La madre y la hermana de mi marido siempre son la prioridad

Carmen, basta de hacerte la víctima, hablemos con calma y resolvámoslo.

No importa lo que inventes, te aseguro que no ha pasado nada grave. No somos niños de cinco años

Una voz masculina resonó desde la puerta del cuarto de juegos, obligando a Carmen y a su hijo de diez años, Santiago, a mirarse y asentir al unísono.

Sabes, lo odio porque siempre dobla la realidad de tal modo que parece que nuestras preocupaciones son en vano.

Y nos enfadamos sin razón repitió el niño, sin saber que estaba reproduciendo los pensamientos de Carmen.

Carmen asintió, se acomodó en el sofá, se introdujo los auriculares para no escuchar el tono dulce, reprochador y persuasivo que se colaba bajo la puerta.

Ese mismo tono había sido, años atrás, la razón por la que se enamoró de Alberto. Creía que él podría resolver cualquier conflicto con diplomacia.

Pero, ¿quién habría imaginado que, para él, la diplomacia significaba torcer todo a su favor, presentando al interlocutor como una hysterica, una necia, una inmadura eso había que subrayar?

Si Carmen había tolerado esos trucos por el bien del hijo, jamás permitiría que Alberto tratara así a su propio niño.

El reciente cumpleaños de Santiago demostró que Alberto también desestimaba a su propio descendiente.

Sí, él había postergado a Carmen en favor de su madre y su hermana, justificando todo con las reglas de la casa y una mujer, una madre. Pero esa actitud hacia su propio hijo resultaba imperdonable, incluso para una mujer tan paciente y sumisa como Carmen.

Habían acordado el festejo del cumpleaños con un mes de antelación. Reservaron una mesa en su restaurante favorito de la Gran Vía, que contaba con un salón de juegos, invitaron a los tres mejores amigos de Santiago y a sus familias, pactaron el menú y el pastel a medida

¿Qué podría salir mal? En el peor de los casos, alguno de los amigos se enfermaría y no vendría, algo desagradable pero comprensible, sin reclamos. En el caso más desafortunado, el propio cumpleañero podría enfermarse, se perdería el importe de la reserva y el pastel se regalaría a los invitados

Santiago, sin embargo, gozaba de una salud robusta; ninguno de sus amigos llamó con enfermedad, y todos llegaron puntuales como relojes suizos.

Solo Alberto, cuando la familia se vestía con la ropa adecuada para la ocasión, respondió al llamado de su hermana y empezó a cambiarse a ropa no festiva.

¿Y a dónde te vas con esas ideas? podía percibirse la irritación en la voz de Carmen, si se conocía la historia de sus relaciones familiares.

Alberto tenía tres mujeres en su vida su madre, su hermana y Carmen en ese orden decreciente de importancia.

No era la primera vez que Carmen veía a su marido dedicar el día libre a ayudar a su madre en el huerto o ir de compras con ella. Cuando la madre no necesitaba nada, la hermana aparecía, exigiendo la ayuda del hermano para tareas domésticas masculinas.

Al principio, Carmen había interpretado la entrega de Alberto a familiares como una señal de buen carácter. Pensó: Así como un hombre trata a su madre, así se comportará con su esposa, ¿no?.

Resultó ser lo contrario. Mientras Alberto corría por la ciudad atendiendo a sus parientes, en su propio hogar goteaban los grifos, chirriaban las bisagras y se acumulaban reparaciones que Carmen, cansada de los eternos promeses de mañana lo arreglo, tuvo que encargar a profesionales.

Alberto sólo respiró aliviado cuando comprendió que ya no lo acosaban con solicitudes.

Carmen se había habituado a la ausencia constante de su marido; incluso encontraba placer en la soledad. Últimamente, él se quejaba de que ella estaba más fría, como si su presencia o ausencia no le importara. Carmen, sin embargo, ya no sentía la necesidad de reaccionar: si él aparecía, sería breve; si se marchaba, mejor seguir su vida.

Cuando el teléfono sonó y él, con voz temblorosa, dijo:

Sí, mamá, ya voy,

se esfumó de su vista. Mejor que intentar conversar, ponerse una bufanda o maratonear su serie de comedia favorita: todo eso alimentaba su ánimo más que cualquier charla conyugal.

