Desenmascaré a la astuta nuera

¡Maldición! escupe Sofía María, la madre, irritada. ¿Con quién te has puesto tan despistado?

Todo comienza cuando Sofía María, mientras hace la limpieza antes de Año Nuevo, decide mover la lavadora.

Su madre, a quien su marido la llama Sofía, siempre ha sido muy ordenada. Pero últimamente el aparato se ha quedado inmóvil: arrastrar la pesada máquina le cuesta hasta a los dos.

Además, su marido, Pedro, se queja de hernias discales y asegura que no quiere terminar en silla de ruedas.

Sofía, que se empeña en demostrar su pulcritud, se las arregla sola: Quien plantea, lo resuelve. Y, como muchos hombres, Pedro no ve la suciedad: ¡Para nosotros todo está limpio!.

La última vez que sacaron la lavadora de la esquina fue hace unos tres años.

Al moverla, descubren una montaña de objetos: gafas, dos peines, una lima de uñas, tres pinzas de ropa, tantas horquillas como horquillas, y un blister con pastillas. ¡Y ni hablar del polvo!

Necesita la ayuda de su hijo, Esteban, porque con Pedro no bastan dos manos. Cada cosa tiene su dueño, salvo esas pastillas, que resultan ser un anticonceptivo.

En el piso viven cuatro: Sofía, su marido Pedro, su hijo Esteban y la esposa de éste, Lidia. Los tres hombres quedan descartados: por ser hombres, y Sofía por el climaterio. Solo queda Lidia, que ahora tiene la culpa.

Pero hay otro problema: Esteban es infértil.

Eso se descubrió en su primer matrimonio: su primera esposa, Alba, no podía quedar embarazada y deseaba hijos. Ambos se hicieron pruebas.

El espermograma de Esteban arrojó resultados desalentadores: pocos espermatozoides y casi inmóviles, consecuencia de una parotiditis infantil.

Alba, al cumplir treinta y cinco años, se fue, pues la casa sin hijos le resultaba vacía, y no quería adoptar.

Desde entonces, Esteban lleva dos años casado con Lidia.

¿Para qué tomar anticonceptivos si el marido ya es infértil? se pregunta Sofía, intrigada. La respuesta le da una pista: alguien más está usando esos comprimidos.

Pensó rápido: quizá la cuñada los usa durante sus encuentros con él.

Otra posibilidad, aunque remota, es que las pastillas pertenezcan al amante de Pedro, y que ese amante sea Lidia.

Al final, la sospecha recae en Lidia.

Sofía nunca ha apreciado a Lidia. ¿Qué madre aprobaría a la esposa de su hijo?

Esteban trabaja como cromatógrafo, una profesión que suena extraña para muchos. No es agente inmobiliario, ni gerente, ni blogger, sino analista químico que usa la cromatografía en farmacología, una de las áreas más avanzadas hoy.

Los padres están orgullosos de su hijo. Su primera esposa, Alba, era una madrileña con estudios universitarios.

Esteban lleva a casa una desconocida, y a la joven de veintisiete años le han dicho claramente que no habrá hijos.

A diferencia de Alba, esa chica no se altera: ¡Nada, lo superaré! Viviremos para nosotros.

Ese era su segundo matrimonio; la primera esposa no quería hijos.

Ahora viven con los padres de Esteban en un piso de tres habitaciones, ahorrando para el pago inicial de una vivienda. Todo va bien, hasta que aparecen esas pastillas.

Todo sigue bien para Lidia, pero la tía Sonia como le dice la nuera se empeña en criticarla. Lidia es guapa e inteligente, y se lleva bien con Esteban.

En medio de la torpeza de Sofía, Lidia parece una partícula extraña, como un colibrí en un nido de golondrinas hecho de barro.

En la cromatografía, Esteban progresa, pero en otros aspectos se queda corto. Es de los que piensan continuamente en su trabajo, y descuida los pequeños detalles de la vida.

Sofía, una mujer perspicaz y crítica, no ve a Esteban y Lidia como pareja adecuada y se opone al matrimonio:

¡Te va a arruinar, Esteban! le dice.

¿Por qué, mamá? responde él. Nos amamos.

Tú la amas, pero ella ¿la conoces de verdad?

¡Yo también la quiero! insiste Esteban. ¿Cómo podría casarse sin amor?

