El Último Llamado

¡No los invites! ¿Me oyes? ¡Ni con uñas y dientes!
Es tu cumpleaños, Santiago. Treinta y cinco años, una fecha de peso.
¡Qué me presta! No los quiero ver.

¡Santi, basta ya! ¿Cuántos años llevas con esa postura? Diez ya pasaron.
Y otros diez vendrán, veinte. Para mí ya son polvo.

Begoña se sentó a su lado y le agarró la mano. Caliente, tensa, como siempre cuando el tema giraba a los padres.

Julián llamó. Preguntó si podía venir.
Enrique dijo que sí. Uno solo, sin los demás.
Él dice que mamá está llorando. Quiere verte.
Que llore. ¿Dónde estaba ella cuando me echaron de casa? ¿Cuando me quedaba a dormir a turnos en casas de amigos?

Una historia vieja. Begoña la sabía de memoria: segundo curso de la universidad, sesión dura, expulsión. Padre coronel retirado, hombre de principios rígidos. Deshonra a la familia fuera. Y Santiago se largó a la calle.

Te graduaste, ¿no? Cambiaste de instituto y encontraste trabajo.
¡Yo mismo! ¡Sin ellos! Y después Enrique compró piso, coche, ¡un chaval!
No te enfades con tu hermano. No tiene la culpa.
Yo no me enfado, pero no quiero ver a los padres ni en la puerta.

Begoña suspiró. Charla sin salida, como siempre.

Al caer la noche, lavaba los platos pensando en lo suyo. En su madre, a quien no había visto tres años antes de su último suspiro. Se había enfadado con su último tirón de orejas, con los castigos sin razón, con la humillación. Se había mudado a otra ciudad, cambió de número.

Luego llamó la tía Pilar, que anunció la muerte de la madre una enfermedad hepática. Sólo una había quedado en la cama de hospital.

Aún de noche le suena la voz de su madre:

Begoña, perdóname y ella colgaba el auricular.

¿En qué piensas? le abrazó Santiago por detrás.
En mi madre.
¿Te muerdes otra vez?
No puedo dejarlo. Tenía que haber venido, al menos para despedirme.

¡Te estaba robando, Begoña! Malgastando tu beca.
Pero estaba enferma. La afición al alcohol es una enfermedad.

¿Y qué? ¿Una excusa?
No. Pero podría haberla perdonado. Ahora es tarde.

Santiago la giró hacia él.

No te tortures. Hiciste lo que pudiste. Te salvaste a ti misma.
Y perdí el alma.

Tonterías. Tienes el alma más luminosa que conozco.

La besó en la sien y Begoña se recostó en su hombro. Él no sabía cómo vivir con la culpa. Decidieron celebrar el cumpleaños en casa. Quince invitados: amigos cercanos, colegas, Julián con su mujer.

Desde la madrugada Begoña corría por la cocina. Ensaladas, salsas, el pastel encargo. Santiago ayudaba cortando verduras y poniendo la mesa.

¿Enrique vendrá solo? preguntó mientras seguía con la tarea.
Lo prometió.
Vale.

A las siete empezaron a llegar los invitados. Julián apareció a las siete y media. Tras él se abrieron la puerta dos figuras.

El padre canoso, recto como un bastón, traje austero. La madre menuda, con un vestido de flores y una caja bajo el brazo.

Santiago quedó paralizado, botella en la mano.

¿Qué significa todo esto?

Hija mía la madre dio un paso al frente.
Yo no los invité.
Vinimos por nuestra cuenta espetó el padre, severo. ¡Tenemos derecho!

No tenéis ningún derecho, Julián, ¿qué demonios?

¡Hermano, no te pongas bravo! ¡Son los padres!

¡Me vale! ¡Lárgate!

Los presentes se quedaron helados, copa o plato en la mano. Un silencio tan torpe que parecía una foto de boda.

Santi, no lo hagas Begoña tocó su mano.
¡Sí, lo haré! estalló. ¡Diez años sin que me conozcáis! ¡Ignorasteis mi boda! ¡Ni al nieto reconocéis! ¿Y ahora os aparecéis?

Queríamos felicitarte la madre extendió la caja. Feliz cumpleaños.

¡Enchúfate tus felicitaciones! ¡No quiero nada de vosotros!

¡Estanislao, basta de dramas! rugió el padre. ¡Compórtate como hombre!

¿Cómo me enseñasteis a echar de casa a quien se ha equivocado?

¡Avergonzaste a la familia!

¡Yo era solo un estudiante! ¡Un estudiante que suspendió la sesión!

¡Por juerga y por chicas!

¿Y ahora? ¿Es excusa para lanzar al hijo por la ventana?

La madre sollozó. El padre se sonrojó.

¡Te dimos una lección!

