Sin mí, no habrías alcanzado nada

Sin mí no lograrías nada le dice Ana a Celia mientras frota su nuca, recostada en el respaldo de la silla del café de la Plaza Mayor. ¿Sabes, Celia, últimamente tengo pocos clientes? añade, mirando su taza de café con leche. ¿Acaso me arrepiento de haber dejado la oficina?

Entonces vuelve contesta Celia, revolviendo su capuchino sin prisa. Allí te recibirán con los brazos abiertos.

Ana frunce el ceño y sacude la cabeza.

Mejor por mi cuenta que bajo el control constante del jefe. Sólo necesito darme a conocer mejor.

Durante los últimos seis meses Ana vierte toda su energía en el negocio de la fotografía. Monta un portafolio, abre una página en redes sociales y publica sus trabajos con regularidad. Los clientes aparecen, pero de forma irregular: una semana está colmada de sesiones, la siguiente solo el viento sopla en sus bolsillos. Ana sabe que le hacen falta tiempo, paciencia y mucho esfuerzo.

Celia trabaja como asesora en una gran tienda de electrónica en el centro de Madrid. Sociable, con una ligera sonrisa y la capacidad de conversar de todo, consigue conectar rápido con los compradores. Cuando la charla llega a fiestas familiares o celebraciones próximas, Celia menciona de paso a su amiga fotógrafa. Un par de veces, gracias a eso, Ana recibe encargos nada enorme, pero siempre bien recibido.

¿Te acuerdas de la pareja familiar que vino la semana pasada? comenta Celia, sorbiendo su café y entrecerrando los ojos. Fue a ti a quien envié para la sesión de niños.

Ah, sí, sí asiente Ana. Gracias, por cierto. Son gente muy amable, el niño es una monada.

No hay de qué dice Celia, agitando la mano. Pero, en teoría, podrías haberme dejado una parte.

Ana se queda con la taza a medio camino de los labios.

¿Qué?

Es lógico, dice Celia encogiéndose de hombros. Yo traigo clientes, tú haces las fotos. Entonces somos socias.

Ana la mira un segundo, tratando de averiguar si bromea. Luego suelta una risa.

A veces tu humor me asusta.

Vamos, sonríe Celia. Solo pienso en voz alta.

La conversación pasa a series de televisión, conocidos en común y planes para el fin de semana. Ana pronto olvida el extraño comentario; Celia simplemente había hecho una broma torpe.

Los meses se convierten en una sucesión de sesiones. Ana dispara fotos familiares en parques, cumpleaños infantiles en salas de juegos y retratos corporativos para currículos. Publica avisos en portales, negocia colaboraciones con organizadores de eventos y pide reseñas a sus clientes. La cartera de clientes crece despacio, pero con paso firme.

Celia sigue insinuando su «aporte». De vez en cuando suelta: «Sin mí estarías sin trabajo», o con falsa indignación: «Te he enviado a tanta gente y ni siquiera me lo agradeces». Ana la hace caso. A Celia le gusta exagerar su papel en los éxitos ajenos; es parte de su carácter, nada más. Claro, ella sí ha traído algunos clientes, pero Ana también podría seguir adelante sin ella.

Una tarde, Ana llega a casa de Celia. Esta luce pálida, con ojeras bajo los ojos. Mientras toman té, Celia suelta:

Ya basta. No puedo más.

¿Qué pasa? levanta Ana la vista del móvil, donde edita fotos.

Renuncio, se frota la cara con las manos. Estoy harta de esta tienda. Los clientes siempre insatisfechos, la dirección me oprime y el horario es insoportable. Ya no aguanto.

¿En serio? deja el teléfono a un lado. ¿Y luego qué harás?

No lo sé aún, se encoge Celia de hombros. Tomaré un descanso, reflexionaré. Quiero buscar algo mejor, quizá una oficina o cambiar de sector. Por ahora, nada concreto.

Es una decisión valiente asiente Ana. Si estás segura, te deseo suerte.

Las semanas siguientes Celia pasa los días relajada. Se reúne con amigas, recorre tiendas y publica en Instagram fotos con leyendas como «merecido descanso» y «por fin vivo para mí». No sube su currículum a portales ni asiste a entrevistas. Cuando Ana le pregunta por la búsqueda de empleo, Celia responde evasiva: Estoy observando, todavía no encuentro nada interesante, no hay prisa.

Un mes después el tono cambia. Celia comienza a quejarse:

Malditas esas deudas, dice, apuntando al móvil con irritación. Ya es la tercera vez que el banco me llama por retrasos.

¿No habías pensado en ocupar un trabajo temporal mientras buscas algo mejor? sugiere Ana con cautela.

No hay nada decente, se queja Celia. O pagan poco, o los requisitos son imposibles. No aceptaré cualquier puesto; tengo experiencia y estudios.