Pero cuando Alberto, el día del cumpleaños de Santiago, se dispuso a ir a casa de su hermana, el corazón de Carmen no pudo soportarlo.

Con la mayor dignidad que le quedaba, le gritó a su esposo que tenía una semana para reconocer sus errores y encontrar la forma de reparar el daño. Ese plazo fue, en realidad, tiempo para que ella meditará y se preparara moralmente antes de sumergirse en el abismo de la decisión.

Divorciarse era, para ella, algo pesado y casi inconcebible a nivel subconsciente. Si hubiese sido más despistada, habría anulado el matrimonio tras la primera noche de bodas, cuando Alberto pasó toda la madrugada hablando por teléfono con su madre porque le aburría la soledad.

Carmen, sentada junto a él en la estación de tren, se sentía sola y aburrida, pero esa soledad jamás debía ser culpa de la ausencia del marido.

No perdonó al hijo la traición de Alberto. Y como él pasó toda la semana intentando explicar a Carmen y a Santiago que estaban equivocados, al concluir ese plazo ella, con la conciencia limpia, presentó los documentos de divorcio y desalojó a Alberto de su apartamento compartido, devolviéndolo a la casa de su madre, a quien adoraba.

Durante los ocho años siguientes apenas volvieron a cruzarse. Alberto pagaba la pensión alimenticia, pero aparecía apenas una vez al año en el cumpleaños de Santiago, y no siempre puntualmente (parece que todavía le parecía aceptable felicitar más tarde, en unas semanas).

Santiago, con el paso del tiempo, dejó de esperar a su padre; el deseo de comunicarse se apagó. Cuando el joven alcanzó los dieciocho años, el deseo de conocer a su padre resurgió, y Alberto, ahora mayor, empezó a lanzar todo tipo de reproches a su exesposa:

Podrías haber suavizado las asperezas entre nosotros, explicarle que el niño necesita a ambos progenitores y que, sea cual sea el padre, debe ser amado, no solo mencionado de paso en raras visitas.

¿Y a dónde quieres que vaya? Tuviste ocho años para arreglar las cosas y solo aumentaste el abismo entre nosotros.

¿Qué tengo que hacer yo con la tarea de criar a mi propio hijo? respondió Carmen, ya no sumisa, con la costumbre de los últimos años de devolver una respuesta corta o de mandar al interlocutor a otra parte. Se había adaptado a la vida real.

Yo tenía otras cosas además de criar al niño, y tú lo sabes. Tengo a mi madre y a mi hermana

A ellas vayan, que les ayuden con Santiago; a mí déjala en paz exclamó Carmen, cerrando la puerta frente a su exmarido con un gesto definitivo.

Esa noche, Santiago le contó a su madre:

Mamá, he cerrado el ciclo.

¿Cuál?

El padre me invitó a su casa una semana después de mi cumpleaños. Yo le dije que ya tenía entradas para el concierto de Julieta, la que siempre lleva esas flequillos azules en la oficina.

¿Y él?

Se ofendió porque puse a Julieta por encima del padre. Le dije que podríamos felicitarlo otro día, o incluso dentro de dos semanas, o mejor, dentro de un mes, cuando termine la entrega de la tesis. Al parecer, eso no funciona a la inversa sonrió irónicamente Santiago.

Eres un recuerdo obstinado, joven.

No tanto. Solo tengo buena memoria y un poco de rencor, donde corresponde. Mamá, solo una pregunta: ¿por qué lo aguantaste hasta mis diez años? Podrías haberme dejado en divorcio antes y no habría pasado nada.

Pues porque dijo Carmen, desestimando la cuestión. Hoy, todas las razones que antes la habían mantenido en el matrimonio le parecían absurdas e inventadas.

En aquel entonces no era tan sensata como ahora, años más tarde. La falta de atención de Alberto a su propio hijo la obligó a reconsiderar su relación y, finalmente, a iniciar el proceso de divorcio.

Así evitó vivir eternamente bajo el techo de su madre y su hermana, como una cuarta pieza incómoda en esa extraña familia. Menos mal que tomó la decisión de separarse.

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La madre y la hermana de mi marido siempre son la prioridad
¡Ella apostó su libertad frente a sus millones!