Lina tuvo un comportamiento inapropiado.

Almudena era una mujer bastante desastrosa.
Tan desastrosa que a veces daba pena, pero al fin y al cabo, ¿qué se puede esperar de Almudena?
Todos intentaban hacerle ver a la propia mujer que era un desastre, y además una mujer sin suerte.
Claro, sin marido, con el hijo ya mayor y viviendo por su cuenta.
Almudena estaba sola, nadie la necesitaba.

Llegó al trabajo el lunes y las compañeras se pavoneaban entre ellas, presumiendo de cómo habían fregado la casa, hecho la compra o preparado mermelada durante el fin de semana.
Almudena, en cambio, se quedaba callada. ¿Qué tenía que decir? No había marido, el hijo ya estaba fuera, así que se quedaba con la boca cerrada como una taza sin asa.

Esa mañana se fue antes de la hora. Todos sabían que dos veces al mes se escapaba temprano del curro.
Le movían la cabeza con desaprobación, pues sabían a dónde se dirigía: a encontrarse con sus numerosos amantes.
En la oficina estaban convencidos de que Almudena tenía una colección de amantes, porque, según ellos, ella era tan mala.

Almudena le decía su madre, ¿por qué eres así?
¿Cómo qué? respondía Almudena, ¿incómoda?
Pues, por lo menos, busca a algún hombre, hija. Aún no es tarde para tener otro hijo; ahora se hacen después de los cuarenta.

Mamá, ¿para qué me quiero un hombre? ¿Para qué un segundo crío de algún hombre? se preguntó Almudena, incrédula. Tengo a Luis, el padre de mi hijo, y no necesito a ningún desconocido.

¡Almudena! exclamó la madre, enfadada, despierta, Luis no es tu hombre.
¿Cómo que no? ¡Es mi hombre! rió Almudena. Me invita a cita una vez por semana, me regala cosas, me ayuda a ir de vacaciones, no me obliga a lavar los cristales de la casa de su madre, no me manda a planchar los calzoncillos, no me exige la cena, no me carga problemas, y no ocupa todo el sofá. Una bendición.

Claro, bendición, todo eso le corresponde a su pobre esposa. ¿Quieres que a mí también me lo toque?

Ni de coña. Tengo ya más de cuarenta, y he estado dos veces casada, recuerda, dos veces. La primera con el padre de Luis, a quien, por tu insistencia, me casé a los dieciocho porque, según tú, era mayor, más sabio y más serio, además de rico.

Pasé cinco años en una especie de cárcel: sin estudiar, sin ver a mis amigas, sin poder estar con Luis por si hacía algo mal. Pero al menos vivía en un buen piso, ¿no?

Él me sacaba a pasear una vez al mes como a una mascota, para presumir que tenía una esposa joven y perfecta, mejor que cualquier muñeca de salón. El propio no era muy fan de esas muñecas, pero les hacía alguna que otra visita.

Cuando escapé y pedí el divorcio, gracias a mi abuela, él reclamó todo: el piso, los muebles, hasta los calzoncillos.

La segunda vez me casé por amor, estudiaba y trabajaba al mismo tiempo, ¿lo recuerdas, mamá? Día y noche, como una esclava, para no depender de tu papá.

¡Almudena! gritó la madre, ¿cómo pudiste? ¿Acaso yo alguna vez te reproché algo? ¿Soy yo la que te negó una rebanada de pan o una sopa?

No, mamá pero también hubo quien temía que me sentara en tu cuello firme y me quedara allí con el niño.

¿De qué hablas?
Del padre, del tío Nico, del pequeño Tomás, de todo ese enredo que nunca se resolvió.

Trabajas en dos curros, vuelves a casa, sales de paso al supermercado porque tus niños están hambrientos, uno está tirado en el sofá y el otro delante del ordenador. Cocinas, limpias, lavas

Yo, por amor, me lancé al segundo matrimonio sin amor, simplemente por necesidad.

¿Qué cambió? Nada. Solo se multiplicaron los quebraderos de cabeza. Almudena antes Angelines ahora era Almudena, la de “siempre debo”. El marido se la pasa tirado en el sofá, yo en la oficina, luego al guardería, sin atreverse a cargarlo con más peso, porque no es su crío.

Me tocó ir al supermercado con los niños bajo el brazo, sin coche propio. ¿Para qué? Porque al marido le basta con ir al trabajo en tranvía. Todas las mujeres vivimos así, ¿no? ¿Y el jantar? ¿Quién lo prepara? Yo lo preparo, lo sirvo, lo lavo, lo plancho y, de paso, intento que mi marido reciba su porción de cariño, o se irá por la izquierda.

¿Falta dinero? Entonces es el niño quien padece. Si hubieras dado a luz a tu propio hijo, tal vez te ayudaría, pero no es así. Busca a otro tonto que mantenga a tu prole.

¿Que no pagues la reparación del coche? Y sin embargo, ¡si somos familia! Comparas cuánto ganas sin mover un dedo y lo que yo gano. ¡Qué afortunado eres!

¿Te vas? preguntó la madre.
Anda ya, ¿quién me necesita con un niño? Ja, ja, ja.

