Mi sobrina vino a visitarme, pero se molesta porque no la estoy alimentando.

Querido diario,

Hoy se ha convertido en otro de esos días en los que la rutina me golpea con su peso. Mi sobrina, Crisanta, ha llegado a mi piso en Madrid para pasar unas semanas mientras se prepara para entrar en la Universidad Complutense, la misma a la que aspira su madre, que vive en Valencia. Ella viene a buscar papeles y quizá a hacer alguna prueba de ingreso; no me he inmiscuido en los trámites, sólo sé que es normal que llegue antes de matricularse.

Mi hermana, María, ha acordado que Crisanta se quede conmigo mientras ella está fuera. No hablamos de comida; si su madre no menciona el tema, ellas lo deciden entre ellas. Cuando llegué al salón, la vi sentada con los brazos cruzados, mirando al vacío. Le pregunté qué le pasaba y me respondió que esperaba que le preparara un almuerzo calientito. Sin pensarlo, le lancé: «No solo no te voy a dar comida, sino que estoy siguiendo mi propio horario. Tengo que salir de inmediato. Llama a tu madre y pídele que te transfiera dinero a la cuenta, ve a comprar galletas, bollos y té. Yo ya no tengo nada. ¡Eres mayor, ya tienes 18 años!»

Hace tiempo que su madre no habla conmigo; ni siquiera sabe que, cuando los niños dejaron el nido, mi marido desapareció sin dejar rastro y yo me lancé de lleno al trabajo. Mi agenda es una locura, paso de casa en casa sin regularidad y ya no tengo energía para las tareas domésticas. Dormir, siquiera una siesta, se ha convertido en un lujo.

Me alegra ver a Crisanta, ahora más femenina, aunque ya no soy la tía Lulú, esa que podía cocinar un asado de cordero sin perder el aliento. Ahora le pido que compre sus propios alimentos, que los corte, los cocine o, mejor aún, que adquiera platos preparados para no arruinar la cocina ni el piso.

Ella se ha enfadado, guarda silencio y parece estar molesta cada día, quizás esperando que le provea todo como antes. No sé si la situación se estabilizará; es duro dejar de ser la tía buena de repente, después de tantos años de relaciones cordiales con todos. Sigo siendo amable: le he ofrecido una cama gratis, aunque sin el extra de la comida. Hoy he ido a ver a una psicóloga para buscar la forma más suave de explicar a los familiares que ya no soy tan funcional como antes. Hay que contar menos con mí, y aceptar que ya no puedo cargar con tanto.

Hasta mañana.

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Mi sobrina vino a visitarme, pero se molesta porque no la estoy alimentando.
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