Me acordaba, como si fuera ayer, de los ocho años que pasé atendiendo a aquel hombre. Ninguno me dio las gracias.
Todos saben lo penoso que es cuidar a un enfermo. No es fácil, aunque sea un pariente cercano; sin embargo, yo cuidé al padre de mi nuera, Inmaculada, durante ocho años. En realidad, para mí era casi un desconocido. Nadie me reconoció el esfuerzo, y eso quedó grabado como una herida profunda.
Hoy tengo setenta y dos años y la historia que relato ocurrió hace casi quince años. Mi esposo falleció hacía mucho tiempo. Tengo un hijo, José, una nuera, Inmaculada, y un nieto, Álvaro. El padre de Inmaculada era un hombre muy afable y buen profesor de matemáticas, pero un día la enfermedad lo sorprendió con crudeza.
Gastamos mucho dinero en su tratamiento, pagando con euros al Sistema Nacional de Salud y también contribuyendo con lo que teníamos en casa. Cuando la enfermedad avanzó, quedó postrado en la cama, atado a las sábanas, sin que nadie pudiera atenderlo. José estaba siempre ocupado, entre sus negocios y sus viajes frecuentes. Álvaro aún estudiaba en la universidad. Inmaculada trabajaba a tiempo completo y su hermana mayor, Carmen, vivía en Barcelona; sólo podía llamarle por teléfono para expresar su pesar.
A Inmaculada le prohibieron que se declarara enferma. Le decían: «O trabajas como siempre, o te despedimos». Por eso, decidió seguir trabajando y dejó la carga del cuidado en mis manos.
Al principio, Inmaculada me pidió que la visitara al menos una vez al día, para cocinar y darle de comer. Yo acepté sin imaginar que tendría que dedicarle ocho años de mi vida. Al inicio entraba dos horas y luego volvía a casa, pero poco a poco la nuera me fue delegando más tareas. Así pasé el día entero a su lado, y solo por la noche regresaba, caminando de regreso a pie cada mañana.
José, compadecido, me decía que dejara de dedicarme al trabajo benéfico, aunque nunca le decía nada a su mujer, porque vivía bajo el mismo techo que ella.
Me molestaba que la hermana mayor de Inmaculada me llamara con frecuencia para dictarme órdenes: qué hacer, cómo hacerlo, cómo debía cuidar a su padre. Cuando no podía atender alguna petición, Inmaculada se mostraba descontenta. Llegó a decirme: «Si no te gusta, llévate a tu hijo y vete. Yo me las arreglaré sola; buscaré una niñera». Así pasé ocho años escuchando esas palabras, hasta que él falleció. Ninguna de sus hijas me agradeció el tiempo que dediqué a su padre. La mayor, Carmen, incluso aseguró que nadie me obligó a cuidarlo, que lo hice por voluntad propia.
Conclusión: se hace una buena obra por los demás, pero a veces la gente es tan desalmada que ni siquiera se digna a dar las gracias.







