Javier tampoco podía dormir. Reconoció los sonidos: tres pasos hasta la ventana, cuatro hacia atrás. Así caminaba siempre cuando le daba vueltas a algo.

De pronto se hizo el silencio. Carmen se volvió hacia la ventana. El manzano se movía con el viento y, por un momento, le pareció que los últimos tres años no habían pasado.

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