Nunca amé a mi esposa y se lo confesé en numerosas ocasiones. No era su culpa: llevábamos una vida bastante acomodada.

Nunca amé a mi esposa y se lo repetí en varias ocasiones. No era su culpa; vivíamos bastante bien.
Ella jamás hacía escándalos, nunca me culpaba de nada; siempre fue amable y cariñosa. Sin embargo, el problema persistía: no había amor.
Cada amanecer despertaba con el deseo de marcharme. Soñaba con encontrar a una mujer a quien pudiera amar de verdad. Jamás imaginé que el destino daría un vuelco tan inesperado.
Con Clara me sentía a gusto. No solo mantenía la casa impecable, sino que también era fascinante. Mis amigos me envidiaban y no comprendían cómo había tenido tanta suerte con mi esposa.
Ni yo entendía qué había hecho para merecer su cariño. Soy un hombre corriente, sin nada especial que me destaque. Y aun así, ella me amaba ¿Cómo podía ser?
Su amor y dedicación no me dejaban tranquilo. Lo que más me torturaba era la idea de que, si me fuera, otro ocuparía mi sitio. Alguien más rico, más atractivo, más exitoso.
Al imaginarla con otro hombre, sentía que perdería la razón. Era mía, aunque jamás la hubiera amado. Ese sentimiento de posesión superaba a la razón. Pero, ¿se puede vivir toda la vida con alguien a quien no se ama? Creí que sí, pero estaba equivocado.
Mañana le diré todo pensé mientras me acostaba. A la mañana siguiente, durante el desayuno, reuní valor.
Clara, siéntate, tengo que hablar contigo.
Claro, dime, cariño.
Imagina que nos divorciamos. Me voy y vivimos separados
Clara soltó una risa:
¿Qué ideas más extrañas? ¿Es una broma?
Escucha hasta el final. Es serio.
De acuerdo, imagino. ¿Y después?
Responde con sinceridad: ¿buscarías a alguien más si me marcho?
Alejandro, ¿qué te pasa? ¿Por qué hablas de irte?
Porque no te amo y nunca lo he hecho.
¿Qué? ¿Es una broma? No entiendo.
Quiero irme, pero no puedo. La idea de que estés con otro me atormenta.
Clara reflexionó un momento y contestó calmada:
No hallaré a nadie mejor que tú, así que no te preocupes. Vete, no estaré con nadie más.
¿Lo prometes?
Por supuesto me aseguró Clara.
Espera, ¿a dónde debería ir?
¿No tienes a dónde?
No, hemos estado juntos toda la vida. Probablemente tendré que quedarme cerca de ti dije, triste.
No te preocupes respondió Clara. Tras el divorcio, cambiaremos a dos pisos más pequeños.
¿En serio? No esperaba eso. ¿Por qué lo haces?
Porque te quiero. Cuando amas a alguien, no puedes retenerlo contra su voluntad.
Pasaron unos meses y nos divorciamos. Poco después descubrí que Clara no había cumplido su promesa. Halló a otro hombre y los pisos que heredó de su abuela jamás los quiso compartir. Me quedé sin nada.
¿Cómo puedo confiar en las mujeres ahora? No lo sé.
¿Qué opinan del comportamiento de Alejandro?

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Nunca amé a mi esposa y se lo confesé en numerosas ocasiones. No era su culpa: llevábamos una vida bastante acomodada.
La receta de la felicidad… Todo el portal observaba cómo se mudaban los nuevos inquilinos al segundo piso. Era la familia del jefe de sección de la fábrica, pilar industrial en un pequeño pueblo de la España profunda. —¿Pero qué hacen viviendo en un piso antiguo? —preguntaba Nina Andréevna, jubilada, a sus amigas—. Con los contactos que tienen, fijo que podrían haberse agenciado uno en esas casas nuevas. —No seas así, mamá —le respondía su hija Anica, soltera treintañera de maquillaje vistoso—. ¿Para qué querrían ellos un piso nuevo, si aquí tenemos toda una “finca de época”, techos altos, habitaciones amplias separadas, gran recibidor y hasta la terraza parece una habitación… Y les han puesto el teléfono en seguida. Aquí sólo hay tres teléfonos entre nueve pisos… —A ti sólo te interesa estar hablando por teléfono —le cortó su madre—. Vas a acabar cansando a las vecinas. Ni se te ocurra ir con esa gente, que son serios y están ocupados… —Tampoco tan serios, mamá. Son jóvenes, tienen una niña de unos nueve, Natalia. A ella casi la doblo en edad, y a los padres sólo me llevan unos cinco años… Los vecinos resultaron ser amables y siempre sonrientes. Lidia trabajaba en la biblioteca del colegio, e Iván llevaba diez años ya en la fábrica. Todo esto lo contaba Anica cuando por las tardes bajaba a sentarse en el banco con las vecinas y su madre. —¿Y tú cómo sabes ya tanto? —le decían las mujeres—. ¡Ah, esta chica es una investigadora! —Voy a llamar por teléfono a su casa —decía Anica medio en broma—. Ellos, a diferencia de otras, sí me lo permiten —y lanzaba una mirada insinuante a su madre. Total, que Anica, aficionada al chisme y a las llamadas, cada vez frecuentaba más la casa de los nuevos, hasta acomodarse en sus conversaciones y sus tardes. Venía a veces bien arreglada, a veces en bata, buscando amistad con el matrimonio. Un día vio cómo Iván, apenas entró ella para llamar, cerraba la puerta del salón donde veía la tele. Luego se repitió. Anica sonreía a Lidia después de cada llamada, pero ella siempre sólo respondía con una inclinación de cabeza y le pedía que cerrara la puerta al salir. —No puedo ahora, tengo las manos llenas de harina —decía Lidia—, además, la puerta se cierra sola, es de esas francesas. —¿Y qué estás preparando? ¿Otra vez pasteles? Siempre estáis con los dulces… Yo no tengo ni idea de eso —se lamentaba Anica. —Hoy tocan “quesadas” —respondía Lidia sonriendo—, para el desayuno. Pero por la mañana no hay tiempo para hornear, por eso las hago ahora. A Anica le daba rabia no poder ser mejor recibida. —Mira, Lidia, entiendo que te cueste decirle a Anica que no, pero nuestro teléfono está siempre ocupado por ella, y mis amigos nunca consiguen llamarnos en la tarde. Así no se puede —le confesó Iván una vez a su esposa. —Ya, se está tomando mucha confianza. Ya entra como si fuese su casa… —admitió Lidia. Pero esa noche, Anica volvió, esta vez elegante y maquillada. Se sentó en el recibidor y se puso a charlar con su amiga. —Anica, ¿vas a terminar la llamada pronto? Esperamos una —le dijo Lidia después de diez minutos. Ella asintió, pero enseguida sacó una tableta de chocolate del bolso: —¡He traído algo dulce! ¡Vamos a tomar té y celebramos nuestra amistad! Fue a la cocina y dejó el chocolate sobre la mesa. —No, por favor. Guárdalo. Si Natalia lo ve se le antoja, y no puede tomar dulce. Tiene alergia. Así que el té tendrá que esperar. No te ofendas, pero el chocolate, en mi familia, es tabú. —¿Tabú? Bueno, como queráis. Yo sólo quería agradar —musitó Anica. —No hace falta agradecernos, pero te agradecería que dejes de venir a llamar tan seguido. Salvo si es para emergencias, para el médico o los bomberos. Eso nunca lo negaremos. Sin rencores —insistió Lidia—. Mi marido recibe llamadas del trabajo, y Natalia necesita concentrarse en los deberes. Aquí procuramos no hacer ruido. Anica cogió el chocolate y se fue, convencida de que todo era por celos de Lidia. —Lo que pasa es que es celosa. Sabe que soy más joven y, bueno, resultona —le contaba a su madre—. Quería que fuésemos amigas y ni un té me ofreció. —Eres terca, hija. Nadie te necesita metida en otra familia, ni mucho menos usando su teléfono. Ya tienes edad para vivir tu vida y que tus vecinas llamen a tu teléfono —le reñía la madre. El último intento de acercamiento fue, un día, pedirle la receta de las quesadas. —¿Me pasas la receta para aprender yo también? La apunto y ya pruebo esta tarde… —Pregúntale a tu madre, seguro que se la sabe. Las madres de antes cocinaban de todo —respondió Lidia, sorprendida—. Además, yo las hago “a ojo”, sin medidas concretas. Ya me sale sola la mano, y ahora me tengo que ir corriendo. Así que, mejor a la madre. Anica se sonrojó, sabedora de que su madre tenía una libreta vieja llena de recetas de cuando cocinaba a menudo. Pero a Anica no le gustaba ni hornear ni que su madre la viese en la cocina. Esta última, además, había dejado de hacer repostería por la tensión alta. Sin embargo, Anica sacó la libreta y, hojeando sin ganas, halló la receta de quesadas que buscaba, para sorpresa de su madre. —¿En serio vas a hornear algo? —se sorprendió Nina. —¿Por qué te parece raro? —contestó cerrando la libreta y señalando la hoja. —¿Vas a arreglarte con Slavik? Pensaba que lo habíais dejado como los demás… —Bueno, igual me vuelvo a arreglar si me da la gana… —Hazlo, hija, que ya es hora. Y si necesitas ayuda con la receta, dímelo. —No hace falta. Estoy mentalizándome —contestó Anica. Poco después, cuando la madre llegó a casa le llegó el aroma de la repostería. —¡Esto es nuevo, huele a pastel! —exclamó—. No me digas que te has enamorado… —No lo digas tan alto, mamá. Ven a probarlas y opina, ¿vale? Son quesadas con requesón, tradicionales. En la mesa, té recién hecho y una bandeja de quesadas doradas. —No está mal, hija mía. Pensé que no sabías, pero te han salido genial. —¿En serio? ¿Me lo dices de verdad o sólo para animarme? —Prueba tú misma. ¡Están buenísimas! Anica recordó entonces algo que solía decir su padre: “eso es comestible, y lo demás, cuentos”. —Pues ahora invitaré a Slavik a tomar el té. A ver si le gustan. —Seguro que sí. A tu padre lo conquisté yo con estas quesadas, y de ahí al altar. Al poco tiempo Slavik empezó a frecuentar la casa, cada vez discutían menos, y también la madre acabó por acostumbrarse a que la hija usara la cocina y Slavik la ayudara entre risas. Cuando un día Anica anunció que se casaban y ya habían llevado los papeles al registro, la madre no pudo evitar emocionarse. Anica cambió. Adelgazó pensando en la boda, y Slavik bromeaba: —¿Ya no horneas quesadas? ¿Para la boda harás alguna? Los preparativos duraron dos días, y ayudaron la madre y una tía de Anica, aunque sólo venían unos veinte invitados, la mayoría familia. Los recién casados vivieron en la habitación grande del piso. Al año, ya todos los vecinos tenían teléfono. Anica llamaba a todas, pero hablaba menos que antes: —¡Ay, Rita, te dejo, que tengo el horno y Slavik viene ya de trabajar! Corría a la cocina, donde la masa subía hinchada. Anica esperaba su baja maternal con ilusión, mientras seguía cocinando y horneando, deseando agradar a su marido, y también porque le encantaban las quesadas de requesón, caseras, riquísimas. ¡Y su esposo no podía vivir sin ellas!