HAY QUE TENER PACIENCIA

Querido diario,

Hoy vuelvo a pensar en Leocadia, esa mujer que siempre ha sabido más que los demás. No tiene veinte ni treinta años, ya lleva la edad en la que la experiencia habla más que la juventud.

Leocadia está cansada de cargar sola el peso del desengaño.
Lola, ¿por qué siempre soy yo la que falla? se lamenta. ¿Seré una pesada? ¿apesto a algún perfume que repela? ¿Será que no sé dar amor y ternura?
Se pregunta por qué todos a su alrededor parecen tener alguna relación, mientras ella sigue sola.

Escucha, Leocadia le dice Lola, sin perder la sonrisa. Mi abuela solía hablar de una cosa que llamaban el yugo del celibato.
¿En serio? refunfuña Leocadia. ¿Estamos en la época de los castillos?
¿No lo crees? salta Lola del banco. En la familia de mi tía tercera, la abuela quitó ese yugo.

Leocadia, curiosa, pide a Lola que llame a su hermana Nuria, la misma que quebró el yugo. Diez minutos después, Lola escribe con la lengua entre los labios:

Nuria, ¿qué tal? ¿Otra boda? ¿Y Gema? ¿Ya la has echado de casa? Bueno, allá voy

Al colgar, Lola suspira y dice:

Se me ha vuelto a solicitar un regalo de boda; mi hermana se vuelve a casar, ya es la quinta. Parece que la abuela realmente alejó ese yugo. ¿Te animas a ir?

Leocadia se encoge de hombros, pero al final acepta. Cuando llega a la casa de la abuela, ésta la recibe girando la cabeza y devolviéndola a la puerta:

No tienes ningún yugo.
¿Cómo? Yo
¿Y a quién has elegido? El primero te abandonó con un niño en brazos, prometió amor y resultó casado.
¿Sabías? pregunta Leocadia, riendo.
No, no eras tú. Él era un patán, dejó todo en la cuneta y desapareció.
¿Y el segundo?
Tampoco fue él el indicado.
¿Y el tercero? insiste Leocadia, medio burlona.
Él tampoco.

¿Cuándo aparecerá mi hombre? murmura, sin saber.
Llegará cuando menos lo esperes. Será tuyo, aunque no del todo. La mujer no puede obligar al hombre, pero si confías, él será fiable y contigo hallarás la dicha. Lo esencial es esperar, no precipitarse.

La anciana también le aconseja a una amiga de Leocadia que visite al médico y tome unas hierbas, porque el tiempo cura. Esa charla ocurrió hace años, cuando Leocadia, desesperada por encontrar su felicidad, acudió a la curandera del pueblo. Todo lo que la anciana dijo se materializó.

Después, la tercera pareja que Leocadia conoció le hizo olvidar las palabras de la anciana. Era un buen hombre, amable con su hija y con Leocadia, pero de pronto desaparecía sin explicación, como si huyera de un fantasma.

Entonces llegó Yuri, el vecino de la puerta de al lado. Al mudarse Leocadia, la antigua inquilina, la tía Carmen, le comentó que el dueño del piso estaba de paso, pero nunca volvió. Un día, Leocadia, movida por la curiosidad, asomó la puerta entreabierta y vio a un hombre pegando papel pintado. Al poco, el dueño regresó y los dos se cruzaron en el pasillo.

La puerta del edificio era tan peculiar que al abrir una, la otra se cerraba; Leocadia, apurada para ir al trabajo, no pudo abrirla y el vecino se disculpó apuradamente. Más tarde, ella le bloqueó la salida y, finalmente, él le permitió abrir la suya primero.

Con el tiempo Yuri ayudó a la amiga Cris a subir una bicicleta, Leocadia le preparó empanadillas y se los entregó. Un día en el parque, el hijo de Yuri, de la misma edad que el de Cris, jugó con los niños y pronto todos se hicieron amigos. Pasaron seis meses y Yuri la invitó a una cita, luego la presentó a su familia.

Antes de vivir juntos, Yuri le reveló su historia:

Leocadia, no soy un muchacho de veinte años ni una pieza de madera. Soy un hombre con opiniones y carácter. Te prometo fidelidad, que haré el trabajo de hombre, que no bebo ni fumo, que no tengo malos hábitos.

No puedo prometerte amor, confesó. Siento cosas, pero no las que tú deseas. No soy una piedra sin sentimientos; hay cariño, pero no el que tú esperas.

Y añadió que en su juventud había amado a una muchacha, pero ella sólo lo vio como a un amigo. Lo intentó con otras mujeres, más bellas e inteligentes, pero nada encajó. Leocadia le preguntó si debía hablar con ella; él respondió que había explicado todo, pero ella le dijo que siempre lo había tratado como a un hermano.

Cuando le preguntó por qué dejó a Inés, él contestó que no la amaba. Ella, con indiferencia, replicó que Inés era buena, guapa e inteligente, pero que el amor no se obliga.

Al final, Yuri se casó. Afirmó que no era una momia sin vida; vivía como todos, pero cuando pensaba en el amor verdadero, sentía que era una carga. Creía que el amor era un castigo para él.

Yo, mientras escribo, pienso en lo que la anciana nos dejó: espera. No hay prisa, el futuro llega cuando menos lo esperas, y a veces el hombre que llega no será el que imaginamos, pero sí el que nos haga felices.

Leocadia, tras conocer a la familia de Yuri gente alegre, risueña, que la aceptó a ella y a su hija, nunca se arrepintió de haber dicho sí. Yuri resultó ser un marido fiable; juntos superaron los problemas y, aunque a veces le atrapaba la mirada de su esposa, eso no rompió su vida en común.

Al concluir, percibo la lección que debo llevar conmigo: la paciencia es la llave que abre las puertas del corazón, y forzar el tiempo solo conduce al desencanto. Aprendí que si confías en el ritmo de la vida, el amor llega sin que lo busques a ciegas.

Hasta mañana, querido diario.

La paciencia construye los puentes que la prisa jamás logrará cruzar.

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