Lucía, ese Constancio tuyo no me gusta nada soltó mi madre después de conocer al prometido de su hija.
Escucha, Lucía, el consejo de mamá o, al menos, pregúntate qué es lo que le desagrada al elegido (a veces a una chica le basta con que no le cae bien, pero otras veces percibe actitudes que la enamorada pasa por alto). La historia podría haber tomado otro rumbo.
Yo, sin embargo, me limité a encogernos de hombros y argumenté, como me pareció justo, con palabras que creí razonables.
Nunca te has gustado a nadie. Por eso acabas sola, aunque podrías casarte conmigo mismo dije.
Sabes mucho, refunfuñó Doña María Ignacia, mi madre.
¿Y cómo sacas que no entiendo nada? ¿Solo porque soy más joven?
No soy ciega: he visto que te llamaban, los hombres parecían ser buenos. Pero tú los rechazabas sin mirarlos a los ojos.
¿Sin mirarlos? filosofó mi madre, y luego cortó la discusión. Basta, Lucía, dejemos este tema.
Te di mi opinión, ya que habías presentado a Constancio a mi casa. Ahora decide tú si lo escuchas o decides por tu cuenta quién te merece y quién no.
Mamá, ya es tarde para decidir. Estoy embarazada de Constancio. Y si así es, el niño no crecerá sin padre.
Gran parte del resentimiento de Angélica hacia su madre nació de la ausencia de una figura paterna. En la escuela fue la única sin padre por causas ajenas. En otras dos chicas los padres habían muerto, pero eso no era lo mismo que nunca haberlo tenido.
Al niño de Angélica le faltó papá desde que tenía tres años; sus padres se divorciaron y el hombre se olvidó de ella. Al final, su ex prometió que si ella había engendrado un hijo, podrían hablar de una crianza conjunta, pero ella prefería que su madre se encargara de todo.
Por suerte el ex pagaba la pensión sin falta, aunque nunca se interesó por la vida de su hija. Angélica sentía que la falta del padre era culpa también de su madre; bastaba con presentar un padrastro y la familia sería completa. Quizá él no la amara como otros padres, pero al menos habría un hombre bajo el mismo techo y no habría ese estigma de familia incompleta que los compañeros de instituto lanzaban a Lucía.
Así, Angélica decidió que el padre de su hijo sería, en cualquier caso, Constancio. No era perfecto, pero la amaba y, según él, amaría al niño.
Cuando el test de paternidad confirmó que era el padre, Constancio se lanzó a proponerle matrimonio como un caballero y empezó a imaginar cómo convertiría la segunda habitación del piso en un cuarto de bebé. A Angélica le derretía el corazón ese comportamiento, y nada de lo que mi madre decía sobre él podía empañar la imagen.
Al final, no fue mamá quien los obligó a vivir juntos.
Lo que a mi madre no le gustaba de Constancio, Angélica lo descubrió cuando su hijo cumplió un año. Él iba a su trabajo, pero no había ni una palabra sobre ayudar con la pequeña Sofía. Su madre, Elena García, avivó la llama al contar cómo ella, con dos hijos, mantenía la casa impecable, trabajaba casi de inmediato tras el parto y se las ingeniaba con la tecnología más moderna. Sin embargo, no consideró que en su piso ambos niños, tras unas semanas, iban a la guardería y luego al colegio con comedor, donde el personal se encargaba de los deberes y la alimentación. La única ayuda de Elena en casa se reducía a preparar el desayuno y lavar la ropa; la lavadora ya estaba, aunque no tan sofisticada como las actuales.
El problema surgió desde el principio: en la ciudad de Granada ya no existían guarderías; las madres tenían que cuidar a sus hijos solas, 24/7. Algunas contaban con la ayuda del marido, otras con la madre, pero Doña María Ignacia vivía en Sevilla y aún no se había jubilado, así que Angélica tuvo que ingeniárselas sola, aunque seguía convencida de que Constancio la amaba y que su familia era buena.
Todo cambió una tarde, mientras Angélica se duchaba, cuando el sistema de alarma contra incendios sonó por segunda vez ese año. Ambas veces la alarma resultó ser falsa, y el marido no reaccionó. Entonces, al salir del baño, encontró la puerta principal abierta de par en par y humo entrando por la escalera.
Como un rayo, Angélica corrió al cuarto del bebé, envolvió a Sofía en una manta y se lanzó a la salida. Subió al desván y, atravesándolo, llegó al portal contiguo. Allí la recibió Constancio, tembloroso, con su nuevo ordenador de sobremesa bajo el brazo, una cámara de vídeo profesional colgando del cuello y, de su chaqueta, una tablet y un móvil.
¡Ay, mierda! siseó, y si no hubiera sido por la niña en brazos, probablemente habría soltado al hombre que la había traicionado.
Angélica, furiosa, le dio una patada al trasero, gritando como un cargador de puerto. Lo que más le dolió fue que en vez de disculparse o intentar explicar, Constancio la acusó de estar loca. Decía que había reaccionado como pudo, que se había olvidado de su esposa y su hija, como si fuera algo normal. Lo peor fue ver que, ante el peligro, sus reflejos se pusieron en marcha para salvar su ordenador, su cámara y su tablet, no a la niña ni a la mujer.
Naturalmente, Angélica se divorció. Durante los siguientes seis meses la suegra intentó reconciliarlos con los típicos argumentos de no destruir la familia, pero mi madre aceptó a su hija y a la pequeña de nuevo bajo su techo.
Mamá, tenías razón, no debí involucrarme con Constancio admitió Angélica una noche. Ahora entiendo que podía abandonarme en el momento peor.
Hija, ¿te acuerdas de cuando nos encontramos en el portal y el terrier del vecino empezó a ladrar? recordé. Ese perro, Archie, ladra a todo el mundo; su dueño, Tolo, nunca lo suelta del bozal. El perro no muerde, solo asusta. Cuando el ladrido nos sobresaltó, Constancio salió corriendo sin protegerte, sin siquiera intentar agarrarte del brazo.
Yo ya llevaba a tu hijo, y él lo sabía. Me pareció extraño que un marido y padre que supuestamente te ama actúe así. Antes diría puedes pensar que sabes mucho de padres cariñosos, pero ahora, tras la experiencia, solo guardo silencio. He aprendido, a tiempo, que no siempre es útil tener a un padre y marido bajo el mismo techo. A veces es más sencillo criar a un hijo solo que vivir con alguien solo por mantener una imagen bonita.
Así que Angélica no volverá a confiar en esa suerte de familia de fachada. Si Sofía, como Lucía, algún día pregunta por qué creció sin padre, Lucía encontrará la respuesta: que su papá, ante una emergencia, salvó su portátil, su cámara y su móvil, no a ella ni a su madre. ¿Y en la vejez quién cuidará de él? Seguramente la tecnología, no él. Sofía probablemente nunca lo perdonará. Angélica, en cambio, nunca lo hará.







