¡Mi padre me contó a los 72 años que se iba a casar con su compañera de clase!

Mi padre, José, me contó a los 72 años que iba a casarse con la compañera de clase que había tenido hace tanto tiempo.
Cuando me lo dijo, me quedé sin palabras. ¡Vamos! ¿A esa edad ya?

Durante veinte años José había vivido solo desde que mi madre, María, falleció. Yo me mudé de Madrid hace treinta años, cuando ya había fundado mi propia familia. Cada Navidad y cada verano voy a visitarlo con mi mujer, Laura, y nuestros hijos, Álvaro y Lucía. Afortunadamente, mi papá es un coco duro, no se queja de su salud y prefiere arreglar las cosas él mismo, aunque Laura y yo lo ayudemos cuando hay que ordenar el huerto o cortar leña para el invierno.

Hace poco me llamó por teléfono y me anunció que había llegado el momento de llevar a casa a una mujer. Resultó que se trataba de Celia, una vieja compañera del instituto. Se habían llevado muy bien en su juventud, pero al acabar los estudios cada una se instaló en ciudades distintas y dejaron de verse. Ahora, ya mayores, han decidido reencontrarse y unir sus vidas. ¿No les parece una burla del destino?

Al enterarme del matrimonio, le dije al instante que no podía contar con que nosotros, los hijos, estuviéramos presentes en la ceremonia, pero eso no le impidió seguir adelante. Se casaron hace unos meses y celebraron una pequeña fiesta.

¿Qué le faltó a José en su vejez para no haber vivido así hasta el final?

La realidad es que la casa de mi padre es muy espaciosa, tiene mucho terreno y una gran finca, mientras que su nueva esposa tiene varios nietos y allegados que querrían adueñarse de esa propiedad. Por eso me pregunto si este matrimonio no será más que un asunto de intereses.

Laura y yo vivimos en un piso de tres habitaciones en el que hemos pagado la hipoteca durante la mayor parte de nuestra vida. Tenemos dos hijos y siempre pensé que dejaríamos el piso a los mayores y que los más jóvenes heredarían la casa de mi padre, pero ahora no sabemos quién se quedará con ella.

Hace seis meses que no visitamos a José y, sinceramente, ya no nos apetece volver, ahora que él está intentando rehacer su vida. Los familiares nos llaman a menudo y nos aconsejan que deberíamos estar contentos porque nuestro padre ha encontrado la felicidad a su edad. Yo también estaría feliz con él, si no fuera porque sospecho que esa mujer solo quiere aprovecharse de él y que, en el futuro, tendremos que lidiar con una multitud de parientes alrededor de la casa donde he pasado la mitad de mi vida

No sé qué hacer, pero no puedo seguir ignorando a mi padre y me falta la energía para fingir que todo está bien. ¿Qué me aconsejas para librarme de esta situación?

