Hace ya muchos años recuerdo aquel pasillo del hospital, inundado por el sol de la tarde que caía sin piedad sobre los ventanales de la clínica de la calle Gran Vía, en la capital. Carmen, al cruzarlo, cerró los ojos por un instante; al abrirlos, sintió como si el corazón se le hubiera detenido y, a la vez, empezó a galopar con una rapidez inesperada.
Al otro lado del corredor avanzaba él. Su marido, aquel que ella recordaba con la sonrisa que hacían arrugarse incluso los bordes de sus ojos. Pero eso no podía ser, llevaba tres largos años su ausencia de la faz de la tierra.
«Vaya, que ahora aparecen los fantasmas», se oyó a sí misma mientras apretaba con fuerza el asa de su bolso, intentando volver a la realidad.
El hombre se acercaba, y resultaba evidente que guardaba un asombroso parecido con su difunto Antonio. Altura, paso, rasgos sólo la mirada era más severa, más contenida. No obstante, sus ojos la atravesaban sin apartarse, con tal asombro como si él, también, hubiera visto un espectro.
Carmen sintió que sus mejillas se tiñían de un rubor caliente. Avergonzada, bajó la vista y se deslizó hacia la habitación de su tía, Doña Teresa, la única que le quedaba, y a quien necesitaba cuidados especiales después de una operación.
El siguiente encuentro con ese fantasma tuvo lugar en la zona de curas. Carmen empujaba una camilla vacía cuando lo divisó: un médico con bata blanca que murmuraba algo a una enfermera. Al oír el crujido de las ruedas, alzó la cabeza y se quedó inmóvil. Su mirada, directa y escrutadora, era la misma de la víspera.
Doctor Sáenz intervino la enfermera, rompiendo el incómodo silencio. ¿Es todo?
Sí, gracias asintió él, pero sus ojos seguían clavados en Carmen.
Ardida de vergüenza, ella siguió empujando la camilla, sintiéndose como una niña tonta en la escuela.
Los días en el hospital transcurrían a paso lento. Continuaban cruzando miradas en los pasillos; cada vez que Carmen lo divisaba, una alegría infantil brotaba en su pecho. El doctor, de vez en cuando, entraba a visitar a Doña Teresa, siempre cortés y profesional, pero su mirada se posaba en Carmen un segundo más de lo necesario.
Una noche, cuando su hijo Javier debía iniciar el turno nocturno, Carmen salió al vestíbulo a beber agua. Allí, junto a la ventana, estaba el doctor Alejandro Sáenz, contemplando la ciudad que se oscurecía.
¿Su hijo? le preguntó en voz baja, volteándose. El joven que visita a la señora Teresa?
Sí asintió Carmen, sorprendida de que conociera el nombre de la tía. Javier. Es un poco travieso, pero de oro, muy cariñoso.
El médico sonrió, y esa sonrisa le resultó dolorosamente familiar.
Él le quiere mucho. Se nota.
En el pecho de Carmen algo hizo clic: un temblor, un latido que había olvidado hace tiempo. El cuerpo envejece, pero las sensaciones siguen tan frescas y agudas como en la juventud.
Sí dijo ella, sonrojándose. Pero no se lo cuente, que se cree todo el mundo.
Él soltó una carcajada cálida y viva.
Me llamo Alejandro. Alejandro Sáenz.
María respondió ella, pues ese era su nombre de pila, aunque la gente la llamaba Carmen.
En ese instante, Javier irrumpió en el vestíbulo, agitando un sobre lleno de rosquillas.
¡Mamá, hola! ¡Doctor! Como le prometí, le traigo una merienda. Perdón por la coliflor que quedó.
Alejandro aceptó una rosquilla con gratitud, y Carmen captó la mirada de su hijo: rápida, evaluadora, comprensiva.
