El destino favorece a los agradecidos

El destino ama a los agradecidos

A sus treinta años, Javier llevaba diez años sirviendo en zonas de conflicto, había sido herido dos veces, pero Dios lo protegió. Tras la segunda herida grave, pasó mucho tiempo recuperándose en el hospital y al final tuvo que regresar a su pueblo natal.

El pueblo había cambiado en esos años, y la gente también. Todos sus compañeros de clase ya se habían casado, pero un día Javier vio a Lucía y apenas la reconoció. Cuando se fue al ejército, ella era solo una niña de trece años. Ahora tenía veinticinco y era una verdadera belleza. Aunque todavía no estaba casada. No había encontrado a un hombre por el que quisiera dar el paso, y no quería formar una familia por compromiso.

Javier, de hombros anchos, fuerte, con un agudo sentido de la justicia y lleno de confianza, no pudo pasar de largo ante Lucía.

¿Será que me esperabas y aún no te has casado? preguntó sonriendo, mirando a la hermosa joven.

Quizás respondió ella, ruborizándose un poco, mientras su corazón comenzaba a latir con fuerza.

Desde entonces, empezaron a salir juntos. Era finales de otoño, caminaban junto al bosquecillo, las hojas secas crujían bajo sus pies.

Javi, pero mi padre no nos dejará casarnos dijo Lucía con tristeza, él ya le había propuesto matrimonio dos veces. Ya conoces a mi padre.

¿Y qué me va a hacer? No le tengo miedo declaró Javier con seguridad. Si me lastima, lo meterán en la cárcel, y entonces no podrá molestarnos.

Ay, Javi, no digas esas cosas. Es que no conoces a mi padre. Es demasiado cruel y tiene todo controlado.

Juan Manuel era el hombre más influyente del pueblo. Empezó como empresario, pero ahora corrían rumores sobre sus vínculos con el crimen. Era bajo, con barriga, una mirada fría y arrogante, y extremadamente cruel. En su juventud, había construido dos granjas en el pueblo, criando vacas y cerdos. Más de la mitad del pueblo trabajaba para él. Todos le sonreían, casi se arrodillaban ante él. Y él se creía un dios.

Mi padre no permitirá nuestra boda insistió Lucía, sobre todo porque quiere que me case con el hijo de su amigo del distrito. Aunque no soporto a ese borracho obeso de Adrián, es un tipo asqueroso que solo piensa en beber cerveza. Y ya se lo he dicho mil veces a mi padre.

Lucía, es como si viviéramos en la Edad Media. ¿Quién puede obligar a alguien a casarse por fuerza hoy en día? se sorprendió Javier.

La amaba demasiado. Todo en ella le gustaba: desde su mirada tierna hasta su carácter apasionado. Y ella tampoco podía imaginar su vida sin él.

Vamos dijo decidido, tomándola de la mano y apretando el paso.

¿Adónde? Ella ya lo intuía, pero no podía detenerlo.

En el patio de la gran casa, Juan Manuel estaba hablando con su hermano menor, Sergio, que vivía en una dependencia y siempre estaba a sus órdenes.

Juan Manuel, Lucía y yo queremos casarnos anunció Javier. Le pido la mano de su hija.

La madre de Lucía estaba en el porche, tapándose la boca con la mano, mirando con miedo a su marido tirano, que también la maltrataba.

El padre de Lucía se enfureció por la seguridad de Javier y lo fulminó con la mirada, pero él también lo miró fijamente a los ojos. El padre no entendía de dónde sacaba ese chico tanto valor para plantarle cara así.

Lárgate de aquí gruñó Juan Manuel, payaso traumado. ¿En qué estabas pensando? Mi hija jamás se casará contigo. Olvida este camino. Qué soldadito tan gracioso.

Nos casaremos igual respondió Javier con firmeza.

Todo el pueblo respetaba a Javier, pero el padre de Lucía no entendía lo que era luchar en una guerra. Para él, solo el dinero importaba. Javier sintió rabia. Apretó los puños, pero en ese momento Sergio se interpuso entre ellos, sabiendo que ninguno cedería.

Mientras Sergio lo sacaba del patio, el padre arrastró a Lucía dentro de la casa como si fuera una niña. Juan Manuel nunca perdonaba a quienes desafiaban su autoridad.

Esa misma noche, en la humedad otoñal, un incendio arrasó el taller mecánico que Javier acababa de abrir.

Hijo de murmuró Javier, sin dudar de quién estaba detrás.

Diez minutos después, ya iban por la carretera.

