Debo perdonar a mamá y ofrecerle mi ayuda

¡Necesito ayuda! exclamó María del Carmen González. ¡Y tú debes ayudarme!

¿Y por qué yo? preguntó Celia.

¡Porque ya no sé a quién acudir!

¿Entonces me ayudas porque estás en un aprieto? replicó Celia con una sonrisa ladeada.

¡Claro que sí! contestó María del Carmen, alzando la voz. ¡Eres mi hija, después de todo!

Vaya, hizo Celia estirando el cuello, ¡qué curioso! Y también muy dudoso. ¡Ese argumento deja mucho que desear!

¡Celia, basta! Sabes en qué situación me encuentro dijo María del Carmen, alzando aún más la voz. ¡No puedo salir sola de esta?

¡Estás obligada a ayudarme! No tengo a nadie más a quien acudir.

Celia frunció el ceño, como quien busca un recuerdo.

Esto me suena familiar murmuró, fingiendo profunda meditación. ¡Ah, ya sé! esbozó una sonrisa. Fue con esas mismas palabras que vine a verte hace tres años.

Yo no dije debes ayudarme porque eres mi madre, sino que te pedí un favor.

No era dinero ni vivienda, solo que le pidieras a Genaro Pérez que le diera trabajo a mi marido.

¿Y qué me contestaste entonces?

No lo recuerdo respondió María del Carmen, bajando la cabeza.

¡Yo sí lo recuerdo bien! exclamó Celia. Dijiste que eran problemas personales de mi marido y que él no conseguía empleo. ¡Y que no ibas a gastarte nada por **éste** hombre!

¡Pero al final él encontró trabajo! arrugó los labios María del Carmen.

¡Sí, lo encontró! asintió Celia. Porque es un buen marido y un padre ejemplar. Pero mientras conseguía algo acorde a su oficio, trabajó medio año como mozo de almacén para mantenernos.

Si hubieras pedido a Genaro Pérez, Luis se habría puesto en marcha de inmediato, en vez de esperar seis meses a que surgiera una vacante.

¿Le has molestado a mi conocido? exclamó María del Carmen. ¡Cómo te atreves!

No fui yo, fue Genaro quien puso el anuncio y Luis se apuntó al instante. Y si me hubieras ayudado, te lo agradecería de corazón.

¿Me ayudarías sólo cuando te lo pidan? sonrió Celia. No, no, no. ¡Ni pienso hacerlo!

¿Te has ofendido con tu madre? inquirió furiosa María del Carmen. ¿Con la persona más sagrada de tu vida? ¡Eso es impensable!

Impensable es que una madre se niegue a ayudar a su hija, sobre todo cuando le cuesta tan poco replicó Celia. Lo de la persona más sagrada lo has sacado de la galería.

Celia la miró con paciencia.

No voy a discutir contigo dijo María del Carmen, irritada. ¡Necesito ayuda!

¡No de mí! agitó Celia la mano.

Si no me quieres ayudar a mí, al menos ayuda a tu hermano cayó una lágrima en la voz de María del Carmen. Él también necesita un empujón, lo sabes.

¡Ah, hermano! rebotó Celia. ¿Crees que eso cambia algo?

Sé que no me quieres porque no le di una mano a Luis, pero Vladísinterrumpió, refiriéndose a Álvaro, el hermano mayorno te ha hecho nada malo y ahora lo necesita con urgencia. Haré lo que pueda, pero no lo lograré sola. No vengo a suplicar por mí, sino por Álvaro.

Primero, viniste a **exigir**, no a pedir advirtió Celia. Y segundo, a Álvaro no le guardo ningún cariño especial, y eso también es culpa tuya.

***

Antes de que naciera su hermano, Celia era la niña consentida de sus padres. Todo el cariño, los dulces, los juguetes, sus caprichos, nada más que para ella. Cuando llegó Álvaro, su mundo se volvió un pozo sin fondo.

A los nueve años, cuando nació Álvaro, no fue ni de su madre ni de su padre, sino de un desconocido galán que apareció de la nada.

El padre, indignado, preguntó al punto:

¿De quién es este niño?

La madre, sin pelos en la lengua, respondió:

¡De un amante! No de un don nadie como tú.

Román Martínez, el padre biológico, no quiso permanecer con la mujer que lo traicionó. Solicitó el divorcio de inmediato, pero le fueron negados los trámites porque Álvaro, que había sido registrado bajo su nombre, aún no cumplía un año.

Román demandó la paternidad y, por casualidad, también pidió revisar a Celia. Resultó que ni Celía ni Álvaro eran suyos.

Quiso que borraran sus nombres del registro civil, eliminando cualquier posible pensión. El juzgado, sin embargo, le impidió el divorcio hasta que Álvaro cumpliera un año.

Recogió sus cosas y dijo:

¡Nos vemos dentro de un año! Solo entonces podremos divorciarnos.

Así Celia se quedó con su madre y el recién nacido hermano.

A los nueve años comprendía que el pequeño Álvaro necesitaba más cuidados que ella, pero María del Carmen ya no le prestaba atención.

Todo en la vida de Celia quedó regido por la escasez: si sobraba dinero, compraba alguna cosilla; si quedaba algo en la olla, Celia se alimentaba de lo que quedaba. Así de dura.