¡Me habéis destrozado la vida! Si no fuera por Begoña y los amigos, ¿dónde estaría?

¡No exageres! ¡Sobreviví!

¡Sobreviví sin vosotros! Y seguiré viviendo.

Julián intentó interponerse.

Calma, por favor. Los invitados

¡Que se vayan! dijo Santiago, girándose hacia la puerta. ¡Fuera, los dos!

El padre se enderezó aún más.

Pues ya lo sé, tomé la decisión correcta. Todo mi patrimonio irá a Julián, hasta el último céntimo. ¡Y tú, nada! ¡Un vacío!

¡Me vale vuestro dinero!

Veremos cómo cantas cuando ya no estemos.

¡Que se os haga una servilleta de carretera!

Los padres se marcharon. La madre sollozó, el padre salió con paso firme. Julián los siguió, balbuceando, intentando convencerlos.

En la habitación quedó un silencio denso.

Perdón, amigos dijo Santiago. Asuntos familiares.

No pasa nada, pasa respondió alguien, intentando aliviar el ambiente.

Pero la fiesta se arruinó. Los invitados se fueron rápido. Sólo quedó Julián, pálido y abatido.

¿Por qué los trajiste? preguntó Santiago, cansado.
Pensé que os reconciliaríais. Mamá lo pidió.

Que pida lo que quiera, a mí me da igual.

Hermano, no es correcto. Ya son mayores.

¿Y qué? ¿La vejez es una indulgencia?

El padre habló del testamento en serio. No te quedará nada.

¡Menos mal! No quiero sus limosinas.

Julián se marchó. Begoña siguió limpiando la mesa. Santiago se tiró al sofá, clavando la cara en las manos.

¿He hecho lo correcto?

No lo sé, pero te entiendo.

Ni siquiera se disculparon. Llegaron como si nada.

El orgullo no lo permite.

¿Y el mío? ¿Me podríais pisotear?

Begoña se sentó a su lado y lo abrazó.

No se puede. Pero a veces a veces es mejor perdonar antes de que sea demasiado tarde.

¿Cómo está tu madre?

Así, nada más.

Eso es otro asunto, Begoña. Tu madre estaba enferma. Los míos simplemente son duros.

Tal vez. O quizá no saben amar de otra forma.

Pasaron tres años. Una mañana corriente, Santiago se preparaba para ir al trabajo cuando sonó el móvil: Julián.

Hermano, el padre está en el hospital. Un ictus.

Algo se rompió dentro de él.

¿En serio?

Los médicos dicen que quizá no salga.

Ya veo.

¿Vienes?

No lo sé.

Santiago, es tu padre. Pasa lo que pase.

Colgó. Begoña lo miró, curiosa.

Tu padre está al borde.

Vete.

¿Para qué? No me quiere.

¿Y tú? ¿Quieres que se muera así?

Santiago guardó silencio, recordando la infancia: el padre enseñándole a montar en bicicleta, la pesca en el lago, el primer día de instituto con la mochila enorme y la mano del padre.

¿Cuándo se volvió tirano?

Vete repitió Begoña. Después será demasiado tarde.

El hospital olía a medicinas. La madre, pequeña y canosa, estaba en el pasillo. Al ver a Santiago, se aferró a él.

¡Santi! ¡Has venido!

Lo abrazó. Él quedó como una estatua, sin respuesta.

¿Cómo está el padre?

Mal. Los médicos no dan esperanzas.

¿Puedo verlo?

Está inconsciente, pero dicen que oye.

La habitación mostraba al padre en la cama: tubos, goteros, monitores. No era el coronel temible, sino un abuelo enfermo.

Santiago se sentó a su lado, tomó su mano seca, ligera como una pluma.

Papá, soy yo. Santiago.

Silencio. Sólo el pitido de los monitores.

Yo quiero decirte te he guardado rencor. Por echarme de casa. Por la indiferencia. Por amar a Enrique más que a mí.

La mano del padre tembló.

Pero ¿sabes qué? Te perdono. Te perdono, de verdad.

Los ojos del padre se abrieron, borrosos, pero reconocieron.

¿Papá?

Los labios se movieron. Santiago se incluyó.

Perdó

Una palabra apenas audible. Pero Santiago la oyó.

Te he perdonado, papá. Todo está bien.

El padre volvió a cerrar los ojos, pero su rostro se relajó.

Santiago permaneció allí, hablando de trabajo, de familia, del nieto que nunca llegó a ver. El padre falleció esa noche, en silencio, como un susurro. La madre dijo que había esperado el perdón.

Después del funeral, Santiago y Begoña se quedaron en casa, tomando té y guardando silencio.

¿Cómo estás? preguntó ella.
Extraño. Pensaba que el rechazo me quemaría, pero dentro hay un vacío.

