Cartas de Otros: Descubriendo Historias Desconocidas

El termo es viejo, de acero, con la botella de vidrio bombada y el dragón que quedó borroso por los lavados frecuentes. Lo conserva desde los veranos en la casa de campo, cuando bajo el calor sofocante y el aroma a mermelada se reunían en la terraza los niños del barrio, atraídos por los pastelillos de cereza de la madre. ¿Por qué el termo y no la tetera? Mamá siempre dice que el té se mantiene más fuerte y caliente en el termo. A los niños no les importa; vienen por los pastelillos.

Dolores retuerce con delicadeza la tapa de hojalata, siguiendo el ruido de la rosca medio gastada, y llena la taza hasta el borde con un mancha azul pálida donde antes estuvo la flor de aciano. La taza, compañera del termo, lleva una cucharilla de níquel con rayones de clavo, que la pequeña Dolores intentó limpiar cuando tenía cinco años. Estos objetos, traídos de la casa de la aldea de San Martín, son para ella el puente que la une al pasado. SanMartín está a cien kilómetros de la ciudad, la infancia a tres décadas atrás

Dolores lleva a su escritorio una caja de cartas recién traídas por la encargada del turno y empieza a revisar sobres hasta que halla el correcto. La caligrafía familiar indica: Para Andrés Pérez, a la atención de (personalmente). Pero personalmente no es posible: primero el inspector Beltrán, su marido, debe leer el contenido y solo después la hoja llega a manos del destinatario. Dolores es la censora de las cartas de los internos.

Este raro oficio le llegó junto con su matrimonio tardío. Su esposo, Nicolás Pavón Beltrán, director del penal, hombre serio y metódico, no sabe cómo ocupar a su esposa nostálgica. En el pueblo, además del penal, solo hay la guardia civil y la oficina de correos. La escuela cerró; los hijos del personal se llevan al centro municipal en autobús. A Dolores le ofrecieron el puesto de profesora de castellano y un coche oficial, pero la salud no le permite aguantar los baches diarios. No tienen hijos. Tras medio año sin empleo, acepta leer composicionesno escolares, sino carcelarias. Al principio corrige errores por costumbre, pero pronto aprende a ignorarlos. Leer cartas ajenas resulta incómodo, como mirar por la cerradura, pero la rutina le adormece la culpa. Busca temas prohibidos, códigos cifrados, planes delictivos y, a veces, vulgaridades (en la correspondencia penitenciaria se prohibió la blasfemia justo cuando la literatura la aceptó). Filtra lo que considera sospechoso y lo remite al psicólogo del penal o a la unidad operativa. El trabajo se ha convertido en una distracción de los pensamientos insistentes. Sin embargo, un día le llega una carta extraña.

***

Esa mañana, tras una discusión con su marido por el café que se ha escapado, limpia sin decir palabra el charco de grasa de la estufa, vuelve a llenar el termo y, dejando el coche en la entrada, se dirige a pie al trabajo. El noviembre gris y sin nieve arrastra hojas secas sobre la nieve helada. Los restos temblorosos se agitan al viento, esperando su suerte. Al otro lado de la vía férrea, el bosque sin nieve parece endurecido. Hace frío; Dolores sabe que, vista la ropa, el cuerpo seguirá temblando. Lleva el termo bajo el brazo.

Tras saludar al guardia, Dolores cruza el control, sube la escalerilla resonante al segundo piso, abre la puerta del despacho enfriado de la noche y, tras la primera taza de té, se sumerge en su rutina. Entre las cartas lee que la esposa del interno Telégono recrimina a su marido por dinero oculto. Otra muestra a una hija que denuncia a su padrastro avaricioso. Una tercera, una novia a distancia, suplica a su cariño que aguante unos meses, sin saber que él tiene otras dos novias en distintas ciudades. Los escritos incluyen listados de objetos enviados, reproches de familiares enfermos, demandas de divorcio, avisos de embarazo, amenazas y promesas, planes de nueva vida tras la libertad.

Termina la taza y, con el mismo movimiento de un cuchillo bien afilado, abre otro sobre:

«Querido Andrés, hijo mío, te quiero y me siento orgullosa Sabes, actuaste como un hombre de verdad. Tu padre habría hecho lo mismo. Todos estamos en manos del destinotu fuerza fue fatal para el villano. Pero si hubieras pasado de largo, quizá habría muerto la chica que defendiste. Rezo por ti y pido a Dios que perdone tu pecado involuntario. Y tú reza, hijo».

Dolores se recuesta en el respaldo de la silla; nunca había visto una carta así. La dirección de regreso es SanMartín, no muy lejos de su aldea. Continúa leyendo, pero ya no como los demás.

«Hijo, he encontrado tu cuaderno y estoy pasando los primeros capítulos al ordenador. No es rápidomi vista falla y las manos se vuelven torpes. Confundo los botones. Pero lo conseguiré. Puedes enviarme el manuscrito por carta, está permitido. Yo lo transcribiré poco a poco. No te detengas, escribe. Este año pasará, la vida seguirá».

