A pesar de todo

A pesar de todo

La vida no avisa, golpea sin permiso y sin piedad; solo quedan dos caminos: romperse o aprender a respirar entre el dolor.

A los catorce años Araceli quedó sola en la casa. Su padre, José, los había abandonado y, en cuanto su madre, Doña Carmen, encontró a Antonio, se marchó a vivir con él.

Araceli, tú te quedarás a cargo del hogar. Santiago no quiere que vivas en su casa. Ya casi eres una adulta, ponte las pilas dijo Doña Carmen sin mirarla.

Mamá, me da miedo estar sola por la noche sollozó Araceli, pero su madre, feliz con su nuevo marido, ignoró las lágrimas.

Nadie te va a comer, y no es culpa mía que tu padre nos haya dejado

Un año después nació una segunda hija, Maruja, y la madre convocó a Araceli:

Por la mañana, después del cole, ayudarás con la niña; al atardecer volverás a casa, y asegúrate de que Santiago no te vea aquí.

Araceli hacía las tareas domésticas, llevaba agua, fregaba el suelo, cuidaba a Maruja, y a las seis de la tarde corría a casa, pues Antonio llegaba del trabajo a las siete y media.

Al caer la noche repasaba los deberes, y al día siguiente se vestía sola para ir al colegio.

A los dieciséis años floreció; se volvió una chica agradable, aunque su ropa seguía escasa. Doña Carmen le compraba ropa nueva cuando veía que la anterior ya no le quedaba. Araceli cuidaba sus prendas con esmero, lavándolas y planchándolas con delicadeza. Los maestros murmuraban en los pasillos:

Viven solas, sin madre, y siempre tienen la ropa impecable. Menuda niña.

En el pueblo, la anciana Doña Lucía le ofrecía mermelada y pepinillos, y Araceli le echaba una mano en la tienda o en pequeños recados. Tras terminar el noveno curso, Araceli le confesó a su madre:

Mamá, quiero formarme como peluquera en el centro del distrito, pero necesito dinero para el trayecto. Tendré que ir en autobús todos los días.

Doña Carmen aceptó, sabiendo que cuanto antes la hija tuviera una cualificación, antes podría independizarse y ganar por sí misma. Santiago se quejaba de que gastaban su dinero. El centro estaba a sólo doce kilómetros, así que Araceli viajaba diariamente, salvo los fines de semana.

Un día la descubrió Jorge, un joven del pueblo que estudiaba en el instituto. Alto, atractivo y mayor que ella, había llamado su atención desde hacía tiempo, pero Araceli, modesta y con ropa sencilla, dudaba que él la notara.

En el club, Jorge la invitó a bailar, la acompañó a casa y, en poco tiempo, empezó a pasar la noche allí. Araceli acababa de cumplir dieciocho; nadie les impedía verse cuando él volvía los fines de semana. Sin embargo, pronto comprendió que estaba embarazada.

Jorge, vamos a tener un bebé exclamó, temblorosa.

Hablaré con mis padres, nos casaremos. Ya casi tienes dieciocho le respondió, intentando tranquilizarla.

¡No queremos saber nada! exclamó Doña Carmen, con el padre a su lado. Primero hay que comprobar si el niño es tuyo, o si alguien más ha estado contigo mientras tú estabas en el instituto.

Los padres exigieron pruebas; Jorge, bajo la presión, se alejó de Araceli. Pasaron meses sin que él volviera al pueblo; cuando lo hacía, ni siquiera cruzaba la mirada hacia su casa.

Al llegar el verano, Araceli dio a luz a un niño sano, Iker, asistida por la enfermera del centro, Raquel, que los trasladó en ambulancia al hospital. Ninguno la ayudó con el bebé; lo crió sola, mientras la madre de Jorge difundía calumnias por todo el pueblo.

Araceli llevaba a Iker al mercado en cochecito, paseaba por el huerto y, a su paso, la gente la miraba con lástima o burla. Doña Lucía, sin reconocer al nieto, le dedicaba miradas frías. Las vecinas comentaban:

¿Has oído? Jorge se casa con la chica de la ciudad. Yo le llevaría a Iker como regalo de boda.

Araceli, harta, tomó al niño del cochecito y se dirigió al mercadillo. Allí la recibió una voz cálida:

¡Basta, Verónica! era la tía Ana, que la abrazó. No escuches a nadie, niña. Yo también tuve un hijo, Álvaro, a tu edad, y su padre nos dejó. Mira cómo ha crecido. Iker crecerá y todo te irá bien.

Gracias, tía Ana, gracias.

Ese mismo día, Jorge celebró su boda en la capital, con una joven de Madrid, compañera de estudios. Araceli ni siquiera sabía del enlace.

Pasaron los años; Iker creció bajo el cuidado de Doña Lucía, quien se había convertido en una segunda madre. Araceli trabajaba en Correos y, los sábados, las vecinas acudían a su casa para cortarse el pelo, pues no había peluquería en el pueblo. Con una silla y unas tijeras, en verano atendía a los clientes en el patio, cobrando precios modestos pero asegurando algún ingreso.

