Mientras paseaba, una chica vio junto al lago un ganso salvaje que parecía intentar pedir ayuda a las personas.

Mientras paseaba por la orilla del embalse de la Albufera, Almudena, una jovencita de los barrios de Valencia, divisó a la distancia un ganso salvaje que parecía suplicar ayuda a los transeúntes.

Todos se alejaban temerosos, convencidos de que el ave los picotaría. Almudena no pudo quedarse de brazos cruzados; se acercó y, con suavidad, intentó ofrecerle alimento. El ganso, sin embargo, no quiso comer; su mirada la invitó a seguirlo.

Con el corazón galopando, la chica dio unos pasos tras la ave, que la guió velozmente entre los juncos y la maleza. Allí, entre las rocas del ribazo, encontró atrapado a un polluelo, mientras su familia revoloteaba alrededor, llamándolo con graznidos angustiosos.

Almudena, con manos temblorosas pero firmes, liberó al pequeño y lo devolvió a sus padres. El ganso adulto, agradecido, se sumergió en el agua y nadó de regreso a su rebaño.

Pero los gansos no dejaron a la joven sin recompensa. Al atardecer, el grupo regresó al camino de Almudena y, con un graznido casi humano, le dieron las gracias. Desde aquel día, la bandada se instaló en el patio trasero de su casa, y ella, sin reparo, les ofrecía maíz y pan sobrante, velando siempre por que nada les faltara.

Con el paso del tiempo, Almudena comprendió cuán vital es prestar atención a quienes el mundo suele ignorar. Cada jornada la ataba más a sus nuevos amigos alados, y el ruido matutino de los gansos se volvió una melodía alegre que la despertaba.

Al caer la noche, la bandada la acompañaba hasta la puerta, y cuando partían a buscar alimento, dejaban al cuidado de la niña a los más pequeños. La gente del barrio, que antes huía del ganso, empezó a acercarse para contemplar la extraña amistad entre una humana y esas aves libres.

Así, aquel encuentro inesperado en la ribera transformó no solo la vida del polluelo, sino también el destino de Almudena, llenándola de ternura, confianza y una felicidad serena. Cada vez que pasa junto al embalse, el viento le susurra un ¡gracias! en forma de suave graznido.

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