Así fue como me casé con el que más ganaba y con el que menos ganaba. No había diferencia. Todo estaba bien para los demás, pero para mí, mamá, todo era un caos.

Almudena, así es la vida, hija. respondía la madre.

¡Déjalo vivir, mamá! Yo no quiero seguir así.

¿Cómo has pasado el sábado?
Pues, con Nico y Marta, y el pequeño Juanito que nos dejó el abuelo. Salí a pasear con ellos, hice unas tortitas, limpié el polvo, aspiré, fregué el suelo, lavé la ropa, y por la noche acomodé a los niños, alimenté al padre, planché, y antes de la una de la madrugada me tiré a la cama.

A la mañana siguiente los chicos se levantaron pidiendo tortitas, les hice una tortilla, Nico y Marta llegaron, les preparé pollo asado, ensaladas, pizza, cenamos, los acompañé a la parada, y a las once, sin más, me tiré al sofá y dormí.

Mamá, ¿no recuerdo que te lanzaras contra Luis y largaras al niño? dijo la madre, desconcertada.

Almudena, fuiste tan independiente, y esas palabras…

¿Quieres que te cuente cómo pasé el fin de semana? El viernes por la tarde Luis me llamó para ver si podía cuidar a Tomás el sábado; querían ir a la sierra. Claro que acepté. Tomás es el gato de Marina, la novia de Luis. Si no hubieras estado ocupada con Nico y su familia, quizá habrías sabido lo que hacía tu nieto mayor.

Al final, el hijo y su chica me dejaron al gato, trajeron pizza y se largaron. Yo, que me empaché de pizza, me puse a ver series sin levantarme temprano.

Por la mañana alimenté a Tomás, me preparé un café, limpié el polvo, metí unas cuantas cosas en la lavadora y te llamé para invitarte al museo o a tomar algo y charlar.

Papá contestó, pero tú estabas con las manos mojadas, lavando los platos. Me llamaste vagabunda y dijiste que la madre trabaja sudando la gota gorda, mientras yo ando de museos en museos. Quise enfadarme, pero al final no valió la pena. Papá siempre tiene la razón.

Fui al museo, la exposición del pintor que tanto te gusta, luego a una cafetería, di una vuelta por las tiendas, recordé a Tomás, volví a casa y el gato dormía plácidamente. No me apetecía ir a ningún sitio, me tiré al sofá y seguí viendo series.

El domingo dormí con Tomás hasta las once, quise proponerte ir en el tranvía fluvial, pero Marta contestó el teléfono con la boca llena, diciendo que estabas ocupada lavando los platos o limpiando la mesa.

Al atardecer llamó Óscar e invitó a cenar a un restaurante. Fui, ¿por qué debería negarme? Soy una mujer libre; no me entiero en sus problemas ni en los de su esposa. Él no me agobia, yo a él. La noche fue perfecta y me fui a dormir, descansada, lista para el curro.

Yo intentaba ligar con solteros, mamá. Es un rollo. O bien aparecen chavales que buscan una mamá, o divorciados que ya fueron primera, segunda o tercera esposa con una docena de hijos.

¿Qué miras así, mamá? El mundo ha cambiado, ¿sabes? Un tío me dijo que tendría que acoger a sus hijos porque, como mujer, supuestamente tengo un amor innato por los niños. Él pagaría la pensión y mantendría a su ex, que es la madre de sus hijos. Yo viviría con mi sueldo, mientras él gastaría el suyo en su afición de pescador. A cambio, me alimentaría con su pescado.

Le pregunté si ayudaría a mi hijo y se indignó, diciendo que Luis ya tiene su padre, que le ayude a él. ¿Justo? Por supuesto, porque yo soy la madre de Luis, y él también es su madre.

Así que me convertí en la villana: tacaña, calculadora, astuta. Quise colgar a ese pobre hombre con mi hijo y vivir a gusto.

Por eso, mamá, ahora tengo a Óscar. Sí, soy la mala a tus ojos, pero no me da vergüenza vivir así. Me duele que tú vivas así, por eso intento sacarte de casa, aunque sea un momento, como hoy, cuando te mentí a papá y a ti diciendo que necesitaba ayuda.

Mamá, estoy bien. Vamos a ocuparnos de nosotras, a pasar tiempo juntas, a cuidarnos.

¡Estás loca, Almudena! exclamó mamá, ¿y papá?
¿Qué tiene de malo papá? ¿Está enfermo? respondí.
No, pero ¿qué pasa con el almuerzo?
No lo voy a creer si no me preparas el almuerzo.
Hay que recalentar y, además, Nico
¡Mamá! Puedo ofenderme, de verdad sé que soy una desastre, pero déjame ser buena un día, vamos a relajarnos te lo pido.

En el curro del lunes, las mujeres se quejan de lo cansadas que están. Almudena, con una sonrisa pícara, camina bailando, sabiendo que todos saben que ella es la oveja negra de la oficina. Todos intuyen los pensamientos de Almudena, y, por supuesto, son malos.

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Lina tuvo un comportamiento inapropiado.
EN CASA…CON EL HIJO…