El aniversario que quedó en el olvido

**Aniversario Olvidado**

Isabel ajustaba el mantel de lino blanco sobre la mesa de la cocina, sus dedos temblaban de cansancio y emoción. Hoy cumplían veinticinco años de casados, las bodas de plata, y desde primera hora había preparado una cena especial. En la cocina olía a especias, a vainilla del pastel de pera y al suave aroma de las tres velas en los candelabros de latón. Sobre la mesa había una botella de vino tinto, el mismo *Rioja* que tomaron en su boda, que había encargado en la bodega del barrio. Isabel se había puesto un vestido azul marino con cuello de encaje, se había soltado el pelo, que normalmente recogía en un moño, y hasta se había pintado los labios de rojo carmín, algo que no hacía desde hacía años.

Miró el reloj de péndulo sobre la nevera: las 20:15. Víctor había prometido llegar a las siete. Isabel marcó su número, pero el contestador le informó con frialdad de que el abonado no estaba disponible. Su corazón se encogió, pero apartó los malos pensamientos mientras removía la salsa de nata. *”Se habrá retrasado en la fábrica”*, pensó, arreglando el ramo de rosas en el jarrón.

La puerta se abrió de golpe y entró Lucía, su hija de veintitrés años, que había venido desde Toledo, donde trabajaba como diseñadora. Sus rizos pelirrojos estaban revueltos por el viento, y llevaba una bolsa de tela y un ramo de claveles amarillos.

¡Mamá, ya estoy aquí! gritó Lucía, quitándose las zapatillas y casi tirando la bolsa. ¡Vaya, qué mesa! ¿Es el aniversario?

Isabel sonrió, aceptando las flores y respirando su aroma.

Sí, veinticinco años. Tu padre dijo que llegaría a las siete, pero parece que se le ha hecho tarde.

Lucía resopló mientras colgaba su chaqueta de piel.

Bueno, es papá. Siempre enredado en la fábrica. ¿Necesitas ayuda con algo?

Pon el vino y las copas dijo Isabel, pero su voz tembló. Volvió a mirar el reloj: las 20:30. El cordero se enfriaba, la salsa espesaba y las velas se consumían, dejando caer cera sobre el mantel.

A las nueve, Isabel estaba sentada a la mesa, jugueteando con una servilleta bordada con sus iniciales, un regalo de su difunta tía. Lucía, frente a ella, hojeaba el móvil para romper el silencio opresivo.

Mamá, ¿por qué no llamas otra vez? sugirió, bebiendo té de una taza con un gato dibujado.

Isabel negó con la cabeza, apretando los labios.

No sirve de nada, Lucía. Lo ha olvidado. Otra vez.

Lucía frunció el ceño.

No exageres. Igual está liado. Sabes que es jefe de taller, siempre hay líos. Ayer llamó y dijo que se había roto una máquina.

Isabel apretó la servilleta hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

¿Líos? ¡Lucía, es nuestro aniversario! ¡He pasado el día cocinando, me he puesto el vestido, y ni siquiera ha llamado!

La puerta chirrió, y Víctor entró en la cocina. Su chaqueta gris estaba arrugada, el pelo despeinado y ojeras oscuras bajo los ojos. Llevaba una cartera gastada, pero no había flores ni sonrisas.

Hola masculló, dejando la cartera junto a la pared. ¿Qué pasa? ¿Hay algún festejo?

Isabel se quedó helada, sus ojos se abrieron como si la hubiera golpeado.

¿Festejo? ¡Víctor, hoy cumplimos veinticinco años!

Víctor se quedó paralizado, palideciendo.

Mierda, Isa lo olvidé. La fábrica está hasta arriba, llevo todo el día corriendo. La máquina, luego los informes

Isabel se levantó, su voz tembló como una cuerda tensa.

¿Lo olvidaste? ¡He pasado todo el día preparando esto, esperándote! ¡Y a ti no te importo!

Víctor se quitó la chaqueta y la tiró sobre una silla.

¿Que no me importas? ¡Isa, me parto el lomo para que no nos falte de nada! ¿Y tú montas un drama por una cena?

Lucía tosió, intentando mediar.

Vamos, no os peleen. Papá, siéntate, come. Mamá, no lo hizo a propósito.

Pero Isabel se volvió hacia ella, los ojos brillantes.

¿A propósito? ¡Lucía, siempre es igual! ¡Yo lo doy todo por esta familia, y él actúa como si no tuviera importancia!

Víctor golpeó la mesa con la palma, haciendo temblar las copas.

¿Todo? ¿Y yo qué, no hago nada? ¡Salgo a las seis de la mañana, Isa! ¡Y tú nunca estás contenta, siempre exiges más!

