¿Y cómo te lo imaginas, mamá? se indigna Inés. ¿Voy a vivir dos semanas con un desconocido?
¿Desconocido? Es Íñigo, el hijo de mi prima Lidia, ¡nuestro pariente!
¿Recuerdas que jugabas con él de pequeña? ¡Estábamos en casa de Lidia! le repara la madre.
Mamá, ¡casi tengo treinta! ¿Dónde quedó la infancia? intenta Inés, que ya sospecha que la quieren obligar a casarse. ¿Vas a prometerme otro matrimonio?
No digas tonterías, es familia. Así que acéptalo, no te pasará nada concluye la madre, colgando el teléfono.
Mamá siempre ha respetado los lazos de sangre: la familia es sagrada. Ahora impone a su hija que acoger a Íñigo, que ha decidido mudarse a la capital, la ciudad de oportunidades: Madrid.
«Alójalo como familia, no lo desalojes si es de la familia», le dice, citando un refrán que le recuerda a los cuentos de la abuela.
Inés es profesora de lengua y literatura en instituto, y conoce de memoria el adverbio «como familia», tan caro al famoso escritor de cuentos populares.
Acepta ayudar a su tía Lidia a cuidar al sobrino, aunque sabe que la vivienda es una pequeña vivienda de los años setenta, con una cocina diminuta que ni siquiera cabe una mesa plegable. ¿Cómo va a acomodar a Íñigo allí? ¡Anda ya, Inés!
El humor de Inés se ha apagado; lleva años sola, y un matrimonio rápido ya no le interesa. Su anterior relación universitaria duró medio año y terminó sin hijos. No había tiempo para crear una familia.
A sus casi treinta años le falta marido, pero eso preocupa más a sus padres que a ella. Inés vive en un piso de dos habitaciones que heredó de su abuela. Dentro hay muebles anticuados pero funcionantes: la lavadora lava, el frigorífico enfría, la tele muestra imágenes. No le falta nada.
En el trabajo percibe un buen sueldo y la directiva la aprecia. No le faltan amigas, y la solí sola se acompaña del gato Misi, llamado así como el perro de caza en los cuentos infantiles.
Inés prepara una habitación para el huésped y espera, con cierta aprensión, la llegada de Íñigo. «Te va a gustar», asegura mamá.
El primo llega, recorre el piso y revisa cada rincón común.
¿Qué buscas, tesoros? pregunta Inés. ¿Crees que he colocado un váter de oro para tu visita?
Solo quiero saber dónde me quedaré contesta él.
¿Y si no te gusta y no quieres quedarte? insiste Inés, curiosa.
Me quedaré, pero
¿Pero qué?
Pues nada.
Se sientan a tomar un café y a conocerse. Íñigo trae un pastel que Lidia le había regalado y compra un pequeño bizcocho: no es un aprovechado.
En la vida cotidiana, Íñigo resulta muy considerado: lava los platos sin que le recuerden, cocina de forma aceptable y no deja charcos en el baño. En resumen, está «educado al inodoro».
¡Menuda suerte! exclama la amiga de Inés, Lara. Es un marido listo, ¡hay que cogerlo!
Lara, que se divorció de su esposo Leo por falta de comprensión, conoce bien la situación.
Pero somos familia, y además no me cae bien replica Inés.
¡Qué familia tan rara! se ríe Lara. ¡Si no te gusta, será por su!
No, no, él es bastante guapo, aunque no es mi tipo.
Aunque Íñigo es atractivo, a Inés no le convence: sus ritmos biológicos no coinciden; ella es noctámbula, él madrugador. Ella prefiere una vida tranquila, guiada por la sabiduría oriental que dice: «Apura el paso despacio».
Él es activo y creativo, siempre en movimiento, con una energía que parece un motor encendido. El primer día le lleva a un teatro, con entradas compradas con antelación. A Inés le incomoda obligar al invitado a la primera noche, pero asiste aunque el teatro no sea su afición.
A Inés le gustan las obras clásicas en línea, pero la puesta en escena moderna le desagrada: falta de telón, vestuarios extraños y una interpretación poco clara. El director, según él, quiso darle un giro contemporáneo, pero a Inés le parece una falta de respeto a la obra original.
