¡Eres mi cristalito, amor mío!

31 de octubre de 2024

Hoy me he sentado a escribir, porque la vida se ha convertido en una sucesión de momentos que parece desvanecerse antes de que pueda asimilarlos.

Mi esposo, Gregorio, es conductor de camiones de larga distancia. Durante cinco años ha girado el volante entre Madrid y Bilbao, cruzando la autopista del norte con la misma rutina: una foto mía pegada al parabrisas, la emisora “Los 40 Principales” retumbando por los altavoces, un café fuerte dentro del termo y, sobre todo, el olor cálido del pañuelo de lana que mi madre me tejió cuando era niña; el apretón firme de mi padre antes de cada salida y la certeza de que en casa nos esperan con cariño.

Una mañana, el camión no volvió. Días después, una llamada me informó que Gregorio estaba en el hospital de Zaragoza. Un camión de la empresa rival perdió el control en una curva y chocó contra el nuestro; ambos vehículos se volcaron de lado. El conductor del otro camión se escapó con una simple amenza de ¡Qué susto!, mientras que Gregorio sufrió una grave lesión craneal. La parte del cerebro que alberga la memoria resultó dañada. No lo había perdido todo: sus brazos, piernas y su voz siguen intactos, pero los recuerdos de su nombre, de su familia y de lo ocurrido se le escaparon. Cuando sus seres queridos entraron en la sala, él los miró como a extraños. Los médicos no pudieron ofrecerme un pronóstico optimista; la neurociencia sigue sin comprender completamente los misterios del cerebro, y al final todo depende de la voluntad de Dios.

Al ser dado de alta, la realidad resultó mucho más dura de lo que imaginaba. No solo había olvidado su pasado, sino que su memoria a corto plazo también lo traicionaba. No recordaba lo que había sucedido tres horas antes y había perdido habilidades cotidianas: no sabía calentar la comida en la placa ni salir a dar una vuelta por sí mismo. Temía que no encontrara el camino de regreso a casa. Afortunadamente, su inteligencia, su voluntad y sus emociones permanecieron; solo la memoria se había desvanecido, y con el tiempo quizá volvería.

Yo estaba embarazada y, tras enterarme del accidente, inicié mi permiso de maternidad para dedicarme completamente a él. Las noches me encontraban llorando, recordando cómo Gregorio, antes de que naciera nuestra hija, me traía juguetes de cada viaje, pensando ya en el futuro de la pequeña que aún no había visto la luz.

¿Por qué, Gregorio? sollozaba yo, aún no es el momento. Dicen que no se deben comprar cosas antes de tiempo, que eso trae mala suerte.

¡Qué supersticiones, mi vida! respondía él, dándome un giro y abrazándome. Quiero que nuestra niña, al entrar en su habitación, se llene de alegría. Que haya juguetes por todas partes, un mar de juguetes que la haga sonreír.

Yo mismo organizaba los juguetes en estantes, los colocaba en el alféizar y los colgaba sobre la cuna. Cuando nos dieron el alta, la enfermera de turno me entregó un pequeño osito de peluche.

¿Te llevas un talismán contigo? me preguntó, incrédula, sin entender por qué un hombre adulto necesitaba un juguete en la carretera.

Sí, ahora es mi talismán respondí, y el osito quedó en la mesita de noche de Gregorio, no en la de la niña.

Paseábamos juntos por el parque, nos reíamos y nos helábamos con un helado. Los demás nos veían como una pareja feliz que pronto tendría un hijo. Pero, tras una siesta tras el paseo, Gregorio ya no recordaba nada de la caminata ni de que yo estaba embarazada. Cada día me tocaba volver a explicarle que era su esposa, que una niña estaba por nacer y que sus padres nos apoyaban en todo momento.

Un día, mi suegro, Antonio, me llamó a la cocina, cerró la puerta y me dijo:

Dolores, entenderemos si decides alejarte de Gregorio. Eres joven, bonita, la vida te espera. Pero piensa bien: en un año o dos podrías odiarlo. Es una carga pesada, y si su memoria no vuelve, ¿qué futuro tiene? No te preocupes por la nieta; la queremos, la cuidaremos, la llamaremos nuestra pequeña sangre.

Sentí cómo el cólera, el cansancio y la desilusión se mezclaban en mi interior. Sin embargo, respiré hondo, sonreí y asentí. Antonio, con la mano en mi hombro, me susurró:

No te rindas, hija. Somos fuertes, aunque el bebé pese cero.

Yo, de pequeña, siempre fui delgada y baja; Gregorio, a mi lado, parecía un gigante. Cuando lo presenté a mis padres, se quedaron boquiabiertos, pero pronto me preguntaron:

¿Dónde encontraste a una cristalina así?

Me gané su cariño al instante: era una joven amable, algo tímida y, sobre todo, cálida con mis padres. Desde entonces, Gregorio me llama cristalina mía.

Nació nuestra hija, Milagros. Cuando la trajeron del hospital, Gregorio la recibió con una felicidad que iluminaba sus ojos. Al día siguiente, me preguntó como si fuera la primera vez:

¿Qué es esta niña?

Y yo, ya acostumbrada a repetir la historia, le conté una y otra vez, añadiendo siempre los detalles de Milagros. Cada vez que Gregorio tomaba a la pequeña en brazos, sus ojos brillaban de puro gozo.

Al principio, trasladé la cuna de Milagros a mi habitación para tenerla cerca, pues despertaba frecuentemente y estaba inquieta. Yo dejé de dormir; el agotamiento me dejó sin leche materna.

Hija, vamos a mudarnos contigo. No lo hagas sola insistió mi suegra, Kira.

No, gracias, yo puedo rebatí, queriendo no agobiar a mis padres, ya mayores, y consciente de que tendría que seguir así toda la vida, siendo fuerte y serena.

Milagros pasó a la lactancia artificial. Una noche, desperté sin que la pequeña llorara; en lugar de eso, escuché una suave canción de cuna que parecía venir de alguna parte:

En la habitación juguetes esparcidos,
niños sueñan dulces sin descanso,
la zorra roba sus galletas,
el elefante hace travesuras en la puerta.
Los días corren con nieve que gira,
fuera brilla la nieve blanca,
la luna dibuja su sombra,
buscando su reflejo de plata.

Al levantar la vista, descubrí a Gregorio balanceando a Milagros. En una mano sostenía un paquete preciado, en la otra una botella de fórmula que la niña sorbía. Me senté en la cama sin decir palabra, temiendo interrumpir al hombre que ahora tenía a su hija en brazos. La luz de la luna llenaba la habitación, iluminando cada rincón.

Esto es felicidad pensé, mientras Gregorio acomodaba a Milagros en la cuna, tomaba al osito de peluche y lo ponía junto a ella: Esto es para ti, mi niña, mi regalo. Luego, tembloroso y cansado, se metió bajo la manta a mi lado.

Te amo, cristalina mía susurró, y su voz me devolvió, aunque sea por un instante, la certeza de que, pese a la amnesia, el amor sigue intacto.

Así concluyo mi día, con la esperanza de que, poco a poco, los recuerdos vuelvan a encenderse como las luces de la carretera al anochecer.

Dolores.

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Que alguien se lo lleve, por favor