Sofía piensa que Esteban, aunque poco agraciado, es un manjar para los que buscan oportunidades. Lidia, proveniente de Valencia, llegó a Madrid con la ilusión de conquistar la capital.

Esteban la vio en un café donde ella trabajaba de camarera. Tras intercambiar algunas palabras, la invitó a una cita, aunque sabía que su aspecto no era el de un galán. Lidia aceptó, comenzaron a salir y pronto se convirtieron en pareja.

Un día, Lidia propone formalizar la relación:

¿Nos casamos?

¿Te vas a casar con esta? exclama Sofía, viendo partir a la nuera. ¡No hay dónde ponerle la muestra!

¡Mamá, no hables así de mi futura esposa! defiende Esteban. Lidia no es

¿No es? ¡Está dispuesta a saltar del tren! replica Sofía, irritada. ¡Hasta coquetea con su padre!

Pedro, sorprendido, comenta:

¡A mí también me ha parecido!

Sofía sigue protestando, llamando a Lidia , y el marido la incita a no generalizar.

Sofía, aunque molesta, cede al reconocer que su hijo ha encontrado a su media naranja.

Al final, la boda se celebra. Sofía, sentada, parece la bruja del bosque, diciendo que está en contra.

Se registra el matrimonio y Lidia se muda al piso de tres habitaciones en Madrid, pues no tiene su propio domicilio.

Entonces aparecen las pastillas anticonceptivas.

Después de una noche de dudas, Sofía decide hablar con su hijo:

He encontrado unas pastillas, ¿serán de Lidia?

No, ¿para qué las necesitaría? responde Esteban, convencido.

¿Y si fueran de ella? Todos quedamos descartados, solo quedas tú y tu esposa.

Mamá, ¿por qué le importaría? ¡Yo ya tengo el problema!

Pues ¿cómo? titubea Sofía, sin saber cómo acusar directamente. Podría ser que ella no se proteja contigo, pero sí con otro

¿Estás diciendo que Lidia me engaña? se sorprende Esteban.

Entonces, ¿de dónde vienen? pregunta ella.

¿Podrían ser tuyas? sugiere Esteban.

¡Maldición! exclama Sofía. ¿Cómo eres tan torpe?

¿Qué? piensa Esteban. ¿Acaso Lidia podría ser infiel?

Habla con ella insiste Sofía.

¿Qué le diré? No quiero acusarla sin pruebas.

¡Dile que lo sabes!

¿Y si me pide que aclare qué sé?

Dile que sabes de su asunto.

¿Yo sé? repite Esteban, desconcertado.

¡Activa el cerebro, analista! le grita su madre. ¿Solo piensas en cromatografía?

La conversación se vuelve un ataque personal. Finalmente, Esteban, con el ceño fruncido, accede:

Vale, hablaré con ella.

Lidia, al ser confrontada, responde con ironía:

¿Qué? Mejor que lo averigüemos juntos, ¿no?

¿Qué sabes del?

¿De mi?

¿Es verdad?

Si lo sabes todo, me voy.

Lidia se marcha, empacando sus cosas, dejando a Esteban como trampolín hacia una nueva vida.

Esteban se queda pensando en cómo habría sido su vida si su madre no hubiera encontrado esas pastillas.

Al final, Sofía, con su obsesión por la limpieza, se pregunta por qué mover la lavadora en primer lugar.

Al fin y al cabo, el culpable resulta ser Sofía María.

¿Te han puesto cuernos y yo soy la culpable? dice, como una avestruz que encierra la cabeza en la arena. A veces el suelo es de cemento.

Esteban replica:

¡Nunca has amado a Lidia!

¡Tu Lidia es! exclama Sofía, sin tapujos. ¿No te resulta repugnante? ¡Corre y atrápala!

Esteban, herido, abandona la casa, caminando por las calles durante horas, y luego empaca y se va.

Antes de irse dice:

Quédate con tus rincones limpísimos. ¿Has conseguido lo que querías?

Lidia se ha ido, pero el efecto colateral es la partida del hijo.

Pedro, el marido, no aprueba la conducta de su esposa y tampoco la de Sofía.

Celebran Año Nuevo los dos, sin Esteban.

Sofía sigue descargando su ira sobre Pedro, culpándolo de todo.