La noche siguiente, Javier se acercó sigilosamente a la casa de Lucía. Le había escrito para que saliera con sus cosas y escaparan lejos. Ella aceptó. Desde la ventana, le pasó una bolsa y luego saltó cuidadosamente, cayendo en sus brazos.

Para el amanecer estaremos lejos susurró él. No sabes cuánto te amo.

Lucía se abrazó a él.

Tengo miedo confesó.

Diez minutos después, ya circulaban por la carretera. A Lucía le faltaba el aire y hasta temblaba por los nervios. Sabía que empezaban una vida nueva. De pronto, unas luces aparecieron por detrás, alarmándola. Un Mercedes los alcanzó, les cerró el paso.

No, por favor susurró Lucía, encogiéndose.

Su padre y dos matones bajaron. Él la sacó del coche a la fuerza. Javier intentó defenderla, pero recibió un golpe. Lo tiraron al suelo y lo golpearon sin piedad, en silencio. Luego se subieron al coche y se fueron, dejándolo tirado en la cuneta.

A duras penas, Javier volvió en sí, llegó a casa y pasó una semana recuperándose. El caso del incendio se archivó, achacándolo a un fallo eléctrico. Javier lo entendió todo. Pero lo que más le preocupaba era Lucía. No respondía a sus mensajes y su número ya no existía.

Su padre la había enviado a la ciudad con su tía Carmen, dejándole dinero y advirtiéndole:

No dejes que salga de casa ni le des teléfono. Y tú señaló a Lucía, si vuelves al pueblo, a ese lo entierro en el bosque. No me cuesta nada.

Ay, Juan reprochó Carmen, ¿por qué arruinas la vida de tu hija?

La llevó a su habitación. Sabía que debían esperar a que Juan se calmara.

Él extendió el rumor de que Lucía se casaría con Adrián en la ciudad, que la boda sería pronto y que no volvería al pueblo.

Tranquila, Lucía, con el tiempo tu padre se calmará. Encontrarás trabajo y seguirás adelante.

¿Sin Javier?

Sin él contestó su tía.

Unas semanas después, Lucía descubrió que estaba embarazada. Carmen la consoló, apenada por su sobrina.

Tu padre no debe enterarse.

Lucía lloró. En ese momento, su padre era lo que menos le importaba. Solo quería decirle a Javier lo del bebé. Pero no recordaba su número, y su padre había destruido su teléfono. Incluso si su tía la dejaba llamar, ¿a dónde?

Odio a mi padre gritó histérica. No es humano.

Carmen calló. Tenía razones para odiarlo: sabía destrozar vidas.

Pasó el tiempo. Javier no podía olvidar a Lucía. Vivía por inercia. Nada lo alegraba, no miraba a otras mujeres, trabajaba y sufría. Hasta probó a ahogar las penas en alcohol, pero lo dejó. Mientras tanto, Lucía dio a luz a un hermoso niño, Mateo. Era idéntico a su padre. La madre de Lucía los visitaba a escondidas para ver a su nieto. Juan Manuel no sabía nada.

