Diario personal, 17 de junio
A veces pienso en lo sorprendente que es la vida y cómo puede cambiar en un instante, incluso cuando una cree tenerlo todo bajo control. Tengo dos hijos, ambos de padres diferentes. Mi primera hija, mi querida Beatriz, ya tiene 16 años. Su padre, Fernando, siempre ha estado presente en su vida. Aunque ahora está casado con otra mujer y tiene dos hijos más, nunca se olvida de Beatriz. Siempre paga la pensión y se preocupa por ella. Esa continuidad me reconforta y me hace sentir que, a pesar del pasado, las cosas se han hecho bien.
Sin embargo, la historia de mi hijo pequeño, Daniel, es distinta y mucho más dolorosa. Daniel tiene cinco años, y hace dos que perdimos a Miguel, su padre. Miguel enfermó de repente; apenas tres días estuvo en el hospital antes de irse. Me sigue resultando increíble que ya no esté con nosotros. Todavía espero a veces que la puerta se abra y entre, con esa sonrisa suya, deseándome un buen día. Son momentos en que, inevitablemente, no puedo contener las lágrimas.
En todos estos meses, he encontrado un apoyo inmenso en la madre de Miguel, Carmen. Sé que para ella fue igual de duro; Miguel era su único hijo. Juntas, hombro con hombro, nos apoyamos bajo ese duelo tan desgarrador. Nos llamábamos a menudo, y no faltaban las visitas para acompañarnos mutuamente. Era inevitable que habláramos de Miguel en cada encuentro.
Llegamos a pensar que podríamos vivir juntas para sobrellevarlo mejor, aunque al final Carmen prefirió quedarse en su piso. Fueron siete años compartiendo la vida, y siempre mantuvimos una relación maravillosa, casi de amigas.
Recuerdo muy bien el día en que me enteré de mi embarazo. Carmen, quizás influida por algún programa de televisión sensacionalistade esos que tanto abundan aquí en Españame mencionó la idea de una prueba de paternidad. Había visto un reportaje donde un hombre descubría tras años que el niño que crió no era suyo. Aquello me molestó y no dudé en decir lo que pensaba: Si un hombre tiene dudas de su hijo, mejor que se marche y sea un padre de fin de semana. Carmen me aseguró que confiaba plenamente en mí, y durante años pensé que así era.
Este verano, la salud de Carmen se deterioró rápidamente. Decidimos juntos que lo mejor era que se mudara cerca de mi casa, para poder cuidarla mejor. Llamamos a una inmobiliaria para buscarle piso. Pero justo antes de hacer la mudanza, Carmen volvió a ingresar en el hospital, y necesitábamos el certificado de defunción de su marido para gestionar unos papeles con la agencia.
Fui yo la encargada de buscar el documento entre sus carpetas. En medio de aquel papeleo, tropecé con un sobre que no reconocía. Era una prueba de filiación, fechada cuando Daniel apenas tenía dos meses. Nunca imaginé que Carmen hubiera hecho algo así a escondidas. Según aquel informe, se había asegurado de que Daniel era de verdad su nieto.
Al ver ese papel sentí una mezcla de rabia y tristeza. ¿Cómo podía ser que después de tantos años de confianza, hubiera desconfiado de mí hasta ese extremo? No me quedé callada, por supuesto. Le conté a Carmen lo que había encontrado. Ella no hizo más que pedirme perdón, reconociendo su error y asegurando que estaba profundamente arrepentida.
Aun así, me cuesta dejar atrás ese sentimiento de traición. Sé que ahora, estando sola y frágil, no tiene a nadie más a quien recurrir. No quiero que Daniel pierda a su abuela por este asunto, así que, aunque seguiré ayudando a Carmen, es innegable que esa calidez y confianza de antes, por mi parte, se han esfumado para siempre.