Pedro percibe que su futuro se vuelve gris, todo por esa maldita mudanza y la obsesión por la limpieza.

Queridas damas, no persigan la perfección absoluta; no sepan que la limpieza excesiva puede desencadenar una cadena de eventos indeseados.

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Desenmascaré a la astuta nuera
Casarse con un hombre discapacitado. Relato Gracias de corazón por vuestro apoyo, vuestros “me gusta”, interés y comentarios sobre mis relatos, por las suscripciones y, especialmente, por vuestras donaciones, de parte mía y de mis cinco gatetes. Por favor, compartid los relatos que os gusten en redes sociales, eso también alegra mucho a la autora. La hija llegó tarde de la clínica donde trabajaba como enfermera en urgencias traumatológicas. Estuvo mucho rato duchándose y, luego, apareció en la cocina aún en bata. —Tienes croquetas y macarrones en la sartén —le ofreció la madre, mirándole a la cara e intentando adivinar cuál era el motivo de su estado—. ¿Estás cansada, Lucía? ¿Te ha pasado algo, cariño? —No voy a cenar, ya soy fea y si encima engordo, ya no se fijará nadie en mí —contestó Lucía sombríamente, mientras se servía una taza de té. —No digas tonterías —replicó inquieta su madre—, ¡si tienes de todo, y unos ojos preciosos, y la nariz y los labios bien puestos! No te inventes defectos, Lucía. —Lo digo porque todas mis amigas ya están casadas, y yo no. Sólo le intereso a chicos perdidos. Los que me gustan ni me miran. ¿Qué me pasa, mamá? —dijo Lucía con el ceño fruncido, esperando alguna respuesta. —Simplemente no has encontrado aún a tu destino, ya llegará, —intentó tranquilizarla su madre, pero Lucía se encendió aún más. —Eso, “ojos”, porque son pequeños. Los labios finos, mira qué nariz… Si tuviera dinero me operaría, pero como somos pobres… Así que he decidido casarme con algún hombre mutilado; en la clínica hay chicos a los que sus novias han abandonado tras un accidente o una lesión. ¿Qué otra cosa me queda? ¡Ya tengo treinta y tres años, no puedo esperar más! —Anda ya, Lucía, ¿cómo puedes decir eso? Si tu padre también tiene problemas con las piernas… Yo pensaba, al menos un yerno podría ayudar en la finca; sería una gran ayuda, sino ¿cómo vamos a sobrevivir? —exclamó la madre impulsivamente, y luego trató de justificarse—. —No te lo tomes a mal, Lucía, pero no todo el mundo vive acomodado. Tú misma, ¿para qué un hombre discapacitado? Tienes ahí a Álex, el vecino, buen chico, que lleva tiempo fijándose en ti. Fuerte, seguro que tenéis hijos sanos… —Mamá, por favor, deja ya el tema. Tu Álex no dura en ningún trabajo, le gusta la juerga, ¿y de qué voy a hablar yo con él? —protestó Lucía. —¿Para qué necesitas hablar tanto? Yo le digo que labre la huerta con el motocultor y luego ya comeremos. O le mando a hacer la compra… Es un chico trabajador, ¿quién sabe si os iría bien? —sugirió la madre, pero Lucía simplemente apartó la taza de té y se levantó—. —Me voy a dormir, mamá. Pensé que al menos tú me veías como una persona y no como una feucha inútil… —¡Lucía, hija, no digas eso! —trató de seguirla su madre, pero Lucía levantó la mano interrumpiéndola—. ¡Déjalo, mamá! Y le cerró la puerta de la habitación en las narices. Después, estuvo largo rato desvelada, recordando al chico que acababan de llevar a la clínica: le habían amputado la pierna hasta el tobillo. Una losa le había caído encima en una casa medio derruida a punto de ser demolida. Nadie fue a verle, tan joven, no tenía aún ni treinta años. Al principio, la miraba a Lucía con ojos suplicantes, le cogía de la mano siempre tras la operación. Después, volvió en sí y comprendió su situación, y pasaba horas mirando el techo en silencio. A ella le daba más pena quizá que a otros, tal vez porque no le visitaba nadie. —¿Crees que volveré a caminar? —le preguntó un día sin mirarla, y