Dolores deja la carta. ¿Quién puede perdonar todos los pecados, incluso los mortales? Solo una madre que ama y Dios. Ella ya no tiene a quien perdonarsu madre falleció hace tres años. Tampoco tiene a quien perdonar ella misma

Seca los ojos secos y marca el número del psicólogo del penal.

Doctor Fedor, ¿tiene algo sobre Andrés Pérez del tercer pabellón?

Un momento, reviso se oyen teclas pulsadas. Solo una entrevista inicial. Andrés Pérez, nacido en 1970, artículo 109, condenado a un año. Llegó hace dos semanas. ¿Algo raro en las cartas? dice el psicólogo, preocupado.

No, nada titubea Dolores, sin saber qué justificar. Hable con Telégono, dejó a su esposa sin dinero.

Entendido, señora Dolores.

Desde ese día Dolores espera cartas. Pero los sobres vuelan solo en una dirección. La madre de Andrés le cuenta al hijo sobre Sonja, la hija adulta que lleva una vida independiente, pasa saludos de conocidos y comparte noticias de ancianos. Siempre termina con: «Te espero, hijo. Rezo por ti». Esa frase le rompe el corazón a Dolores, aunque ella la atribuye al cansancio y a los nervios, intentando ahogar la nostalgia con las tareas del hogar.

***

Los últimos días de noviembre se alargan sin nieve. Una noche, mientras cena, Dolores pregunta a su marido, medio ebrio por la abundancia:

Nicolás, ¿te meterías en la cárcel por mí?

¿Cómo? deja el tenedor. ¿Cometer un delito por mi mujer?

No es eso. Imagina que alguien te ataca en la calle, ¿me defenderías?

¿Y a quién quiero, anciana? le da una palmada en el hombro. ¿Qué hay de atracones? se pone serio.

Si tuviéramos una hija y la acosan los gamberros

¡Otra vez con tus cosas! le interrumpe. No tenemos hijos, basta. ¿Qué tal si conseguimos un gato?

¿Y el gato qué? se irrita Dolores. Me refiero a que, si alguien de la lista del artículo 109 fuera detenido

Tenemos dos internos con eso. ¿Y?

¿Entonces la nobleza se castiga? ¿Proteger al débil puede llevarte a la cárcel?

Solo a los que su nobleza acaba en muerte por accidente, dice Nicolás, levantando el dedo. ¿Por qué te interesa el código penal? ¿Vas a estudiar derecho? ¿O buscas instrucciones?

Ya basta, desestima Dolores mientras recoge los platos. Imagina que te sacas en mi defensa y matas a alguien sin querer.

¡Eres tonta, Dolores! Ni lo pienso. Ve a la teterase desploma en el sofá, agarra el control de la tele. ¿Qué miras? Haz el té en una tetera decente, no en ese termo anticuado.

***

A final de invierno la nieve escasa, casi espuma, cubre el suelo. En la mesa de Dolores reposa una carta de la madre de Andrés. Al abrirla se corta el dedo.

«Mamá, hola Perdona el silencio, no pude pensar. Tienes razón: el año pasará y la vida seguirápero ¿qué? Si a quien le importan mis escritos soy solo tú y yo. Sonja no los leerá. No la obligues a escribir, le pesa. No me rompas los ojos con el ordenador; simplemente guarda las cartas en la caja, que vendré a revisarlas. Te envío dos capítulos, no puedo añadir másel peso del sobre está limitado. No se escribe aquí».

Junto al papel había una pila de hojas delgadas, casi transparentes, repletas de notas diminutas. ¿Debía revisarlas según el protocolo? Dolores duda, pero decide no leerlas en su despacho oficial; vuelve a meterlas en el sobre, lo abre de nuevo y lo esconde en su bolso, esperando que pase un día sin que nadie note el retraso.

Así el interno Andrés gana su primer lector clandestino.

Dolores lee de noche, bajo la furia de un invierno que se desborda, encerrada en la cocina con una lámpara de rayón a cuadros. Sobre la mesa reposa el termo con tépor si Nicolás aparece, siempre puede culpar al resfriado. El resfriado sí lo tiene, pero su alma duele más, alterada por los escritos desconocidos.

La manuscrita de Andrés la absorbe. Relata su vida, incluido el hecho que lo llevó a prisión. El protagonista, Pedro Vasquez, es una ligera permutación de nombres que refuerza la autobiografía. La historia le quita el aliento, los pasajes descriptivos del entorno penitentario le parecen tan vividos que Dolores camina junto a él por la vía férrea, atraviesa el bosque y los casetas de la línea. Cuando Pedro vuelve a su infancia, Dolores recuerda sus veranos en la casa de campo, la tetera en la terraza y los pastelillos

El estilo de Andrés es claro, sin errores; la pluma roja que siempre lleva encendida sobre la hoja la mantiene enfocada. Cada vez que Dolores deja el manuscrito, ve la cicatriz en su dedo medio, recuerdo de su época como profesora. Se pregunta: «¿Se puede volver al pasado?», dice el personaje, «¿Tiene sentido lamentarse?». Dolores responde, reflexionando mientras mira el termo y la taza enfriada.

