Svetlana llega arrastrándose a la clínica médica

Cayetana apenas arrastraba los pies hasta la consulta del centro de salud, con el tobillo torcido como si una sombra lo hubiese atrapado. Tropezó sin querer y quedó tan coja que apenas podía avanzar. Un hombre calvo, ágil como un gato, la adelantó y, justo ante su nariz, pasó primero al doctor. Cayetana, exhausta, se dejó caer en una silla y, en un susurro de indignación, murmuró: «¡Qué hombres! nunca ceden». Una mujer sentada cerca, al oírla, respondió con una carcajada: «Ya ha venido hoy, vuelve a entrar porque aún no encuentran la prótesis».

«¡Qué rápido corre!» exclamó, «¡qué buen vecino es Andrés, el de al lado!». «Su vida no salió como él quería: le amputaron la pierna hasta la rodilla, su esposa lo abandonó, y ahora anda como un junco, sin hijos ni familia». En ese mismo instante salió del despacho un hombre ligeramente cojo, con una sonrisa que parecía flotar en el aire. Guiñó un ojo a Cayetana y a su interlocutora y, con tono bromista, dijo: «¿Qué tal, chicas, vamos a vivir?». Luego dio un paso firme y se encaminó hacia la salida.

Cayetana sonrió siniestra: «chicas», pensó, ya no era ella la que se llamaba así. Se casó joven, con un hombre doce años mayor. Según el horóscopo, ambos eran del signo del Perro. Pablo, como se llamaba su marido, amaba a los canes; pronto adoptaron un dóberman al que llamaron Goya, y poco después Cayetana quedó embarazada.

Los amigos admiraban la vida perfecta: piso en el centro, coche, chalet en la sierra, perro, y un hijo en camino. Pero en el sexto mes el embarazo se perdió, y el bebé no llegó a salvarlos. Pablo consoló a Cayetana y después, resignado, dijo: «Ya no somos tan jóvenes, pero al menos tenemos a Goya». Cayetana adoraba al perro, y Pablo lo llevaba a exposiciones, pero ella se preguntaba si un animal podía ocupar el hueco de un niño.

En una exposición, Pablo conoció a Oliva, que también tenía un dóberman. Allí le confesó a Cayetana que él y Oliva tendrían un hijo, que ella daría a luz a un niño sano. «Joven, como tú, que ya estás envejecida», le dijo, mientras Oliva, casi veinte años más joven que ella, sonreía como si el tiempo fuera una broma de los dioses. Cayetana sentía que su vida había pasado en un salto: «La pensión ya está a la vuelta de la esquina», le recordaba Pablo, como si también fuera suya.

Un día, a sus cuarenta y tres años, Cayetana sintió que su cuerpo era de anciana, aunque su mente aún buscaba la primavera. Una semana después, con la torcedura casi curada, volvió al médico y se cruzó de nuevo con el mismo hombre calvo.

«Disculpe, señorita, pase adelante, yo me colaré sin turno», le dijo el hombre con una sonrisa disculpadora. Cuando salió del consultorio, él seguía allí, junto a la puerta.

«El siguiente», gritó la enfermera desde el interior.

«Le están llamando», exclamó Cayetana, sorprendida de que él no entrara.

«Yo ya había estado aquí», respondió el hombre, «soy Andrés, y tú ¿Cayetana? Lo sabía al verte, con esos ojos claros y esa cara de niña. ¿Te acompañaría un inválido solo?»

Cayetana, con humor, contestó: «Si soy una niña bonita, tú tampoco pareces un inválido».

Salieron juntos; Andrés contó historias, le ofreció apoyarse en su brazo mientras ella cojeaba.

«¿Vamos a un café?», señaló, «es barato, a diez euros, y así desayunamos».

Con él la charla fluía ligera, y él la invitó a verse de nuevo; ella no se negó.

Una tarde, mientras el cielo se torcía en colores imposibles, Andrés dijo: «Cayetana, no digas que tengo prisa, temo que alguien me deje fuera de la curva y yo quede con la nariz rota». Luego, con voz temblorosa, añadió: «Soy cojo, calvo, y tú eres una mujer joven y bella. Cayetana, ¡cásate conmigo! No digas que nos conocemos poco; sueño pasar el resto de mi vida descubriéndote. Tengo piso, trabajo, soy fuerte». Miró a Cayetana con una pregunta silenciosa. Cuando ella bajó la mirada, él pensó que ella no quería aceptar, pues ¿qué buscaría alguien como él, un cojo, cuando todos anhelan salud y fortuna?

«¡Andrés!», rió Cayetana, «Eres el mejor, me costó aceptar, pero sí, acepto!»

El día de la boda, como en un sueño que se despliega sin lógica, Cayetana quedó embarazada casi al instante. Jamás imaginó que volvería a sentir el latido de una vida dentro de ella; había dejado de esperar un hijo hacía años. De pronto, la felicidad la envolvió como una ola que retrocede el tiempo, devolviéndole la juventud, la belleza y el amor.

«Mira, Andri, nuestro pequeño Saúl, con esos rizos¡qué maravilla!», exclamó Cayetana.

«¿Qué hay que admirar?», respondió Andrés, acariciando su calva brillante como una cúpula. «Yo era un águila rubia, ahora soy calvo y cojo, pero nuestro hijo lleva los ojos de su madre y los rizos de su padre».

Cayetana se abrazó a Andrés, sin poder creer que aquel niño fuera suyo. «Si no nos hubiéramos encontrado, Saúl no existiría», musitó, y las lágrimas brotaron sin control. Andrés, sorprendido, le susurró: «Cayetita, basta, no llores, todo está bien. Mira a Saúl, ¿cómo podría no haber nacido? Yo estaría perdido sin ti».

«Lloro de felicidad», dijo ella, secándose las lágrimas y aferrándose más fuerte a su esposo. «Nunca antes había llorado de alegría». Sonrió, y sus pestañas brillaron como diamantes bajo la luz tenue de la habitación.

Así, en aquel sueño que parecía un espejo roto, descubrieron que el mayor tesoro son los hijos y que la verdadera felicidad se encuentra en el amor que se entrelaza con la extraña lógica de los sueños.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

eleven − 4 =

Svetlana llega arrastrándose a la clínica médica
¿Y el piso, qué? ¡Me lo prometiste! ¡Me estás arruinando la vida!