¿Por qué Kiril ya no le dice a su mujer qué le apetece cenar?

Querido diario,

Esta mañana, al despedirme de Begoña para ir al trabajo, le pregunté sin rodeos: «¿Qué te apetece que prepare para cenar?»
Pensaba sorprenderte con algo que yo elija respondió ella con indiferencia. Pero si prefieres que sea algo concreto, dime.

Yo, con un tono que intentaba ser serio, contesté: «No se trata de que quieras o no quieras. El simple hecho de preguntar ya importa. ¿Te cuesta preguntar? ¿No te resulta interesante?».
Begoña, sin apenas alzar una ceja, replicó: «Para serte sincera, no me interesa en absoluto. No veo nada interesante en ello».
Yo, intentando animarme, exclamé: «¡Vaya! Ya no lo haces como antes. Antes sí preguntabas, antes te parecía importante».

Begoña se quedó pensativa.
«Vaya, sí, antes lo hacía», reflexioné en mi cabeza. «Se ha vuelto incómodo, pero tengo que preguntar de todas formas».

Entonces, ¿qué quieres para cenar? le lancé.

Una sonrisa burlona se dibujó en mis labios. Pensé: «Voy a ceder un poco, no quiero ser pesado ni quisquilloso. La vida en pareja se basa en concesiones, en saber perdonar y ser comprensivo. No quiero ser un tirano».

Vale, dije con cierto desdén, quiero albóndigas.
¿De qué carne? preguntó Begoña. ¿De cerdo, de cordero o de ternera? ¿Quieres que sean de pescado?
Cualquier cosa, menos de pescado replicó mi voz, irritado. ¿Te estás burlando? Desde pequeño detesto las albóndigas de pescado.

Begoña se quedó en blanco un momento y luego murmuró: «¡Qué despiste! Hace tiempo que me cuenta cómo se ahogó con esas albóndigas en el cole. Ya basta de esas historias del infante que odiaba el pescado».

¿Y de guarnición? siguió ella. ¿Patatas, pasta o arroz? ¿Quizá un poco de trigo?
Fríe las patatas, me dije. Pero solo fríelas, no las cocines a fuego lento; que queden crujientes.

Como quieras, amor respondió ella, aliviada. Las dejaré bien doradas.
No es yo quien debe preocuparse aseguré con firmeza. Tú deberías preocuparte tú.

Pensé: «¿Qué he hecho? ¿Pretendo demostrar superioridad? He sido demasiado brusco, pero aún me falta pulir mi carácter para ser un verdadero caballero».

Si no te importa, cariño, suavicé mi voz, prepara una ensalada de tomate y pepino, por favor.
Claro, mi vida contestó Begoña, dulcísima. Con ajo y eneldo, como te gusta.
Y con un poco de nata agria.
También con nata.
Y las patatas, dales también un toque de eneldo y cebolla.

Todo quedará como lo deseas, querido afirmó ella con una sonrisa.

Al despedirme con un abrazo, salí del apartamento, pero en el trayecto al despacho me rondaba la sensación de que algo había cambiado entre nosotros, sin saber exactamente qué. En la oficina, el día se me escapó entre distracciones, con la mente pegada a la extraña actitud de Begoña.

«Mañana hablaré con ella con claridad», me dije. «Quizá le haya molestado algo sin que yo lo note».

A la hora de la comida, me encontré picando despacio las albóndigas, las patatas y la ensalada, mientras observaba a mi esposa devorar un pollo asado con salsa de tomate, guiñándome el ojo con una sonrisa.

Oye, le interpellé, ¿por qué comes pollo y no nuestras albóndigas?
Es que me entró antojo de pollo asado explicó Begoña entre bocado. Cuando hablaste de albóndigas pensé en no quererlas y opté por el pollo con ajo, está de rechupete. ¿Te disgusta?
No, es que yo imaginaba que compartiríamos las albóndigas.

Begoña se quedó pensativa: «Pensé que sólo comería esas albóndigas malas. ¿Cómo llegó a suponer eso?».

Disculpa dijo entre bocados de pollo. Quise que todos estuviéramos contentos. Tú comes lo que te apetece y yo lo que a mí me gusta. ¿No es genial?
Curioso murmuré. ¿Puedo probar tu pollo? Me está dando hambre verte así.
No contestó ella. Lo guardé para mí. Las albóndigas son tuyas, al igual que la ensalada y las patatas. Disfruta, cariño.

Pero aún tienes una pierna de pollo asada señalé. Yo compartiría mis albóndigas.
Esa es mía replicó ella, sosteniendo dos piezas doradas. No quiero albóndigas. Come las tuyas.

Yo seguí comiendo mis albóndigas, mirando con envidia cómo Begoña se tragaba la segunda pierna de pollo, tan jugosa que casi me quedaba la comida atorada en la garganta.

Le he dejado el pollo un toque más crujiente comentó Begoña. Así se hace, ¿no?
Lo imagino respondí en voz baja, sonriendo tonto mientras terminaba el último bocado.

Al día siguiente, antes de salir, Begoña me preguntó de nuevo:
¿Qué quieres que prepare para cenar, mi vida?
Pollo asado contesté con seguridad. Lo soñé anoche, hazlo como lo hiciste antes, sin acompañamiento, solo con salsa de tomate.
De acuerdo, cariño dijo ella.

Durante la cena, comí el pollo sin mucho apetito, pues Begoña, frente a mí, devoraba un guiso de cordero.

Es más sabroso cuando está caliente exclamó ella, feliz. Desde pequeña me encanta el guiso de cordero.

Durante toda la semana, Begoña me sorprendía con platos distintos: ayer, por ejemplo, se aventuró con una dorada frita.

Yo también quiero dorada frita me quejé.
¿Por qué no lo dijiste esta mañana? se asombró. Tenía preparadas unas chuletas para ti.
No sabía que quería dorada respondí. Al menos avísame.
Yo tampoco sabía lo que me apetecería replicó. Dame un poco de dorada.
No dijo firmemente. ¿Qué voy a comer entonces? ¿Tus chuletas? No, gracias.

A la mañana siguiente, al acompañar a Begoña a la puerta, le pregunté otra vez qué quería para la cena. Me negó con la cabeza.

No, cariño contestó. Ya no quiero que prepares nada más. Basta de juegos. Si tú vas a cocinar, hazlo para ti también y ponlo abundante.

Desde aquel día, dejé de decirle a Begoña qué deseo cenar.

Así concluye mi día, y mi reflexión sobre cómo, a veces, las pequeñas preguntas pueden convertirse en grandes desencuentros.

Hasta mañana.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

9 + 7 =

¿Por qué Kiril ya no le dice a su mujer qué le apetece cenar?
«La camarera dijo: “Mi madre tiene el mismo anillo”. — El millonario la miró y se quedó paralizado»