Camino Familiar

Los padres se detuvieron junto a la verja; el motor del coche seguía ronroneando un rato más en el fresco aire de septiembre. Juanito estaba en el sendero empolvado entre los macizos de flores, con su vieja mochila decorada con un avión plateado. Los álamos sueltos esparcían sus hojas amarillentas, que caían sobre sus botas y se enganchaban bajo los tacones de su abuelo.

El abuelo salió al portal, se ajustó la boina y sonrió: las arrugas alrededor de sus ojos se acentuaron al instante. Juanito sintió que estaba a punto de comenzar algo importante, distinto a lo habitual.

Su madre le dio un beso en la coronilla, le acarició la espalda y le dijo:

No os pongáis a jugar demasiado, ¿vale? Y obedeced al abuelo.

Claro repuso Juanito, algo sonrojado, mirando por la ventana donde ya se asomó la abuela.

Cuando los padres se marcharon, el patio quedó más silencioso. El abuelo invitó al nieto al cobertizo: allí eligieron las cestas para la excursión, una más grande para el abuelo y una más pequeña para Juanito. Cerca yacía una vieja tienda de campaña y un par de botas de goma; el abuelo revisó que no tuvieran agujeros después de la lluvia nocturna. Inspeccionó la chaqueta de Juanito, cerró todas las cremalleras y acomodó la capucha.

Septiembre es la época de los hongos afirmó el abuelo con la seguridad de quien abre un calendario secreto de la naturaleza. Ahora los boletus se esconden bajo las hojas y los níscalos aman el musgo junto a los abetos. Los setas también han empezado a asomar.

Juanito escuchaba atento; le gustaba la sensación de prepararse para algo real. Las cestas crujían al moverlas; las botas le quedaban un poco holgadas, pero el abuelo solo asintió: lo esencial era que los pies no se mojaran.

El patio olía a tierra húmeda y a restos de humo de hogueras pasadas. La mañana levantaba vapor sobre los charcos al borde del cercado; al pisar las hojas mojadas, estas se pegaban a la suela y dejaban huellas en los escalones de cemento.

El abuelo contó sus excursiones anteriores: cómo una vez él y la abuela descubrieron un amplio claro lleno de setas bajo una vieja chopo; la importancia de mirar no solo bajo los pies, sino a los alrededores, pues los hongos a veces se ocultan justo al lado del sendero.

El camino al bosque era corto: una carretera de tierra cruzaba el campo de hierba reseca. Juanito caminaba al lado del abuelo; éste avanzaba despacio pero firme, sujetando la cesta contra su cadera.

En el bosque el aire cambiaba: el frescor de la madera húmeda y el perfume ácido del musgo entre las raíces de los pinos. La hierba bajo los pies cedía ligeramente, mezclada con hojas caídas; a lo lejos se oía el goteo de la escarcha sobre las ramas.

Mira, eso es un boletus se agachó el abuelo y mostró un hongo de sombrero pálido. ¿Ves el pie? Está cubierto de escamas oscuras

Juanito se sentó cerca, tocó el sombrero con el dedo; estaba frío y liso.

¿Por qué se llama así? preguntó.

Porque le gusta crecer junto a los álamos respondió el abuelo con una sonrisa. ¡Recuerda el sitio!

Desenroscó el hongo con cuidado y, cortando el pie, mostró su interior blanco, sin manchas.

Más adelante encontró una pequeña níscalo amarilla.

Las níscalas siempre tienen el borde ondulado explicó el abuelo. Y su olor es muy característico

Juanito la olfateó suavemente; desprendía un aroma a nuez.

¿Y si se parece a otra? inquirió.

Las falsas pueden ser más brillantes o no oler dijo el abuelo. Pero nunca las cogemos.

Poco a poco las cestas se fueron llenando; a veces surgía un boletus robusto, otras veces un grupo de setas al pie de un tronco de abeto, con tallos delgados y sombreros pegajosos de borde claro.

El abuelo distinguía entre los verdaderos y los falsos:

Los falsos son de color amarillo intenso o incluso anaranjado en la base mostraba. Los verdaderos son blancos o ligeramente cremosos abajo

A Juanito le gustaba encontrar los hongos por sí mismo; cada hallazgo lo mostraba al abuelo, y cuando se equivocaba, el abuelo le explicaba pacientemente la diferencia otra vez.

A lo largo del sendero había amanitas rojas con manchas blancas sobre el sombrero.

Son muy bonitas comentó Juanito. ¿Por qué no se recogen?

Son venenosas advirtió el abuelo con seriedad. Sólo se pueden admirar.

rodeó con cautela la amanita. Juanito comprendió que no todo lo vistoso es útil.

De vez en cuando el abuelo preguntaba:

¿Recuerdas las diferencias? Si dudas, no lo tomes.

Juanito asentía, quería ser cuidadoso, sentía la responsabilidad de su cesta y de acompañar al abuelo.

En el interior del bosque la luz del sol se filtraba entre las ramas bajas, dibujando largas franjas sobre la tierra húmeda. Allí hacía más fresco; los dedos a veces se entumecían al sujetar la cesta. La emoción de la búsqueda calentaba más que los guantes. Pasó una ardilla, los pájaros cantaban entre las ramas. En algún momento se oyó el crujido de una rama, quizá un conejo o algún otro recolector que seguía su propio camino. El bosque parecía un laberinto vivo de troncos, musgo, hojas susurrantes y sonidos amortiguados. El abuelo mostraba dónde pisar para no mojar los pies. Juanito intentaba seguirle, mirando a su alrededor, buscando nuevos lugares para sorprender a la abuela en casa. Se sentía casi un adulto, aunque a veces aún quería aferrarse a la mano del abuelo cuando el viento soplaba con fuerza o la sombra se hacía más densa, como si el bosque solo revelara sus secretos a los dos.