Hiciste bien en alejarte.

Sabes, él dijo te perdono. La primera vez en mi vida.

El orgullo se quebró ante otro mundo.

Yo también.

Begoña alzó la cabeza.

Begoña, perdónate a ti misma por la madre. No querría que te torturases.

¿Cómo lo sabes?

Porque los padres aman a sus hijos, aunque sea a su manera torpe, dolorosa, pero con amor. Y perdonan todo.

Begoña rompió a llorar. Santiago la abrazó, apretándola.

Somos dos torpes. Nos aferramos a los rencores, nos mordemos. A veces basta con perdonar.

Ya lo sabemos.

Ya es tarde para ellos. Pero nosotros seguimos vivos, y podemos vivir sin esa carga.

Por la ventana caía nieve, la primera de este año, blanca y pura, como el perdón, como una página nueva.

Santiago pensó en su padre y en lo que habría sido si se hubieran reconciliado antes; el tiempo perdido en la agresión. Pero al menos lo había dicho, lo había escuchado, y eso ya era mucho.

Sé sabio, aprende a perdonar, porque los padres no son eternos y no los elegimos

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El Último Llamado
Casarse con un hombre discapacitado. Relato Gracias de corazón por vuestro apoyo, vuestros “me gusta”, interés y comentarios sobre mis relatos, por las suscripciones y, especialmente, por vuestras donaciones, de parte mía y de mis cinco gatetes. Por favor, compartid los relatos que os gusten en redes sociales, eso también alegra mucho a la autora. La hija llegó tarde de la clínica donde trabajaba como enfermera en urgencias traumatológicas. Estuvo mucho rato duchándose y, luego, apareció en la cocina aún en bata. —Tienes croquetas y macarrones en la sartén —le ofreció la madre, mirándole a la cara e intentando adivinar cuál era el motivo de su estado—. ¿Estás cansada, Lucía? ¿Te ha pasado algo, cariño? —No voy a cenar, ya soy fea y si encima engordo, ya no se fijará nadie en mí —contestó Lucía sombríamente, mientras se servía una taza de té. —No digas tonterías —replicó inquieta su madre—, ¡si tienes de todo, y unos ojos preciosos, y la nariz y los labios bien puestos! No te inventes defectos, Lucía. —Lo digo porque todas mis amigas ya están casadas, y yo no. Sólo le intereso a chicos perdidos. Los que me gustan ni me miran. ¿Qué me pasa, mamá? —dijo Lucía con el ceño fruncido, esperando alguna respuesta. —Simplemente no has encontrado aún a tu destino, ya llegará, —intentó tranquilizarla su madre, pero Lucía se encendió aún más. —Eso, “ojos”, porque son pequeños. Los labios finos, mira qué nariz… Si tuviera dinero me operaría, pero como somos pobres… Así que he decidido casarme con algún hombre mutilado; en la clínica hay chicos a los que sus novias han abandonado tras un accidente o una lesión. ¿Qué otra cosa me queda? ¡Ya tengo treinta y tres años, no puedo esperar más! —Anda ya, Lucía, ¿cómo puedes decir eso? Si tu padre también tiene problemas con las piernas… Yo pensaba, al menos un yerno podría ayudar en la finca; sería una gran ayuda, sino ¿cómo vamos a sobrevivir? —exclamó la madre impulsivamente, y luego trató de justificarse—. —No te lo tomes a mal, Lucía, pero no todo el mundo vive acomodado. Tú misma, ¿para qué un hombre discapacitado? Tienes ahí a Álex, el vecino, buen chico, que lleva tiempo fijándose en ti. Fuerte, seguro que tenéis hijos sanos… —Mamá, por favor, deja ya el tema. Tu Álex no dura en ningún trabajo, le gusta la juerga, ¿y de qué voy a hablar yo con él? —protestó Lucía. —¿Para qué necesitas hablar tanto? Yo le digo que labre la huerta con el motocultor y luego ya comeremos. O le mando a hacer la compra… Es un chico trabajador, ¿quién sabe si os iría bien? —sugirió la madre, pero Lucía simplemente apartó la taza de té y se levantó—. —Me voy a dormir, mamá. Pensé que al menos tú me veías como una persona y no como una feucha inútil… —¡Lucía, hija, no digas eso! —trató de seguirla su madre, pero Lucía levantó la mano interrumpiéndola—. ¡Déjalo, mamá! Y le cerró la puerta de la habitación en las narices. Después, estuvo largo rato desvelada, recordando al chico que acababan de llevar a la clínica: le habían amputado la pierna hasta el tobillo. Una losa le había caído encima en una casa medio derruida a punto de ser demolida. Nadie fue a verle, tan joven, no