Al terminar los capítulos, vuelve a colocar las hojas en el sobre y al día siguiente las devuelve a la pila de correspondencia revisada. Espera con impaciencia la continuación.

Las semanas se suceden. El invierno pasa. Los primeros indicios de primavera aparecen como carámbanos húmedos en los rincones del penal, descritos primero en el manuscrito y después en la realidad. La narración se ramifica como un joven manzano. En una de las partes surge una nueva figura.

«Llega a casa cansada. Se quita el abrigo en el vestíbulo, se pone pantuflas sobre los pies helados. La casa está vacía, al igual que su alma»

¿Dolores, estás en casa? interrumpe Nicolás, rompiendo el silencio.

Sí.

¿Qué te pasa? Últimamente no pareces tú le dice, masticando un bocadillo de jamón. Bueno, calienta la cena.

Llevo años sin ser yo misma contesta Dolores suavemente, pero él ya se ha ido. Desde la habitación se oye el estruendo de un partido de fútbol.

***

El pensamiento de huir surge el veinte de abril, aniversario del fallecimiento de su madre. Por la mañana Dolores se dirige al centro municipal, primero a la iglesia y luego al mercado. La lleva Volodia, su chofer privado. Al mediodía vuelve al pueblo, pero a mitad de camino suena el móvil; Volodia recuerda una misión urgente de Nicolás. Regresan para recoger en la oficina de correos un paquete de cartas penitenciarias que el cartero suele entregar. Dolores siente un escalofrío: ¿la han descubierto?

Las cartas de Andrés ahora llegan dos veces por semana. La trama se intensifica. Un día Dolores deja una pila de hojas sobre la mesa de la cocina. Nicolás las ve. ¿Cómo explicará? Pero lo que le inquieta a Dolores no es eso. Cuando ella y Volodia descargan las bolsas de la compra, un perfume de lirios envuelve el aire. Un suave oleaje perfumado roza su mejilla y desaparece. Las pantuflas están al revés, la puerta del baño entreabierta y la toalla tirada en el suelo. Nicolás sale del cuarto, elegante, ajustándose la corbata del traje civil.

Lo han llamado a Semibratov, le comenta al conductor. Nos vamos.

Eres como una abeja, siempre trabajando dice, dándole un beso rápido. ¿Qué celebramos? pregunta, cargando la bolsa.

Cuatro años sin mi madre suelta Dolores, sintiendo el peso del silencio.

Vale, ya lo verás por la noche.

Cierra la puerta de entrada. Dolores, tanteando la pared, avanza hacia el dormitorio. La cama, cubierta con un edredón de satén, es lo suficientemente grande para dos extraños que duermen sin tocarse. En el cajón de la cómoda descubre una elegante horquilla con un fino hilo castaño enredado.

Todo sigue como siempre: miradas de compañeros, comentarios de los guardias, y ella, Dolores Beltrán, sigue sin percibirlos, creyendo estar por encima del chisme del penal. No siente rencor, celos ni amargura por su marido; pensar en una infidelidad le resulta repugnante y, al mismo tiempo, liberador, pues ahora tiene una excusa para escapar. ¿A dónde? Se pregunta, mirando por la ventana. El hogar está lejos, pero existe; la cárcel es aquí, un refugio temporal para los alejados del mundo.

Al día de la amnistía, el tablón del penal coloca la lista de los liberados. En ella, Dolores reconoce a Andrés Pérez. Su pena se reduce a un tercio; la fecha de salida es el 11 de junio. En unas semanas la historia concluirá. Dolores no duda; siente que el desenlace está cerca.

Regresa a casa con los nuevos capítulos en un sobre, apaga la luz y recorre el apartamento que ha habitado nueve años. La luz tenue proyecta sombras cansadas sobre los muebles, que parecen decoraciones de una vida ajena. Abre el armario; la ropa está oscura, como un ataúd de tela que lleva el peso de los recuerdos. Cierra la puerta y se dirige a la cocina a preparar la cena. No se irá hasta terminar el manuscrito de Andrés.

El último sobre llega un día antes de la liberación.

«Mamá, hola. Anunciaron amnistía, en tres días estaré en casa. Probablemente reciba esta carta yo mismo. No hace falta que me esperes» Dolores no lo termina de leer. Lo lleva a casa junto con los últimos capítulos.

El tiempo apremia. Ayer preparó una maleta y la escondió bajo la cama: solo ropa, unos libros, el termo y la taza. El billete a SanMartín está en la bolsa con los documentos y el salario de mayo. Con una nota, Dolores planea explicarle a Nicoláses más sencillo asíy dejará su renuncia en su escritorio.

La noche es larga; Nicolás no vuelve, alegando un viaje urgente a Barnaúl. El destino de Dolores está marcado.

Solo queda una cosa: terminar el manuscrito. Con manos temblorosas abre las hojas, pero están en blanco. Solo papel blancoDolores, con el corazón apretado y la mirada firme, decide dejar el termo, el pasado y el encierro atrás, y subir al tren que la llevará de regreso a SanMartín, donde la espera una nueva vida por escribir.

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