Un día, entre dos pinos, Juanito descubrió unas manchas rojizas entre el musgo. Se alejó un poco del sendero, se sentó para observarlas con detenimiento: resultaron ser un racimo de níscalas, tal como las que el abuelo había elogiado antes. La alegría lo invadió; empezó a recoger una tras otra, sin prestar atención a los alrededores. Al levantarse, su mirada se encontró únicamente con los altos troncos circundantes; no había nadie, ni una silueta familiar, ni voces, solo el murmullo apagado de las hojas y el ocasional crujido de ramas a lo lejos. Juanito se quedó inmóvil, el corazón le latía más rápido que de costumbre. Era la primera vez que se sentía solo en medio del gran bosque otoñal, aunque fuera por un instante. El miedo le llegó de golpe, pero también resonaron en su cabeza las palabras del abuelo: Si te pierdes, quédate donde estés y llama fuerte; yo vendré. Primero su voz salió apenas un susurro, casi más bajo que la respiración. Luego, con más decisión, gritó:

¡Abuelo, ¿dónde estás? ¡Eh, aquí estoy!

Una neblina densa colgaba entre los árboles, haciéndolos parecer idénticos; los sonidos se volvieron más suaves. De la izquierda se oyó una voz conocida:

¡Eh, eh! ¡Voy aquí, sígueme, usa mi voz como guía y mantén la calma!

Juanito respiró hondo, se encaminó hacia la voz, volvió a llamar, escuchando para ser escuchado. Sus pasos ganaron firmeza, la tierra bajo sus pies volvió a sentirse familiar y el temor cedió al alivio cuando, al fin, apareció la figura del abuelo. Este estaba apoyado en un viejo roble, con una sonrisa cálida, esperándolo con paciencia, como si nada hubiera ocurrido. Alrededor renacían los sonidos del bosque y el corazón volvió a latir tranquilo. Juanito comprendió que podía confiar en las palabras de los mayores, tal como confía uno en sí mismo.

¡Vaya, te has encontrado! el abuelo le dio una palmada en el hombro, sin reproche ni preocupación, solo una alegría serena. ¿Te asustaste? preguntó en voz baja, levantando la cesta del suelo.

Juanito asintió, breve y sincero. El abuelo se agachó para quedar a su nivel.

Yo también una vez me perdí en el bosque, cuando tenía poco más de tu edad. Creí que tardaría todo el día en encontrar el camino, pero en realidad fueron apenas diez minutos Lo importante es no correr a ciegas. Mejor detenerse y llamar por la voz. Lo hiciste bien.

El nieto miró sus botas de goma, cubiertas de tierra y musgo. Sintió el orgullo del abuelo, la inquietud había quedado guardada en lo profundo, convirtiéndose en recuerdo, no en terror.

Vamos, que ya se hace tarde. Tenemos que salir antes de que oscurezca dijo el abuelo, ajustándose la boina y tomando la cesta por la empuñadura. Juanito dio un paso al lado del abuelo, casi pegado a él. Cada crujido de hoja bajo sus pies se volvió familiar. Caminaron juntos, y a Juanito le gustó sentir que formaba parte de una tarea compartida, aunque fuera tan sencilla.

Al salir del bosque el aire se volvió más fresco: el viento de la tarde arrastraba las hojas secas a lo largo del sendero entre los álamos; más adelante se vislumbraba la teja roja de la casa de campo. Las asas de las cestas llevaban una mancha oscura de hierba húmeda; las manos temblaban un poco por el recorrido, pero la alegría de volver a casa calentaba más que cualquier taza de té.

La casa los recibió con la luz tenue de las ventanas y el aroma de una tarta recién horneada. La abuela, con el delantal al cuello, los esperaba en el portal:

¡Ay, qué niños más listos! ¡Mostradme lo que habéis traído!

Quitó las botas en el vestíbulo, recogiendo las hojas pegadas a las suelas, tomó la cesta del abuelo y la dejó junto a su cuenco para limpiar los hongos.

En la cocina el fuego del horno brindaba calor; el cristal de la ventana se empañó con finas corrientes que sólo dejaban ver destellos de luz del farol del patio y siluetas de los árboles. Juanito se sentó junto a la mesa mientras la abuela clasificaba los hongos: boletus en un plato, níscalas en otro, y el abuelo sacó su navaja plegable para cortar los setas más delicadas.

La noche se espesaba fuera, pero el interior resultaba de una comodidad especial. Juanito narró su aventura, describiendo los hongos hallados y cómo había llamado al abuelo cuando se sintió perdido. Los adultos escuchaban con atención, sin interrumpir, y Juanito sentía que ahora formaba parte de esa tradición familiar. Sobre la mesa había una tetera humeante, el perfume de los hongos y la tarta llenaban el aire. Afuera la oscuridad avanzaba, pero dentro reinaba la luz, la calma y la sensación de haber superado una pequeña prueba juntos.

Al final del día, Juanito comprendió que la verdadera seguridad no reside solo en el conocimiento de los senderos, sino en la confianza mutua y en saber pedir ayuda cuando el camino se vuelve incierto. Así, cada paso que demos, aunque sea en la espesura del bosque o en la vida cotidiana, será siempre más firme cuando lo compartamos con quien nos apoya.

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