Cuatro años después, Mateo

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El destino favorece a los agradecidos
—Llevamos cuarenta años bajo el mismo techo y, ¿ahora, a los sesenta y tres, decides cambiar de vida? María contemplaba Madrid desde su butaca favorita, intentando olvidar los sobresaltos del día. Poco antes, preparaba la cena esperando a Basilio, que volvía de una jornada de pesca. No regresó con capturas, sino con la noticia que durante mucho tiempo temió compartir. —Quiero separarme y te pido que lo comprendas —dijo Basilio, evitando su mirada—. Los hijos son adultos, lo entenderán, los nietos no tienen que ver; podemos hacerlo sin peleas. —Cuarenta años juntos… ¿y ahora quieres cambiar todo? —replicó María—. Tengo derecho a saber qué será de mí. —Te quedas en el piso de la ciudad, yo me iré al chalet. No hace falta repartir nada, al final todo será para las hijas. —¿Cómo se llama ella? —preguntó resignada María. Basilio se sonrojó y salió apresurado, fingiendo no haber escuchado. María ya no dudaba de que había otra. Nunca pensó que, a su edad, acabaría sola por culpa de otra mujer. —Quizás todo se arregle, mamá —la animaban sus hijas, Violeta e Irene—. No te lo tomes tan a pecho. —Ya nada va a cambiar —suspiró María—. Solo me queda disfrutar vuestros éxitos y vivir tranquila. Las hijas fueron al chalet para hablar con su padre. Volvieron tristes y ya no insistieron en animar a su madre, sino que empezaron a convencerla de las ventajas de vivir sola. María lo entendía y procuraba seguir adelante, aunque la curiosidad de parientes y vecinos la incomodaba. —Tantos años juntos y ahora, de mayor, se va con otra —chismorreaban las vecinas—. ¿Más joven o más pudiente que tú? María no contestaba, pero pensaba cada vez más en la rival y quiso conocerla. Fue al chalet sin avisar, a buscar las conservas del verano, y se topó directamente con la nueva pareja. —¿No dijiste que tu ex vendría por aquí? —protestó la extravagante mujer del maquillaje llamativo—. Pensaba que ya habíais resuelto todo. —¿De verdad me cambias por esto? —preguntó María, observando a la atrevida visitante. —¿Vas a quedarte ahí permitiendo que me insulte? —chilló la mujer—. No soy mucho más joven, pero estoy mucho mejor. —Si a su edad cree que el colorido es lo que importa… —comentó María, buscando la mirada incómoda de Basilio. Todo el trayecto de vuelta escuchó los gritos de esa “Barbie” madura y luchaba por no llorar. Ya en casa, llamó a su hermana y le pidió compañía. —Tranquila, mujer —preparaba un té de hierbabuena Nina—. Dices que la nueva no es nada agraciada, ni parece muy lista. —Quizá tenga razón y yo ya parezco una vieja… —dudaba María. —Estás estupenda para tu edad —la animó Nina—. Lo absurdo es ir de leopardo y minifalda con setenta años. La belleza de una mujer está en saber estar y saber vestir. María miró el espejo y reconoció que su hermana tenía razón. Estaba saludable, vestía bien, y las hijas le regalaban buen maquillaje. Nunca fue escandalosa y no pensaba cambiar ahora. —Pues mira —prosiguió Nina—, ahora como mujer libre puedes disfrutar. Tus hijas son independientes, tienes tiempo y mil planes culturales, ¡no te hundas! Y cumplió; llevaron a María al teatro, a paseos, a conciertos, encontrando enseguida amistades afines. Hasta apareció un caballero interesado en María, pero ella prefirió dejar las cosas así. —Me han dicho que sales mucho ahora, que tienes amigos… ¿vas a rehacer tu vida? —le soltó Basilio en una ocasión en el mercado. —¿Y tú qué haces aquí lejos del chalet? ¿La nueva no cocina o no hay tiendas cerca? —le preguntó María. —Siempre hice aquí la compra, cuesta cambiar rutinas a nuestra edad —refunfuñaba Basilio. Ella salió del tema y volvió a casa. Basilio sintió la necesidad de alcanzarla y confesar cuánto añoraba la paz y el hogar que María le daba. Tras la emoción de la relación con Tatiana, descubrió que no le gustaba el mundo de cotilleos y fiestas que ella prefería. La idea de regresar a su vida anterior le rondaba cada vez más, pero María, digna y serena, seguía adelante. La tranquilidad perdida solo la tenía junto a ella. —Otra vez has traído orejones, yo te pedí ciruelas pasas —se quejaba Tatiana viendo la compra—. El queso no es el adecuado y te olvidaste la mayonesa. —Antes María se encargaba, o lo hacíamos juntos. Tú me lo dejas todo a mí —se hartó Basilio. —¡Ya está bien de compararme con tu ex! ¿De verdad te arrepientes de haberla dejado por mí? —gritaba Tatiana. Y Basilio sí lo lamentaba, aunque sabía que no podía pedir perdón esperando recuperar lo perdido. María nunca le perdonaría la traición. Más de una vez pensó en llamarla, hasta fue a su antiguo piso. —¿Venías a por algo? —preguntó María, sin dejarle pasar. —Quería hablar… ¿tienes tiempo? —suplicaba Basilio, tentado por el olor del pastel de ciruelas favorito. —No tengo tiempo ni ganas —respondió ella—. Lleva lo que necesites, espero visitas. No necesitaba nada, pero quería decirle mucho y no encontró las palabras. Volvió al chalet, tuvo que prepararse él solo la cena mientras Tatiana seguía de juerga. Al final, decidió darle tiempo para que recogiera sus cosas y cerrar ese capítulo. A pesar de las discusiones, Basilio entendía que no podía esperar perdón. Quizá algún día, en el futuro, podrían conversar y cerrar las heridas. Pero sabía que jamás volverían al pasado. Ahora, la vida de Basilio transcurría en el chalet, mientras la de María seguía en el piso de la ciudad con hijas, nietos y tardes culturales. Y en ese nuevo panorama, ya no quedaba sitio para un marido arrepentido.