Lucía le respondió con seguridad: —Claro que sí, todo sanará, eres joven. —Eso decís todos, deberías probar a vivir sin pierna, a ver qué vida es esa —se enfadó de repente el chico, volviéndose a la pared, como si ella tuviera la culpa. —¿Y tú por qué entraste ahí? —se enfadó Lucía—. ¡La culpa es tuya! —Me pareció ver algo —murmuró, y desde entonces, cuando Lucía entraba en la sala, él siempre se volvía de espaldas. Lucía se fijaba en sus ojos, claros y fríos como el hielo. Pero su rostro era muy agradable. Qué pena que le haya sucedido esto… —¿Te doy lástima? —le sorprendió él otra vez—. Lo noto, claro, ¿qué otra cosa se puede sentir por uno como yo? ¡No se puede querer a alguien así! —A los como yo tampoco nos quieren, aunque tengamos brazos y piernas. Porque no somos “normales”, ni siquiera me da lástima nadie, ¡ojalá me faltara algo! —le espetó Lucía, sintiéndose de repente a punto de llorar. Sin embargo, Miguel —así se llamaba— sonrió por primera vez mirándola: —Menuda tontería. ¿Fea tú? ¿Estamos locos? Si no dejo de mirar y de pensar quién será el afortunado al que elijas… ¿Lo crees? Lucía le miraba fijamente, convencida de que realmente lo decía de corazón. Al fin, se atrevió a decir lo que rondaba por su cabeza: —Y si te elijo a ti, ¿te casarías conmigo? Veo que te callas, seguro que mientes, ¡ya lo entendí todo! Lucía se puso de pie, ofendida, y se dirigió a la puerta. Miguel se impulsó como pudo y se sentó sobre la cama, como si fuera a salir tras ella. Pero al recordar su herida, la llamó: —¡Cásate conmigo, Lucía! Te prometo que muy pronto nadie notará lo de mi pierna. Me recuperaré, no te vayas, Lucía… Lucía y Miguel Se detuvo en el pasillo con ganas de llorar, pero a la vez sintió por fin que ÉL era el adecuado. No importaba su nariz o sus ojos, o la pierna de Miguel; simplemente, se habían encontrado. El momento había llegado, como decía mamá… Miguel se volcó en la rehabilitación con un entusiasmo enorme; ahora tenía un objetivo: casarse con una chica maravillosa, y debía andar por su futuro juntos. No quería que Lucía se entristeciera pensando que nadie la necesitaba. Él la necesitaba, mucho. Sólo con ella quería vivir y estar siempre cerca… —¿Te has enamorado por fin, hija? —le preguntó la madre—. Mira cómo te has transformado; decías que eras fea. Lucía ni se molestó en negarlo; flotaba sobre las nubes. Su mayor deseo ahora era que Miguel pudiera caminar y acostumbrarse pronto a la prótesis. Cada vez paseaban más: primero por el jardín de la clínica y, más tarde, por las calles de la ciudad, engalanadas y llenas de luz antes de Año Nuevo… —Ya han derruido la casa, aquí fue donde me quedé atrapado —le indicó un día Miguel. —¿Y para qué entraste allí? ¿Qué buscabas? Nunca me lo contaste —le preguntó Lucía. —Te reirás, pero vi un perrito callejero, flaco, negro con manchas blancas. Me dio pena y quise llevármelo a casa, para no vivir solo —explicó Miguel. —Mira, ahí hay un perro escuálido que nos mira triste, pero no se atreve acercarse. —¡Ése es, seguro! —sonrió Miguel. El perrito se les unió y los acompañó hasta casa… —Quién lo diría, ¡vaya suerte ha tenido Lucía encontrando un marido tan apuesto, más joven, ¡y con piso propio y sin suegra! —bromeaban sus amigas en la boda. La madre de Lucía incluso lloró al oír a Miguel llamarla “mamá”. Él era huérfano de orfanato, sin familia alguna. Buen chico y sincero, lo principal era que se amaban y serían felices. El huerto puede esperar; hasta en eso Miguel se las arregla, todo le sale bien. De momento viven los tres: Lucía, Miguel y el perro Kuzma, que ya nunca los abandona. Pero pronto serán cuatro: Lucía y Miguel esperan una hija… Nunca debemos perder la esperanza, porque podríamos dejar pasar la oportunidad y no reconocer nuestra propia felicidad. La vida es maravillosa precisamente por su imprevisión…