La cena que debía ser una celebración se convirtió en un campo de batalla, donde cada plato era una mina lista para estallar.

A la mañana siguiente, el silencio era denso como la niebla tras la ventana. Isabel hacía café sin mirar a Víctor, quien hojeaba el periódico con nerviosismo. Lucía, incómoda, intentó aliviar la tensión.

Mamá, el cordero estaba riquísimo dijo. ¿Lo terminamos hoy?

Isabel murmuró sin volverse.

Como quieras. No tengo hambre.

Víctor dejó el periódico.

Isa, basta de enfados. Lo siento, lo olvidé. Pero tú también te pasas, atacando sin pensar.

Isabel giró, haciendo sonar la cuchara contra la taza.

¿Atacar? ¡Víctor, me esforcé tanto! ¡Me puse guapa, compré el vino! ¡Y tú llegaste como si fuera otro día cualquiera! ¿Te importa esta familia?

Víctor se levantó, alzando la voz.

¿Que si me importa? ¡Llevo veinte años matándome en la fábrica por vosotras! ¡Y nunca es suficiente!

Lucía alzó las manos.

¡Basta! Mamá, papá está agotado. Papá, mamá se ha molestado. Hablad, ¡por favor!

Pero Isabel sacudió la cabeza, los ojos llenos de lágrimas.

¿Hablar? Tú siempre de su parte, Lucía. ¿Y yo? ¡Siempre estoy ahí, cocinando, limpiando, sacrificándome! ¡Y no recibo nada a cambio!

Lucía frunció el ceño.

Mamá, no exageres. Papá no es perfecto, pero está hecho polvo.

Isabel se quedó quieta, las mejillas encendidas.

¿Exagero? ¿En serio? ¡Yo lo he dado todo por ti! ¡Y ahora me dices esto?

Víctor suspiró, frotándose las sienes.

Isa, no quiero pelear. Pero siempre esperas que sea perfecto. Y yo tengo miedo de fallarte.

Lucía tosió, los ojos brillantes.

Mamá papá no solo llegó tarde. Ayer estuvo en el hospital.

Isabel se quedó paralizada.

¿En el hospital?

Víctor se dejó caer en la silla.

Nada grave. Me subió la tensión. No quise asustarte.

Isabel lo miró, la rabia convertida en miedo.

¿Por qué no me lo dijiste?

Víctor bajó la vista.

Porque siempre piensas que no soy suficiente.

Isabel tragó saliva. Recordó cómo, tras su primera pelea, Víctor pasó la noche arreglando su lámpara favorita para animarla. No era perfecto, pero

