Contra la voluntad de Ana, invité a mi madre a casa para que conociera a mi recién nacida.
Mi madre, María, es un auténtico desastre a la hora de comunicarse; nunca respeta los límites ajenos. No le cae bien mi esposa, no por alguna razón concreta, sino simplemente porque la elegí y ella no soporta verme alejarme de ella.
Hace tres semanas Ana dio a luz a una niña, Candelaria. María se empeñó en estar presente en la sala de partos, pero Ana quería que solo yo estuviera allí. Así que, mientras Ana sufría las contracciones, María se plantó en el vestíbulo del Hospital Universitario La Paz, gritando a todo el pasillo que se merecía vivir el nacimiento de su nieta.
Cada vez que María cruzaba el umbral de nuestro apartamento, se aferraba a todo y recriminaba a Ana por ser una mala ama de casa. Incluso aseguraba que Candelaria sería una madre patética.
Ante esos comentarios Ana perdió la paciencia y me dio un ultimátum: la madre de Juan no volvería a poner pie en nuestra vivienda. Yo la comprendía; nadie quiere ser humillado en su propio hogar.
Cuando, finalmente, llegamos a casa con la pequeñita, los abuelos querían conocerla. Ana permitió que mi suegra, Rosa, hiciera una visita, pero bajo la condición de que se mantuviera callada. María juró respetar el pedido, pero al cruzar la puerta soltó una lluvia de observaciones:
¡Qué suciedad hay aquí! Si queréis vivir así, pues vivid así, pero por respeto a mí, podríais al menos limpiar un poco.
Ana, al borde del colapso, le comunicó que no tendría derecho a volver a entrar y que sólo podría ver al bebé cuando nos lo permitiéramos.
Han pasado casi dos semanas; los abuelos y mi padre, Pedro, ya han visto a Candelaria. María, sin embargo, sigue sin aparecer y Ana se niega a verla. No salimos de casa porque el tiempo fuera es tan frío y gris como una mañana de enero.
Anteayer Ana tenía una cita con el pediatra y yo me quedé con la niña. Aproveché para invitar a María a que conociera a Candelaria. Le dije que sólo teníamos dos horas antes de que Ana regresara, pero ella se plantó y se negó a marcharse, pese a mis insistentes argumentos.
Ana volvió a casa y encontró a María acurrucada con la bebé. El golpe fue devastador: la mujer se desplomó, gritó, me reprochó a mí y a María y les exigió que se largaran.
En mi interior le dije a Ana que se callara, que se tranquilizara, que era mi casa, mi hija, y que si yo decidía que mi madre la viera, ella no podía prohibírmelo ni expulsarla.
Ana, furiosa, echó a María y a mí de la vivienda. No quiere hablar con ninguno de los dos. Ahora vivo con mis padres y aguardo, con la esperanza de que Ana vuelva a recobrar la calma.






