¿Cuarenta años bajo el mismo techo, y ahora, con sesenta y tres, te da por reinventarte?
María estaba sentada en su butaca favorita, mirando por la ventana, intentando olvidar el desastre de aquel día. Hacía unas horas, todavía andaba trajinando por la cocina, preparando la cena, esperando a que Antonio volviera de su jornada de pesca. Él regresó no con lubinas ni doradas, sino con unas noticias que llevaba tiempo masticando y nunca se había atrevido a soltar.
Quiero separarme y te pido que lo entiendas soltó Antonio, clavando la vista en el suelo como si se le hubiera perdido allí algún euro. Las chicas ya son mayores, los nietos ni se enteran, y total, podemos acabar esto tranquilos, sin montar una zarzuela.
Cuarenta años viviendo juntos y ahora, a la edad del Imserso, te da por cambiar de vida respiró María. Merezco saber el siguiente capítulo del culebrón.
Te quedas con el piso en Madrid, yo me voy a la casa de la sierra todo perfectamente organizado, como el menú semanal. No hay nada que repartir, y total, al final todo será para las niñas.
¿Y cómo se llama? preguntó María, resignada, como quien sabe el final de la película pero la sigue viendo.
Antonio se sonrojó, empezó a recoger sus cosas y fingió no oírle. María, con ese gesto, tuvo claro que había otra en la historia. Cuando era joven ni pensaba que, con la pensión, acabaría soltera porque el marido se iba con otra.
Mamá, seguro que todo se arregla le decían luego Laura y Elena, las hijas. No le hagas mucho caso a papá, que últimamente está más raro que nunca.
Aquí ya no se arregla nada suspiró María. Yo seguiré, celebraré vuestros éxitos, pero cambiar ahora, ¿para qué?
Laura y Elena fueron a la sierra, con intenciones de charla profunda con el padre, y volvieron más mustias que un geranio en enero. No le contaron toda la verdad a la madre, sólo cambiaron el discurso y empezaron a venderle lo bien que se vive sola, sin estar pendiente de nadie. María captó el aire, pero decidió no preguntar y seguir adelante, aunque todos los conocidos y familiares aprovecharon para meter cucharada.
Hay que ver, tantos años juntos y ahora se va con otra, en los años dorados encima comentaban las vecinas, nada discretas. ¿Es más joven? ¿O tiene más euros en el banco?
María no sabía qué contestar, pero cada día pensaba más quién sería la contrincante y quería ponerle cara. Por eso, se plantó en la casa de la sierra con la excusa de recoger unos tarros de mermelada. Sin avisar, para asegurar el encuentro, y vaya si lo consiguió.
Antonio, no me dijiste que tu ex iba a pasarse por aquí se quejó la nueva musa, más maquillada que una feria de Sevilla. Esto ya debería estar resuelto, y aquí no pinta nada.
¿De verdad me cambiaste por esto? inquirió María, observando a la señora con una mezcla de pena y asombro.
¿Vas a dejar que me falte al respeto esta mujer? chilló la diva. Que sepas que soy apenas unos años más joven que vosotras, pero me conservo mucho mejor.
Si a esta edad cree que con kilos de maquillaje ha encontrado el secreto de la felicidad murmuró María, intentando localizar la mirada avergonzada de Antonio.
Todo el camino de vuelta a la parada de bus escuchó las exclamaciones de la Barbie envejecida y se tragó las lágrimas hasta llegar a casa. Sólo allí se permitió llorar y llamó a su hermana, pidiéndole que viniese cuanto antes.
Venga, que no es para tanto preparó té de menta Niní. Dices que la novia de Antonio ni guapa ni lista. No te montes películas.
Quizá tenga razón y yo parezco una abuela cansada dudó María.
Bien guapa que estás para tu edad dijo Niní en serio. Lo que sí te digo, es que no hay derecho a vestirse en la séptima década de vida con leotardos de leopardo ni con minifalda. La mujer puede ser maravillosa siempre que sepa estar y vestirse acorde a los años.