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El aniversario que quedó en el olvido
Eres más acomodado que los demás, así que tus regalos deberían demostrarlo, refunfuñó la suegra. Era una tranquila tarde en Madrid cuando Ricardo se dejó caer en el sofá junto a su esposa Amalia. —¿Qué le regalamos a tu madre? No tengo ni idea —preguntó pensativo. Amalia suspiró. Elegir un regalo para su suegra siempre era un reto. La relación con Magdalena Méndez había sido tensa desde el principio. Ricardo comprendió enseguida la actitud distante de su madre, así que la pareja optó por mantener las distancias. Ninguno le debía nada al otro. Alguna llamada esporádica y celebraciones familiares puntuales si ambas partes querían, constituían toda la comunicación. Este año, Magdalena decidió celebrar por todo lo alto su cumpleaños redondo e invitó a casi toda la familia, incluyendo a los jóvenes recién casados. —Por cierto, mi madre dice que le ilusiona cualquier cosa —recordó de repente Ricardo. —Eso lo dice siempre, y luego pone mala cara —recordó Amalia frunciendo el ceño—. ¡A tu hermana le vale cualquier regalo, pero a nosotros no! Amalia recordaba perfectamente cómo Magdalena nunca estaba satisfecha con ningún presente. —Acuérdate del último Día de la Madre. ¿Qué le regalamos? Un set de cosmética de lujo. ¿Y su reacción? Lloró y nos reprochó que pensábamos que era vieja y poco atractiva —suspiró Amalia—. ¿Ha valorado positivamente alguno de nuestros regalos? Oro o tecnología, porque su valor se puede medir al instante. —Quizá debería llamarla y preguntarle directamente —propuso Ricardo, dudoso. —Haz lo que quieras —respondió Amalia, negando con la cabeza. Ricardo marcó el número de su madre, esperando obtener alguna pista sobre el regalo ideal. —Ay hijo, no me falta de nada. Ya me basta con que vengáis —respondió Magdalena con modestia. —¿De verdad, mamá? ¿No te vas a enfadar? —insistió Ricardo. —Claro que no. Cualquier detallito me hace ilusión —rió ella. Así que Ricardo decidió fiarse de esas palabras. —Mamá dice que podemos regalarle lo que queramos —informó a Amalia. Ella miró a su marido con desconfianza. No acababa de creerse las palabras de su suegra. Pero como Ricardo insistía en regalar lo que consideraban adecuado, Amalia cedió. —Propongo comprarle un robot aspirador, para que no tenga que arrastrar la aspiradora por la casa —sugirió Amalia, tras revisar el presupuesto. Así lo acordaron. Compraron a Magdalena Méndez un regalo de más de mil euros y se dirigieron contentos a la fiesta. La homenajeada recibió a Ricardo y Amalia con alegría, pero su expresión cambió al ver la caja del robot aspirador. —¿Y esto? —murmuró suspirando—. Déjalo en la habitación, hijo. Amalia se quedó unos instantes perpleja al ver que Magdalena no valoraba su regalo. Poco después llegaron la cuñada y su marido. Ella abrazó a su madre y dijo ilusionada: —¡Mami, esto es para ti! —¡Gracias, cariño! ¡Sois fantásticos! —exclamó Magdalena, abrazando a su hija. Amalia no pudo evitar preguntarse qué regalo tan caro podía haberle hecho su cuñada para causar tal entusiasmo. Con sorpresa vio que era un simple set de cosmética de droguería de diez euros. Amalia miró a Ricardo, que también había visto el regalo de su hermana. Por la cara de Ricardo, Amalia entendió que estaba molesto por la reacción de su madre ante su regalo. Durante horas, Ricardo contuvo su malestar, pero cuando Magdalena volvió a elogiar el regalo de su hermana, no pudo aguantarse más. —Mamá, ¿podemos hablar? —pidió Ricardo aparte. —¿Qué pasa? —preguntó ella—. ¿Hay algún problema? —Sí, mamá. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste sobre el regalo? —preguntó Ricardo, claramente dolido. —Claro que sí. —Entonces, ¿por qué has despreciado nuestro regalo mientras te entusiasma este set tan barato? No me digas que me lo estoy inventando. —No lo voy a hacer. Vosotros estáis mejor que Lena, así que vuestros regalos deberían estar a la altura —reprochó Magdalena Méndez. —¿Y qué deberíamos regalarte, según tú? ¿Regalos baratos? ¿O tendríamos que adjuntar el ticket para que sepas lo que cuesta? —Buff, ya estamos otra vez… —respondió ella dando a entender que prefería no discutir—. ¿Qué quieres que haga si los regalos de Lena me gustan más? —¿Porque no sabes cuánto cuesta el nuestro? —replicó Ricardo sarcástico—. Para que lo sepas, cuesta más de mil euros. —¿Tanto? —exclamó Magdalena Méndez fingiendo sorpresa. Pero enseguida encontró la excusa para justificarse. —¿Sabes por qué valoro más los regalos de Lena? Porque lo hace dentro de sus posibilidades y vosotros solo los dais por compromiso —dijo con aire orgulloso. —¿Hablas en serio, mamá? —Ricardo se llevó las manos a la cabeza. —¿Parezco de broma? Con lo que ganáis, otro año podríais regalarme un viaje de balneario —añadió alzando la barbilla. Ricardo se quedó tan impactado que la miró en silencio unos segundos. —¿De verdad crees que a Amalia y a mí el dinero nos llueve del cielo? —preguntó finalmente. La discusión atrajo la atención de Amalia y de la cuñada, que sorprendidas se asomaron a la puerta. Lena entendió rápidamente de qué trataba el asunto y defendió a su madre. —Mamá no quiere un robot aspirador. Quería un humidificador, que se le rompió hace tres días. Si os preocupaseis de verdad por ella, lo habríais sabido —contestó la cuñada con reproche. —¡Le pregunté expresamente por el regalo! —respondió Ricardo entre dientes—. ¿Os estáis riendo de mí? ¡Basta de regalos! Hacemos lo imposible por alegrarte y solo nos reprochas cosas. ¿No te gusta el robot, prefieres un humidificador? ¡Perdona por no cumplir tus expectativas! ¡Nos vamos! —sentenció y miró a Amalia. Magdalena Méndez se echó a llorar mientras Lena intentaba consolarla y Ricardo y Amalia abandonaban la casa con el rostro serio. Ricardo cumplió lo prometido a su madre. Decidió no volver a comprar regalos ni asistir a celebraciones familiares para no volver a sentirse humillado ni pasar más malos ratos.