Con el tiempo, su belleza floreció y atrajo la atención del hermano menor de Jorge, Iván, un mecánico de la zona. A pesar de sus intentos de evitarlo, Iván la siguió, la observó en el trabajo y, al fin, la conquistó. La gente murmuraba:

¿Has visto a Iván con Araceli? Ya saben que se están viendo.

Sí, lo vi anoche entrando a su casa. Esa niña cree que nadie la ve Pero yo lo veo todo.

Araceli escuchó los chismes, los ignoró y lo contó a Iván.

Todo el pueblo habla de nosotros dijo él. ¿Qué importa? Somos adultos.

Los rumores llegaron al hermano de Iván, Verónica, que los propagaba como una tórtola.

A Iván le gusta mucho la niña, pero su familia nunca lo aceptará. ¡Qué situación!

Al poco tiempo, Araceli descubrió que volvía a estar embarazada. Temía decirlo a Iván, pero al fin soltó:

Iván, estoy embarazada, tendremos otro hijo.

Iván, sorprendido, sonrió:

Perfecto, vamos a contarle a mis padres y resolveremos todo.

No, Iván, no iré a su casa. Ya sabes que sus padres no nos permitieron casarnos antes. Deberás arreglarlo tú mismo.

Iván, tras el trabajo, informó a sus padres. La madre, furiosa, gritó:

¡Esto es una locura! Te lo advertí, y ahora dices que el niño no es tuyo. Cuando muera, tal vez te cases con ella. ¡Con un hermano no se puede!

El padre, alineado con su esposa, añadió:

Si te casas con estadijo una grosería, sal de nuestra casa. Nunca la reconoceremos como parte de la familia.

Iván, atrapado entre el deber y el amor, no volvió a su casa. Días, semanas, meses pasaron sin que él apareciera; finalmente se enteró de que se había mudado a la ciudad para trabajar con su hermano.

Araceli lloró sin consuelo, buscó refugio en Doña Lucía:

¿Qué hago, abuela? No puedo deshacerme del niño y me enamoré del hermano equivocado, sabiendo que sus padres se opondrían

Tranquila, niñaacarició Doña Lucía. Tengo setenta y ocho años y aún puedo ayudar. Estaré a tu lado, sé que necesitas a alguien.

La maternidad se volvió su salvación. Araceli dio a luz a un segundo hijo, Nico, y Doña Lucía le asistió día y noche. Así vivieron los dos niños, la joven madre y la anciana, formando una familia improvisada.

Un día, el ingeniero Andrés, enviado al pueblo para reparar la maquinaria agrícola, notó a Araceli. Después de varios encuentros torpes, le confesó:

Araceli, quiero ofrecerte mi mano y mi corazón. Tengo dos hijos, los cuidaré como propios.

No puedo, Andrés. Tengo dos niños, vivo por ellos respondió ella.

Yo también amo a los niños, pero no puedo tener los míos. Prometo quererte a ti y a tus hijos como a mí mismo. Por favor, confía en mí.

Araceli aceptó y se mudó con Andrés a la ciudad. Con su ayuda, abrió una peluquería y, luego, un salón de belleza. Andrés adoptó a Iker y Nico, y el menor lo llamaba “papá”. La vida de Araceli cambió: se volvió una mujer hermosa, con coche, con dinero y con un futuro limpio de sombras.

Los años pasaron y los hijos crecieron. Iker, ya adulto, encontró a una joven encantadora y decidió casarse. En la boda, Araceli, radiante, brindó:

¡Felicidades, mis queridos! Que la vida les regale dicha y prosperidad.

De vez en cuando, la familia regresaba al pueblo para visitar la tumba de Doña Lucía. La madre de Araceli jamás volvió a hablarle; ella la había borrado de su vida como si nunca hubiese existido.

