Matrimonio de conveniencia.

Matrimonio de mentira.

En mi sueño, tenía un matrimonio de mentira con Leonardo.
Resulta que a Leonardo le hacía falta casarse para subir en su empresa, una multinacional dirigida por Don Gonzalo García Castellanos, un patriarca venerado por su inmenso clan familiar. Don Gonzalo presume de sus seis hijas, seis yernos, y la docena larga de nietos correteando por su casona en el Retiro. Para él, “soltero” suena peor que “maloliente”. Si no tienes pareja, da igual tu talento, para él eres poco más que un bulto desubicado.

Cuando Leonardo por fin vio el cuadro entero, entendió que, si quería avanzar, necesitaba un matrimonio formal. Así que, después de mucho darle vueltas, se atrevió a proponerme el asunto. Para él no había riesgo, porque éramos amigos desde parvulitos y nuestras madres compartían tertulias, meriendas y bastidores de costura cada jueves. Leonardo siempre me salvaba en los exámenes de matemáticas, mientras yo arreglaba sus redacciones echándoles un buen puñado de comas y tildes. Nos conocíamos como nadie, sabía que yo no tenía nada de aprovechada, que al divorciarnos jamás intentaría quedarme con su piso en Chamberí ni con sus ahorros en euros ni con su colección de libros antiguos.

Yo acepté de inmediato. En esos días recién había terminado con mi chico tras tres años de amor y estaba cayendo en una melancolía espesa. Necesitaba distraerme, no hundirme. Además, quería darle en las narices a mi ex: “¿Ves? Me casé con alguien interesante, con un puesto prometedor, un coche impresionante y un piso amplio, no cualquier cosa, chato”. Y confieso que me picaba presumir ante mis amigas, demostrarles que yo seguía en plena forma.

Total, nuestros intereses encajaron de maravilla y nos plantamos en el registro civil de Salamanca, sin flores ni confeti, sin orquesta ni testigos ni palomas volando. Nada de vestido nupcial, ni velo, ni traje oscuro. Ni siquiera día festivo: a media mañana, nos escapamos del trabajo, firmamos y punto. Eso sí, nos pusimos los anillos. Por el ambiente, lo llamábamos “el pacto dorado”.

Decidí probar un cambio de apellido: Gutiérrez sonaba más distinguido que simplemente Ruiz.
Y funcionó todo tal como esperábamos.
Al mes, Leonardo fue ascendido a director de departamento. Muy merecido, por cierto.
Yo subí de nivel en el universo de mis amigas y mi familia. Mi momento favorito fue recibir de mi ex varios mensajes: “Te deseo suerte, aunque tenía la esperanza de que lo nuestro continuara”. ¡Ya ves! Quien no cuida, pierde y luego llora. Ahora que se aguante.

El invento de nuestro matrimonio superó nuestras previsiones.

Y, por cierto, empecé a vivir una temporada en casa de Leonardo. Él mismo lo sugirió para mayor credibilidad.

Sábado por la mañana.
En mi cocina soñada preparo el desayuno: tortilla francesa, queso manchego, café con leche espumoso. Leonardo adora desayunar fuerte antes del caos diario.
Observo por la ventana. Comienza un día de abril prodigioso en Madrid, todo azul y sol tibio.
La primavera es mi estación favorita.
Mil cosas me esperan: visitar a mi madre en Vallecas, limpiar la casa, poner la lavadora, idear el menú del mediodía a lo mejor unos filetes empanados, cocido madrileño, una pizza casera o una ensalada César. Mi mente da vueltas entre las tareas domésticas, como si mi boca estuviera repleta de preocupaciones de dueña de su casa.

Es curioso. Leonardo y yo llevamos trece años soñando este matrimonio de mentira y nuestras vidas han florecido de maneras desconcertantes y poéticas. Nuestra hija Marisol este año empieza primaria, y nuestro hijo Pepito termina quinto, siempre con sobresaliente tal cual Leonardo, listo y auténtico.

Aunque siempre recordaré, con una media sonrisa, que mi marido sólo lo es de mentira. Y así, la lógica de los sueños continúa, derritiendo las fronteras entre el hacer y el fingir, entre el querer y el tener.

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