Íñigo, entusiasmado, le argumenta al volver a casa que ella está equivocada, pero solo consigue irritarla. Le dice:
¡No lo entiendes! Es una visión nueva y progresista.
¿Y a mí me sirve lo nuevo? contesta ella con serenidad. Lo antiguo me basta.
¡Es avanzar! insiste él, hablando de progreso y de la gran ciudad de Madrid, donde tiene grandes planes.
Mientras tanto, Misi se refugia bajo la cama, como siempre que algo le desagrada. El gato no aprueba al nuevo huésped.
En el segundo día Íñigo compra una alfombra nueva y desecha la vieja que estaba en la escalera; Inés acepta el cambio sin protestar. Después trae una cacerola nueva porque la anterior hacía que el arroz se pegara al fondo. Inés, que suele desayunar café con tostadas, no comenta nada: la cacerola era para él, que prefiere desayunos abundantes.
Íñigo se ofrece a pagar los recibos de agua y luz.
¡No, gracias! responde Inés. No quiero que te entres en mi espacio.
¿Cómo vas a pagar el alquiler? le pregunta él, sorprendido. No quiero que te sientas amenazada.
Al final, Íñigo busca empleo con ahínco: envía currículums, acude a entrevistas y parece que algo se vislumbra. Cuando su estancia de dos semanas está a punto de acabar, le empieza a picar la nariz, estornuda y le erupciona la piel.
El gato Misi sigue ignorándolo y solo sale de debajo de la cama cuando él no está.
Al día dieciocho, le llaman y le informan que ha sido contratado. Inés, cansada de su presencia, decide confrontarlo:
¿No te cansan ya mis dueños, señor?
Él le cuenta que tiene una revisión médica mañana, indispensable para el puesto.
Al día siguiente, Inés llega del trabajo y encuentra la mesa puesta como si fuera una despedida.
¡Qué cena de despedida! piensa. Al menos no tendré que iniciar la conversación incómoda.
Pero Íñigo, de buen humor, se levanta, sirve vino y habla. De repente, le revela que quiere proponerle matrimonio. No es por conveniencia laboral, sino por cariño, a pesar de ser parientes lejanos.
Creo que podríamos formar una buena pareja dice, con una sonrisa. No te encuentro desagradable. A nuestra edad, el matrimonio debe ser una decisión consciente. Ya tenemos vivienda y trabajo; el amor en la vida familiar solo debe basarse en el respeto mutuo, y eso nos une.
Inés, boquiabierta, escucha mientras Misi sale de bajo la cama. El gato, curioso, se acerca.
¿Tienes gato? pregunta Íñigo.
Sí, se llama Misi responde Inés, sorprendida. ¿Es la primera vez que lo ves?
La primera. ¡Maldición! Tengo alergia al pelaje de los gatos. ¡Me la acaban de diagnosticar! exclama. ¿No te das cuenta de que el baño tiene una caja de arena? ¡Veo todo!
No lo había notado confiesa Inés. El doctor me dijo que hay que eliminar la causa, no solo los síntomas. No podré vivir con un gato.
¿Quién te lo impone? le replica él. ¿No será el matrimonio la solución?
¡No! grita Inés. ¡Ni hablar de sacrificar al gato! le propone Íñigo, intentando calmarse. Puedo pagar por el tratamiento.
Yo lo haré, y si es necesario, lo sacrificaré tú replica Inés, enojada. ¡Y no me mires así!
Íñigo bebe el vino y se levanta, lanzando al despedirse:
No pensé que fueras tan primitiva.
¡Adiós! responde Inés, aliviada.
Al salir, desaparece la cacerola; la alfombra nueva queda allí, cómoda de cargar.
Su madre llama:
¿Cómo pudiste echarlo? ¡Ya se quejó el sobrino!
Quería que me pidiera matrimonio. Si eres tan buena, hazlo tú misma. ¡Me repugna él! exclama Inés y cuelga.
Nadie vuelve a llamarla; el asunto parece concluido.
Quizá la próxima vez algún pariente desarrolle una alergia a ella, como ocurre con algunos esposos que son alérgicos a la caspa de sus mujeres. No siempre termina bien.
Así que, mamá, la próxima vez que quieras ayudar, invita a la familia a tu casa: quien lo propone, lo paga. Y a Inés y a Misi les irá bastante bien.