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A pesar de todo
—Llevamos cuarenta años bajo el mismo techo y, ¿ahora, a los sesenta y tres, decides cambiar de vida? María contemplaba Madrid desde su butaca favorita, intentando olvidar los sobresaltos del día. Poco antes, preparaba la cena esperando a Basilio, que volvía de una jornada de pesca. No regresó con capturas, sino con la noticia que durante mucho tiempo temió compartir. —Quiero separarme y te pido que lo comprendas —dijo Basilio, evitando su mirada—. Los hijos son adultos, lo entenderán, los nietos no tienen que ver; podemos hacerlo sin peleas. —Cuarenta años juntos… ¿y ahora quieres cambiar todo? —replicó María—. Tengo derecho a saber qué será de mí. —Te quedas en el piso de la ciudad, yo me iré al chalet. No hace falta repartir nada, al final todo será para las hijas. —¿Cómo se llama ella? —preguntó resignada María. Basilio se sonrojó y salió apresurado, fingiendo no haber escuchado. María ya no dudaba de que había otra. Nunca pensó que, a su edad, acabaría sola por culpa de otra mujer. —Quizás todo se arregle, mamá —la animaban sus hijas, Violeta e Irene—. No te lo tomes tan a pecho. —Ya nada va a cambiar —suspiró María—. Solo me queda disfrutar vuestros éxitos y vivir tranquila. Las hijas fueron al chalet para hablar con su padre. Volvieron tristes y ya no insistieron en animar a su madre, sino que empezaron a convencerla de las ventajas de vivir sola. María lo entendía y procuraba seguir adelante, aunque la curiosidad de parientes y vecinos la incomodaba. —Tantos años juntos y ahora, de mayor, se va con otra —chismorreaban las vecinas—. ¿Más joven o más pudiente que tú? María no contestaba, pero pensaba cada vez más en la rival y quiso conocerla. Fue al chalet sin avisar, a buscar las conservas del verano, y se topó directamente con la nueva pareja. —¿No dijiste que tu ex vendría por aquí? —protestó la extravagante mujer del maquillaje llamativo—. Pensaba que ya habíais resuelto todo. —¿De verdad me cambias por esto? —preguntó María, observando a la atrevida visitante. —¿Vas a quedarte ahí permitiendo que me insulte? —chilló la mujer—. No soy mucho más joven, pero estoy mucho mejor. —Si a su edad cree que el colorido es lo que importa… —comentó María, buscando la mirada incómoda de Basilio. Todo el trayecto de vuelta escuchó los gritos de esa “Barbie” madura y luchaba por no llorar. Ya en casa, llamó a su hermana y le pidió compañía. —Tranquila, mujer —preparaba un té de hierbabuena Nina—. Dices que la nueva no es nada agraciada, ni parece muy lista. —Quizá tenga razón y yo ya parezco una vieja… —dudaba María. —Estás estupenda para tu edad —la animó Nina—. Lo absurdo es ir de leopardo y minifalda con setenta años. La belleza de una mujer está en saber estar y saber vestir. María miró el espejo y reconoció que su hermana tenía razón. Estaba saludable, vestía bien, y las hijas le regalaban buen maquillaje. Nunca fue escandalosa y no pensaba cambiar ahora. —Pues mira —prosiguió Nina—, ahora como mujer libre puedes disfrutar. Tus hijas son independientes, tienes tiempo y mil planes culturales, ¡no te hundas! Y cumplió; llevaron a María al teatro, a paseos, a conciertos, encontrando enseguida amistades afines. Hasta apareció un caballero interesado en María, pero ella prefirió dejar las cosas así. —Me han dicho que sales mucho ahora, que tienes amigos… ¿vas a rehacer tu vida? —le soltó Basilio en una ocasión en el mercado. —¿Y tú qué haces aquí lejos del chalet? ¿La nueva no cocina o no hay tiendas cerca? —le preguntó María. —Siempre hice aquí la compra, cuesta cambiar rutinas a nuestra edad —refunfuñaba Basilio. Ella salió del tema y volvió a casa. Basilio sintió la necesidad de alcanzarla y confesar cuánto añoraba la paz y el hogar que María le daba. Tras la emoción de la relación con Tatiana, descubrió que no le gustaba el mundo de cotilleos y fiestas que ella prefería. La idea de regresar a su vida anterior le rondaba cada vez más, pero María, digna y serena, seguía adelante. La tranquilidad perdida solo la tenía junto a ella. —Otra vez has traído orejones, yo te pedí ciruelas pasas —se quejaba Tatiana viendo la compra—. El queso no es el adecuado y te olvidaste la mayonesa. —Antes María se encargaba, o lo hacíamos juntos. Tú me lo dejas todo a mí —se hartó Basilio. —¡Ya está bien de compararme con tu ex! ¿De verdad te arrepientes de haberla dejado por mí? —gritaba Tatiana. Y Basilio sí lo lamentaba, aunque sabía que no podía pedir perdón esperando recuperar lo perdido. María nunca le perdonaría la traición. Más de una vez pensó en llamarla, hasta fue a su antiguo piso. —¿Venías a por algo? —preguntó María, sin dejarle pasar. —Quería hablar… ¿tienes tiempo? —suplicaba Basilio, tentado por el olor del pastel de ciruelas favorito. —No tengo tiempo ni ganas —respondió ella—. Lleva lo que necesites, espero visitas. No necesitaba nada, pero quería decirle mucho y no encontró las palabras. Volvió al chalet, tuvo que prepararse él solo la cena mientras Tatiana seguía de juerga. Al final, decidió darle tiempo para que recogiera sus cosas y cerrar ese capítulo. A pesar de las discusiones, Basilio entendía que no podía esperar perdón. Quizá algún día, en el futuro, podrían conversar y cerrar las heridas. Pero sabía que jamás volverían al pasado. Ahora, la vida de Basilio transcurría en el chalet, mientras la de María seguía en el piso de la ciudad con hijas, nietos y tardes culturales. Y en ese nuevo panorama, ya no quedaba sitio para un marido arrepentido.