Ana guarda silencio. Discutir sería inútil; Celía siempre hallará una excusa. Parecía esperar un milagro: o una oferta perfecta caerá del cielo, o el dinero aparecerá solo.

Mientras tanto, Ana sigue trabajando a marchas forzadas. Acaba de fotografiar una boda fastuosa. Los novios son amables y agradecidos; la novia había acordado todos los detalles con antelación, y el novio apoyaba cualquier idea. La sesión ocupa todo el día: preparativos, ceremonia y banquete. Exhausta, Ana vuelve a casa satisfecha. El proceso de edición le lleva varios días. Además, la pareja encarga un montaje de vídeo corto con los mejores momentos. Ana recibe un pago justo que cubre sus gastos durante el próximo mes.

Esa noche su móvil vibra. Es Celia.

Hola suena la voz de su amiga, formal. Necesitamos hablar.

¿De qué? sigue Ana, sin dejar de retocar la última sesión.

¿Recuerdas la boda que fotografiaste la semana pasada?

Sí, la hice. ¿Qué ocurre?

Resulta que la novia era una clienta de la tienda; le vendí la cámara hace cinco meses y le hablé de ti.

Ana frunce el ceño. La novia la encontró en redes sociales, lo cual era evidente; había mencionado que buscaba fotógrafa, revisó varios portafolios y la eligió a ella.

Celia, ella me encontró en Instagram.

Entonces, resopla Celia, irritada. Yo le hablé de ti, ella te buscó y ahora quiero mi parte: diez mil euros.

Ana se queda sin palabras.

¿Estás bromeando?

No, no es broma. Te ayudé, ahora quiero mi parte.

Celia, ¿estás en tu sano juicio? intenta mantener la calma Ana. Solo mencionaste mi nombre hace meses. Eso no te convierte en socia de mi negocio.

Lo hace, insiste Celia, obstinada. Sin mi recomendación no te habría encontrado.

Sin mi recomendación habría buscado otro fotógrafo, replica Ana, cada vez más enfadada. Mi ingreso depende de mi trabajo, mis habilidades y mi esfuerzo. Tú no tienes nada que ver.

¿Así que ahora no sirvo? la voz de Celia se vuelve gélida. Cuando me faltaban clientes me quejaba, cuando te mandaba gente estaba contenta. ¿Y ahora, cuando el dinero llega, ya no me necesitas?

Celia, esto es una locura, dice Ana, frotándose la sien. Entiendo tus problemas financieros, pero no es razón para exigirme dinero por un favor inexistente. Renunciaste al trabajo, no buscas empleo y ahora intentas sacarme dinero.

Una verdadera amiga ayudaría, reprocha Celia con tono herido. No te pido que me mantengas, solo lo que me corresponde.

No has ganado nada, responde Ana con firmeza. Mencionaste mi nombre un par de veces, eso no es trabajo ni aporte. Es una simple amistad que no requiere pago.

Qué avaricia, se ríe Celia con sarcasmo. Creías que eras diferente. Ahora te llevas el dinero y olvidas a quien te apoyó.

¿Apoyó? se indigna Ana. Sólo dijiste a unos cuantos que conocías a una fotógrafa. Yo invierto tiempo, dinero y energía en mi negocio: estudio, compro equipos, edito hasta altas horas. ¿Y tú? ¿Qué hacías? Ver series en el sofá.

¿Te crees tan exitosa? le escupe Celia por el teléfono. Sin mí no habrías llegado a nada.

Sabes qué, Celia, exhala Ana, cansada. Tengo suficiente con escuchar tus reclamos. Resuelve tus deudas, busca trabajo, actúa como adulta y no exijas lo que no es tuyo.

Ya no eres mi amiga grita Celia antes de colgar.

Ana se queda unos minutos con el móvil en la mano, aturdida. La exigencia de dinero por solo haber mencionado su nombre resulta absurda, casi un chantaje. Decide abrir el mensajero y bloquear a Celia. Luego, en redes, la elimina, añade su número a la lista negra. Sin despedidas, sin explicaciones, la corta de su vida con un solo gesto.

Se recuesta en el sofá y cierra los ojos. ¿Cuántas veces ha tolerado esas insinuaciones, esas extrañas promesas de ganancias conjuntas? ¿Cuántas veces ha ignorado comentarios tóxicos, justificándolos en la personalidad de su amiga? Desde el principio ondeaban banderas rojas; bastaba con prestar atención.

Los verdaderos amigos no exigen nada por una ayuda. No manipulan con culpa para cobrar. No se autodenominan socios sin aportar. Los auténticos amigos se alegran con tus logros, te apoyan en los tropiezos y no esperan compensación económica.

Ana abre los ojos y mira la pantalla del ordenador, donde espera la última foto sin editar. Tiene que seguir trabajando, buscar nuevos clientes, perfeccionar su técnica. Lo más importante: rodearse de personas que no midan la amistad en euros.

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