tenía aún ni treinta años. Al principio, la miraba a Lucía con ojos suplicantes, le cogía de la mano siempre tras la operación. Después, volvió en sí y comprendió su situación, y pasaba horas mirando el techo en silencio. A ella le daba más pena quizá que a otros, tal vez porque no le visitaba nadie. —¿Crees que volveré a caminar? —le preguntó un día sin mirarla, y Lucía le respondió con seguridad: —Claro que sí, todo sanará, eres joven. —Eso decís todos, deberías probar a vivir sin pierna, a ver qué vida es esa —se enfadó de repente el chico, volviéndose a la pared, como si ella tuviera la culpa. —¿Y tú por qué entraste ahí? —se enfadó Lucía—. ¡La culpa es tuya! —Me pareció ver algo —murmuró, y desde entonces, cuando Lucía entraba en la sala, él siempre se volvía de espaldas. Lucía se fijaba en sus ojos, claros y fríos como el hielo. Pero su rostro era muy agradable. Qué pena que le haya sucedido esto… —¿Te doy lástima? —le sorprendió él otra vez—. Lo noto, claro, ¿qué otra cosa se puede sentir por uno como yo? ¡No se puede querer a alguien así! —A los como yo tampoco nos quieren, aunque tengamos brazos y piernas. Porque no somos “normales”, ni siquiera me da lástima nadie, ¡ojalá me faltara algo! —le espetó Lucía, sintiéndose de repente a punto de llorar. Sin embargo, Miguel —así se llamaba— sonrió por primera vez mirándola: —Menuda tontería. ¿Fea tú? ¿Estamos locos? Si no dejo de mirar y de pensar quién será el afortunado al que elijas… ¿Lo crees? Lucía le miraba fijamente, convencida de que realmente lo decía de corazón. Al fin, se atrevió a decir lo que rondaba por su cabeza: —Y si te elijo a ti, ¿te casarías conmigo? Veo que te callas, seguro que mientes, ¡ya lo entendí todo! Lucía se puso de pie, ofendida, y se dirigió a la puerta. Miguel se impulsó como pudo y se sentó sobre la cama, como si fuera a salir tras ella. Pero al recordar su herida, la llamó: —¡Cásate conmigo, Lucía! Te prometo que muy pronto nadie notará lo de mi pierna. Me recuperaré, no te vayas, Lucía… Lucía y Miguel Se detuvo en el pasillo con ganas de llorar, pero a la vez sintió por fin que ÉL era el adecuado. No importaba su nariz o sus ojos, o la pierna de Miguel; simplemente, se habían encontrado. El momento había llegado, como decía mamá… Miguel se volcó en la rehabilitación con un entusiasmo enorme; ahora tenía un objetivo: casarse con una chica maravillosa, y debía andar por su futuro juntos. No quería que Lucía se entristeciera pensando que nadie la necesitaba. Él la necesitaba, mucho. Sólo con ella quería vivir y estar siempre cerca… —¿Te has enamorado por fin, hija? —le preguntó la madre—. Mira cómo te has transformado; decías que eras fea. Lucía ni se molestó en negarlo; flotaba sobre las nubes. Su mayor deseo ahora era que Miguel pudiera caminar y acostumbrarse pronto a la prótesis. Cada vez paseaban más: primero por el jardín de la clínica y, más tarde, por las calles de la ciudad, engalanadas y llenas de luz antes de Año Nuevo… —Ya han derruido la casa, aquí fue donde me quedé atrapado —le indicó un día Miguel. —¿Y para qué entraste allí? ¿Qué buscabas? Nunca me lo contaste —le preguntó Lucía. —Te reirás, pero vi un perrito callejero, flaco, negro con manchas blancas. Me dio pena y quise llevármelo a casa, para no vivir solo —explicó Miguel. —Mira, ahí hay un perro escuálido que nos mira triste, pero no se atreve acercarse. —¡Ése es, seguro! —sonrió Miguel. El perrito se les unió y los acompañó hasta casa… —Quién lo diría, ¡vaya suerte ha tenido Lucía encontrando un marido tan apuesto, más joven, ¡y con piso propio y sin suegra! —bromeaban sus amigas en la boda. La madre de Lucía incluso lloró al oír a Miguel llamarla “mamá”. Él era huérfano de orfanato, sin familia alguna. Buen chico y sincero, lo principal era que se amaban y serían felices. El huerto puede esperar; hasta en eso Miguel se las arregla, todo le sale bien. De momento viven los tres: Lucía, Miguel y el perro Kuzma, que ya nunca los abandona. Pero pronto serán cuatro: Lucía y Miguel esperan una hija… Nunca debemos perder la esperanza, porque podríamos dejar pasar la oportunidad y no reconocer nuestra propia felicidad. La vida es maravillosa precisamente por su imprevisión…