Solo los vecinos solidarios evitaban que la situación fuera peor. A veces, los amantes de su madre le tiraban algún juguete, algún dulce o alguna prenda, y de eso vivía.

Al entrar en la adolescencia, Celia devolvía a su madre todo lo que había recibido: ninguna muestra de respeto, cuidado o amor. No le escupía en la cara, pero la lógica era la misma.

¿Por qué no cayó en malas compañías? Quizá la tía Olaya, vecina curiosa, la sacó de la ruina.

Celia culminó la secundaria y se metió en un instituto técnico con residencia. Nunca volvió a casa.

Mantuvo el contacto esporádico con su madre para felicitarle en fechas señaladas, aunque María del Carmen rara vez preguntaba por su vida. No existía la palabra mutua ayuda entre ellas. Celia vivía de la beca y de pequeños trabajos, sobreviviendo mientras su madre gastaba todo en su hijo mayor.

Así, entre parientes, se convirtieron en extraños.

Cuando Celia se casó, ni invitó a su hermano ni a su madre. Fue la tía Olaya quien anunció la boda a la vecindad.

El marido que eligió, Luis, era amable, atento y responsable. Celia se sentía en la nube, como si nunca hubiese imaginado ser protegida, amada y cuidada.

Luis sólo tenía un defecto: no era emprendedor. Tenía una buena profesión de joyerograbador y, con un poco de ambición, podría haber montado su propio negocio. En cambio prefirió el empleo público, donde con un puesto estable ganaba lo suficiente para una ciudad como Valencia.

Desde fuera, la familia parecía idílica y, de golpe, empezó a crecer.

Nacieron dos hijas: la mayor la llamaron Olaya, en honor a la vecina que había sido su confidente; dos años después la segunda, Catalina, a nombre de la madre de Luis. Un año más, tras la llegada de Catalina, nació Aitana, porque a Luis le hacía ilusión tener un hijo varón.

Luis no se molestó por no tener varones, al contrario, exclamó:

¡Una princesa tuve, y ahora son cuatro! ¡Cuatro princesas preciosas!

Todo marchaba bien hasta que la empresa pública donde trabajaba Luis cerró de un día para otro, dejando a cientos sin empleo. Las plazas en la provincia desaparecieron y muchos tuvieron que buscar fortuna lejos de casa.

Luis consideró marcharse varios miles de kilómetros, pero Celia recordó a Genaro Pérez, antiguo amante de su madre que había sido dueño de una joyería.

Celia temía acercarse a él porque quizás la hubiera olvidado, pero su madre seguramente sí lo recordaría. Decidió suplicar a su madre que recomendara a Luis a Genaro como buen artesano.

María del Carmen escuchó la petición y la rechazó de plano. Celia insistió: ¡Los niños! ¡No tengo a dónde ir! ¡No hay quien me ayude!.

No voy a molestar a Genaro por ese desconocido replicó la madre.

Luis terminó trabajando como mozo de almacén, pero decidió no abandonar la ciudad.

He investigado dijo. Genaro siempre tiene vacantes, pero echa a perder a los que no le sirven. Ahora tiene a dos de los nuestros trabajando y sé que no se quedarán mucho tiempo.

Así fue. Luis pasó medio año como mozo, aunque su verdadera vocación era la joyería. No perdió la mano ni la técnica, y cuando consiguió empleo en una nueva joyería, recibió elogios por su habilidad.

La racha positiva volvió a la familia de Luis, Celia y sus niñas, mientras la casa de María del Carmen se volvía cada vez más gris.

Álvaro, al que su madre había mimado y consentido, se creyó con derecho a todo y tomó un camino equivocado. Primero se dedicó a pequeños delitos, pero pronto se metió en cosas mayores que lo arrastraron a la cárcel bajo custodia del Estado durante diez años.

Para indemnizar el daño, María del Carmen entregó todo lo que tenía. Los bancos no le concedieron créditos y los conocidos le cerraron la puerta. Tenía que pagar con su salario, pero también debía enviar paquetes a su hijo y, además, pagar la buena voluntad que los vecinos exigían en la cárcel.

Sin dinero, ¿a quién acudir?

¡No puedes negarle nada! ¡Yo te dio a luz, te crié! ¡Él es tu hermano! gritó María del Carmen.

Si él muere allí, es culpa suya, no mía contestó Celia. No le tengo lástima. La gente honrada trabaja; los que quieren más, abren su propio negocio y ganan dinero.

¡Hija! ¡Ayúdame! No puedo sola se derrumbó la madre sobre la hija.

Yo tampoco te ayudaré. Te lo mereces. Si no hubieras consentido a Álvaro, no sería delincuente. Si te importara un poco mi situación, lo reconsiderarías, pero no negó Celia, sacudiendo la cabeza. Ni un centavo.

María del Carmen se levantó, los restos de sus lágrimas se evaporaron y su rostro se tornó hostil.

Él volverá, lo sé. ¡Y se vengará! amenazó con voz chillona.

Yo no le debo nada afirmó Celia. Igual que a ti.

No creo que él lo vea igual replicó María del Carmen con un tono amenazante. Mañana le escribiré una carta diciéndole cómo te negaste a ayudarlo.

¡Espera! ¡Vive y téngalo en cuenta! Álvaro volverá.

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Gallina clueca