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¡Mi padre me contó a los 72 años que se iba a casar con su compañera de clase!
—Pues parece que me he esforzado en vano—, dijo la madre de mi marido con desdén: “¡Eso es Dios que te castiga por destruir una familia ajena! ¡Ahora te toca sufrir!” —Yo no destruí nada—, respondió al fin Vera—. Vadim ya pensaba en divorciarse. —¡Anda ya! Quisiera o no, vivió con Zoé casi quince años. Pero la dejó por tu culpa y ella terminó alcohólica y murió. A sus treinta años, Vera arrastraba un matrimonio fallido y varios romances igual de desafortunados, pero ansiaba de verdad una familia y un hijo. Por eso, cuando comenzó su romance con Vadim, volvió a ilusionarse. Cinco años mayor que ella, alto y robusto conductor−repartidor, le pareció ese hombre estable tras el que sentirse segura. Ya a las dos semanas él fantaseaba sobre su futuro juntos y admitía que soñaba con un hijo. Vera rezaba para que todos sus planes y sueños se cumplieran. Lo que no esperaba era descubrir, cuatro meses después, que su amor estaba casado. —No pongas esa cara—, le tranquilizó Vadim nada más ver su gesto—. Hace mucho que decidí divorciarme, solo no tenía a dónde ir. ¿Acaso un hombre hecho y derecho puede regresar con su madre? —Todos los casados decís lo mismo—, susurró Vera, aguantando las lágrimas de desilusión. —Yo no soy como todos—, zanjó él. Y cumplió. Dos meses después, Vadim le enseñó el certificado de divorcio. Dos meses más y ya eran marido y mujer. Aunque tenía una hija de su primer matrimonio que vivía con su madre, Vadim siempre animó a Vera en su deseo de tener un hijo juntos. Pero ahí empezaron los problemas. Durante dos años intentaron sin éxito hasta que Vera acudió a un médico, sorprendida de oír de problemas de salud inesperados. —No es raro, ni tan grave—, la tranquilizó la doctora—. Siga el tratamiento y verá cómo se queda embarazada enseguida. El tratamiento fue duro: cambios de humor, hambre voraz, dolor estomacal… Vadim notaba los cambios y preguntaba, pero Vera decidió ocultarlo todo. ¿Qué tal si la dejaba por eso? Jamás lo superaría y, de todas formas, no quería que nadie lo supiera. Hasta que, de repente, él apareció en casa con una adolescente. —Te presento a Dasha, mi hija. Su madre ha muerto, ahora vivirá con nosotros—, soltó Vadim. —¿Cómo?—, se quedó pasmada Vera, conteniéndose frente a la chica. Curiosamente, Vera jamás había visto a la hija de Vadim: él la veía fuera de casa y apenas hablaba de ella, salvo para decir que pagaba la pensión. Por supuesto, Vera se negó a criar la hija ajena y así se lo dijo a su marido. —¿La quieres mandar a un orfanato? —No es eso. Puede irse con tu madre, que tanto la quiere. Pero su suegra, María, tenía problemas de salud y Vera—sin relación casi con ella—, replicó: —¿Y acaso yo estoy sana? —Solo muy nerviosa. Deberías ir al médico, de verdad, Vera. —¡Pero ni Dasha ni yo nos conocemos! —Es una buena niña. Te caerá bien. Se acabó la discusión. Molesta, Vera buscó apoyo en su suegra, quien la despachó sin miramientos: —Te casaste con un hombre con hija. No te quejes. Esa noche Vadim la gritó delante de la niña: —Ya me tienes harto. Me divorcio. Dasha se queda contigo hasta que le encuentre piso. Se marchó de casa y Vera, paralizada de miedo, apenas pudo reaccionar. Al final, ella y Dasha se quedaron solas y… para su sorpresa, congeniaron y formaron un tándem inmejorable. Cocinaban, veían pelis, hacían planes. Solo la ausencia de Vadim y el asunto de la escuela inquietaban a Vera, pero él ni le contestaba el teléfono y solo regresó para montar una escena: —¡Así que no puedes darme un hijo y, encima, eres mentirosa! —¿De qué hablas, Vadim? —¡Mi madre me ha contado todo! Lo tuyo es infertilidad y todas esas pastillas inútiles. ¡No quiero verte más! Vera, destrozada, apenas pudo replicar antes de que Vadim empezase a meter la ropa de su hija en bolsas: —¿Has sido tú quien le ha contado todo a la abuela? Yo pensaba que éramos amigas, Dasha… —¡No he dicho nada!, se defendió la niña. —Ve al coche, cariño—, apareció de pronto la suegra—. Te advertí que no te acercaras aquí. —¡Abuela! —Venga, espera fuera, hija—, la cortó Vadim. Dasha salió y la suegra arremetió, confesando que había cotilleado en los cajones y descubierto el tratamiento. —¡Eso es Dios que te castiga por destruir una familia ajena! ¡Ahora a sufrir! —No destruí nada—, repitió Vera—. Vadim ya quería divorciarse. —Quinces años con Zoé. Por tu culpa la dejó y acabó destruida. En ese momento, Dasha, que había escuchado todo tras la puerta, entró llorando: —¡Abuela, no mientas! Mamá ya era alcohólica y por eso mis padres discutían. Por eso papá quería el divorcio. ¡Tía Vera es buena, se preocupa por mí, me cuida… y la quiero! Todos intentaron consolar a la niña, que entre sollozos añadió: —¿Y qué si tía Vera está enferma? Se va a curar, yo lo sé. Papá, ¿por qué te has ido? Vera te quiere y yo también… —Pues al final para nada me esforcé—, admitió la suegra, rendida—. Hasta rechacé quedarme con Dasha, esperando que tú no aguantaras y acabaras divorciándote. Vera, al límite, abrazó a la niña y la llevó a lavarse la cara mientras Vadim, al fin, se quedó sin palabras. Al cabo, los esposos se reconciliaron y Dasha eligió quedarse con ellos antes que irse con la abuela, para alegría de Vera. La relación con la suegra siguió fría, aunque ella aún sueña con arreglarlo algún día.