Marisol llevaba ya un mes en el albergue infantil.
Llegó allí tras la muerte de la abuela Carmen, con quien había vivido desde que tenía memoria. Nunca había conocido a su madre.
Carmen le había dicho entonces que la madre se había marchado lejos y no volvería. Por eso Marisol llamaba a la abuela mamá y se empeñaba en crecer rápido para ayudarla, pues la anciana repetía siempre:
Cuando seas grande, nos pondremos a llevar la casa.
Y la niña hacía todo lo que sus pequeñas fuerzas le permitían para sentirse adulta.
Lavaba los platos, barría los suelos. Tenía ya cinco años y se sentía enormemente grande.
Un día la abuela enfermó; llegó la ambulancia y, tras el ruido de la sirena, una tía desconocida la llevó al albergue.
Allí, sin embargo, a Marisol le gustó. Había muchos niños, cuidadoras cariñosas, pero ella añoraba su casa. Allí vivían el gato Misu y el perro Canela, y el aroma de los pasteles de la abuela llenaba el aire. Creía que algún milagro abriría la puerta de su habitación, que la anciana entraría sonriendo y le diría:
Pues, mi ayudita, vamos a casa, que Misu te está esperando con los bigotes temblorosos.
Pero cuando la niñera Paca le explicó que la abuela había fallecido y que ahora estaba en el cielo, Marisol comprendió al fin que aquel milagro de volver al hogar nunca volvería a suceder.
Aun así, la niña seguía creyendo en los prodigios. Cada vez que la abuela repetía que los milagros se cumplen si se les cree de corazón, Marisol lo grababa en su recuerdo.
Todo es un milagro, decía la anciana. Así, cuando la vecina, tía Valeria, les hacía visita y le llevaba una caramelita, un pastel o un juguete, Carmen le susurraba:
Mira, Marisol, qué milagro es la bondad humana cuando alguien te regala una golosina o un pastel sin esperar nada a cambio.
Marisol atesoró esas palabras. Cuando la niñera Paca, de pronto, sacó un caramelo de su bolsillo y se lo ofreció, la niña sonrió, besó a Paca en la mejilla y exclamó:
Gracias, niñera Paca, por el milagro.
Paca, también sonriente, le dio un beso en la coronilla:
¡Milagro, eres nuestro!
Pasaron seis meses y se acercaban las fiestas de fin de año. Marisol, junto a los demás, recortaba copos de nieve de papel y decoraba el árbol. Todos reían, cantaban y se abrazaban.
Una tarde, mientras terminaban los adornos, Paca la llamó al rincón y, en voz baja, le confesó:
En Año Nuevo suceden cosas insólitas. Escribe en un papel lo que más deseas y colócalo bajo la almohada; se hará realidad.
Marisol tomó una vieja postal que había rescindido del despacho de la abuela, junto con sus juguetes, y escribió: «Quiero volver a casa». No había otro deseo.
En el albergue todo estaba bien, pero faltaban la manta de la abuela sobre la cama, la chimenea donde se horneaban los pasteles, el propio hogar. Marisol necesitaba su casa con urgencia.
Dobló la postal y, en lugar de esconderla bajo la almohada, la guardó en el bolsillo del osito de peluche que la tía Valeria le había regalado años atrás.
«Lo esencial decía la abuela es desear con fuerza y creer».
Marisol creyó con todo su ser.
Los milagros no aparecían, y ella se preguntaba por qué, pues su fe era sincera. Pero en abril, bajo un sol primaveral, ocurrió.
Marisol, como de costumbre, estaba sentada en el alféizar mirando el patio, donde el conserje don Iván barría los caminos.
De pronto, la niñera Paca irrumpió con ansiedad:
Marisol, el director nos llama a su despacho.
Marisol saltó del alféizar y, temerosa, preguntó:
¿He hecho algo malo?
¡Nada, solita! Vamos, alguien ha venido por ti respondió Paca, arreglándole los rizos.
Marisol sintió un escalofrío:
¿Quién?
Vamos a ver dijo Paca, tomando su mano.
Al entrar en la oficina de la directora del albergue, doña Ana Pérez, Marisol divisó a la tía Valeria.
¡Tía Valeria! exclamó, corriendo hacia ella y lanzando los brazos.
¡Marisol, mi sol! la abrazó la tía, entre lágrimas.
¿Vamos a casa? preguntó la niña con los ojos desorbitados.
Claro que sí, y con mucho gusto secó la tía Valeria con la palma de la mano.
La hizo sentarse en el sofá y se sentó a su lado.
Marisol dijo con voz temblorosa, vamos a vivir juntas. El tío Valentín también te espera. ¿Quieres ser nuestra hijita? miró a la niña expectante.
Marisol se lanzó a abrazar a Valeria, apoyándose contra su abrigo. Claro que aceptó; siempre había querido a Valeria y a Valentín, los consideraba parte de la familia de la abuela.
Al día siguiente, Marisol y la tía Valeria partieron hacia el hogar. En la puerta del albergue, la gente se agolpó para despedirlas.
Paca, con el pañuelo en la mano, esbozó una sonrisa entre lágrimas.
Marisol susurró algo a Valeria, tomó su osito y corrió hacia Paca.
Gracias, niñera Paca, por haberme sugerido pedir un deseo en Año Nuevo le entregó la postal doblada.
Paca la abrió y, en letras grandes, apareció: «QUIERO CASA».
La abrazó, la besó en la coronilla y dijo:
Ya ves, te dije que los milagros llegan cuando se cree de verdad.
Así, en la carretera, el taxi aguardaba y el sueño de la niña, de aquel albergue que se desvanecía como niebla, se convertía en una realidad tan dulce como los pasteles de su abuela.