María se miró en el espejo y tuvo que dar la razón. Se conservaba bien, la salud le iba, y vestirse tampoco era un drama: las hijas siempre traían algo de cosmética. Jamás fue ordinaria, ni quería destacar cual loro de colores, así que nunca se imaginó comportándose como la rival recién descubierta.
Mira insistió Niní, ahora eres mujer libre, así que ¡a disfrutar! Las hijas independientes, mil posibilidades de cultura y ocio en esta edad Así que no pienso dejarte de brazos caídos.
Niní lo cumplió a rajatabla, casi secuestrando a María para llevarla a teatros, conciertos y paseos. Pronto juntaron una pandilla de contemporáneos con los mismos intereses, e incluso apareció algún caballero dispuesto a cortejar a María, que cortó el asunto a tiempo, agradecida pero no por la labor.
¿Qué, ahora vas de teatro en teatro, y encima tienes amigos nuevos? ¿No te dará por casarte otra vez? soltó Antonio tras un encuentro casual en el súper.
¿Y tú, qué hace, buscando tomates tan lejos, no tienes mercado cerca de la sierra? ¿O es que tu novia no pisa la cocina? curioseó María.
Siempre hacíamos la compra aquí, y a estas alturas somos animales de costumbres refunfuñó Antonio.
María dejó el tema en paz y, alegando prisa, se marchó. Antonio tuvo la tentación de correr tras ella y confesarle cuanto lamentaba el divorcio. En el fondo, toda la vida la tuvo a ella y a las hijas, y sólo se deslumbró por la vitalidad de Catalina, que lo enredó en una trama de pasión adolescente.
Al principio, la vida con ella le pareció interesante, pero pronto descubrió que Catalina pasaba de limpiar, adoraba el cotilleo y prefería la juerga con amigos a todo lo demás.
Ahora, Antonio cada vez soñaba más con volver al hogar, y tras la charla con María, la nostalgia se le duplicó. Ella no montaba numeritos ni discusiones: simplemente sobrevivía, digna y fiel a sí misma. Él jamás habría imaginado que echaría tanto en falta la tranquilidad y el refugio que sólo tenía con María.
Has vuelto a comprar orejones, te pedí ciruelas pasas regañó Catalina, inspeccionando la compra. Y el queso no es el cremoso, y te olvidaste de la mahonesa.
Antes las compras las hacía María o juntos, pero tú me lo dejas todo a mí estalló Antonio.
Ya está bien de compararme con la santa ex gritó Catalina. ¿No me digas que te arrepientes de haberla dejado por mí?
Y, sí, Antonio se arrepentía, aunque sabía que decirlo era perder el tiempo. María no conspiraba para recuperarlo: simplemente seguía siendo ella, y él se retorcía de culpa, soñando con la redención.
Sólo que tenía claro que ella jamás volvería a fiarse ni querría que él volviese. Tras varias veces de intentarlo, un día de hastío se plantó ante la puerta de su antiguo piso.
¿Venías a por cosas? preguntó María, sin dejarle pasar ni un pie.
Quería hablar balbuceó Antonio, oliendo el aroma de su tarta favorita de ciruelas.
Ni tengo tiempo, ni ganas dijo ella con calma. Coge lo que sea y vete, que espero visitas.
No tenía nada que llevarse, pero sí demasiadas cosas que decir; las palabras se atragantaban y se fue de vuelta a su retiro en la sierra, a prepararse la cena, pues Catalina seguía de farra por el pueblo. Regresó contentísima, y entonces Antonio terminó de decidirse, dándole tiempo para que recogiera sus cosas.
Después del episodio con Catalina, pensó en llamar a María y contarle, pero se lo pensó mejor. La conocía demasiado bien para saber que ahí ya no había opción.
Quizá algún día se atrevería a pedirle perdón. Lo necesitaba, aunque no pensaba que ella le readmitiera, y además sabía que María jamás perdonaría del todo la traición, ni volvería a quererlo como antes.
Ahora tenía su existencia en la casa de campo, y María la vida en su piso madrileño, llena de hijas, nietos y escapadas culturales. Y para su antiguo marido, en ese cuadro, ya no había espacio.