Al día siguiente, la charla entre las enfermeras le reveló a Carmen que el doctor Sáenz estaba enfermo y se había tomado baja. Algo se hundió en su interior. «Entonces no será nuestro destino», pensó con una resignación amarga. «Quizá sea lo mejor, al menos no quedó esa incómoda despedida ni los qué podría haber sido. Solo quedan recuerdos agradables». Pero también comprendió que el duelo no es eterno; el futuro, al fin, quedaba con luz.
Doña Teresa recibió el alta tres días después. Al recoger sus cosas, Carmen intentaba no pensar en el vacío que la esperaría fuera de los muros del hospital. No sólo se despedía de aquel lugar, sino también del fantasma de una posibilidad que nunca se concretó.
Javier, cargando las maletas al coche, soltó de pronto:
¿Sabes? El doctor Sáenz es viudo. Su mujer falleció en un accidente hace tres años.
Carmen se quedó como estatua. Tres años. ¿Coincidencia? ¿Destino?
¿Cómo lo sabes? preguntó en voz baja.
Pues nos pusimos a charlar mientras comíamos los pasteles encogió los hombros Javier. Él preguntó por papá, muy educado. Se notó que estaba solo. Y la forma en que te miraba… no como a una paciente, sino como a una como a alguien más.
Carmen se sentó en silencio en el coche. En su corazón volvió a latir la esperanza.
En casa la esperaba la quietud. Preparó un té y se sentó junto a la ventana, mirando el patio familiar. Entonces su mirada cayó sobre un sobre sobre la mesa, que no recordaba haber dejado. Seguro había sido Javier.
Dentro había una postal que mostraba el antiguo hospital del que acababan de salir. Con dedos temblorosos, Carmen la abrió.
María,
Entiendo que esto pueda sonar una locura. Lamento mucho haberme enfermado y no haberme despedido. Pero no puedo permitir que desaparezca sin más. Hace tres años perdí a mi amada. Cuando la vi en el pasillo, sentí como si el sol volviera a salir dos veces en un día.
No soy tu marido. Soy otro hombre, con su propio dolor y su propia historia. Pero quizá nuestras historias puedan encontrar un punto en común.
Si no te parece absurdo, estaré mañana a las cinco de la tarde en la cafetería «Las Esquinas», frente al parque.
Con esperanza,
Alejandro
Las lágrimas brotaron de los ojos de Carmen, pero fueron lágrimas de felicidad. No estaba sola en ese sentimiento; él sentía lo mismo y había tenido el valor de dar el paso que ella jamás se atrevió a imaginar.
Al día siguiente, a las cuatro y media, se arreglaba frente al espejo, ajustando nerviosa su vestido.
¡Mamá, te ves preciosa! gritó Javier desde la cocina. No te quedes devanando en los recuerdos, que el futuro es lo que importa.
Carmen sonrió.
La cafetería «Las Esquinas» era acogedora, perfumada con el aroma de bollería recién hecha. Alejandro ya estaba allí, sentado junto a la ventana, revisando el menú con gesto serio. Al verla entrar, se levantó y su rostro se iluminó con esa sonrisa conocida, a la vez extraña y nueva.
Temía que no vinieras dijo, tirándole una silla.
Temía que lamentaras mi carta confesó Carmen, sentándose.
Ni por un instante replicó Alejandro, negando con la cabeza. Sus ojos, serios, cruzaron los suyos. ¿Sabe? Cuando la vi por primera vez fue como un milagro, un recordatorio de que la vida no termina.
Yo sentí lo mismo dijo ella en voz baja. Como si del pasado soplara un viento tibio, pero no del pasado, sino de algo nuevo.
Extendi el mano sobre la mesa; ella la tomó. La palma de él estaba cálida.
Probemos, María propuso. Sin prisa. Simplemente intentemos ser felices.
Y ella, mirando esos ojoslos ojos de un hombre que había atravesado el mismo dolor que ella, pero que no había dejado de esperarasintió. Por primera vez en tres años, no sintió tristeza por lo perdido, sino una alegre y temblorosa anticipación de lo que estaba por venir. Ese fue su final feliz, que en realidad marcó el comienzo de una nueva historia.







