Miguel Valderrama dejó las cañas y se acercó a examinar con curiosidad aquel paquete extraño. En el fondo del saco encontró un cachorrito tembloroso que, entre sollozos, se aferró a la mano del hombre.
Había pasado tantos años persiguiendo un éxito sin sentido que ahora se sorprendía a sí mismo. Desde pequeño Miguel había ansiado ser mejor, más listo, más rico y más triunfante que los demás. Le fascinaba el riesgo y el sabor ácido de la victoria; participaba en concursos desde la infancia y se frustraba si no lograba los primeros puestos.
¿Para qué servían ya esos logros? No lo comprendía. Acababa de cumplir cuarenta y tres años y tenía por delante una de las pruebas más decisivas de su vida, con la muerte como apuesta. Un diagnóstico terrible le había dejado menos de un año de vida, y nunca antes había corrido contra la muerte como ahora.
Rendirse no estaba en su naturaleza, y perderle resultaba intolerable. Lamentaba no haber conseguido lo esencial: una familia amorosa que le brindara apoyo. Su matrimonio, aunque había durado cinco años, se había enfriado; no tuvieron hijos y se separaron en buenos términos.
Su madre, aún viva, solía suspirar largo y decirle que en su época la gente no malgastaba los sentimientos. Miguel asentía, fingiendo estar de acuerdo, mientras su mente bullía en preguntas de negocio. Dirigía una empresa próspera y no podía permitirse el lujo de lamentarse por amores perdidos.
Ahora todo eso quedó relegado. Miguel estaba solo en una casa vacía, atrapado en un silencio sepulcral y una enfermedad traicionera.
¿No habrá nada que se pueda hacer? preguntó al médico, que solo suspiró y encogió los hombros.
Le ofrecieron una terapia paliativa que aliviaría el dolor y le concedería unos meses más, pero ¿era eso vivir? Cada día sentía sus fuerzas menguar y el mundo le parecía un enemigo implacable.
Una noche, mientras cambiaba sin rumbo los canales del televisor, apareció una serie sobre la vida familiar feliz.
Mentira bufó con desdén.
Luego un programa sobre perros le recordó que en su juventud había deseado un compañero fiel. Primero lo pidió a sus padres, luego a su esposa, que se negó.
Ya es demasiado tarde, todo es tarde suspiró, observando al cachorro juguetón que cruzaba la pantalla.
Cambiando de canal, se encontró con un paisaje campestre y una voz narraba la sencillez de la vida en el campo. Miguel quedó inmóvil; los recuerdos brotaron como una corriente.
Recordó a su pequeño nieto, Míri, y al abuelo Pedro, que lo recibía con una sonrisa y le acariciaba la frente con la mano áspera. Recordó los veranos en los que, recién salido del ejército, ayudaba en la casa del abuelo, se bañaba en la bodega y pescaba con entusiasmo.
¡Cuán lejos quedó todo eso! exhaló.
Pensó en la casita de campo que Pedro le había legado; nunca la vendió, como si la guardara para un momento especial. Esa ocasión, al fin, llegó.
Esa misma noche soñó que Pedro estaba en la puerta de la vivienda deteriorada, sonriendo a Míri como antaño. El sueño era tan vívido que sintió la áspera palma del abuelo sobre su cabeza canosa.
Ven, chiquillo, pesca un poco en silencio, que ya me tengo hartado susurró Pedro.
Miguel quiso contarle su enfermedad mortal, pero le faltó la voz. Solo abrazó al abuelo, sintió su calor y dejó que unas lágrimas saladas recorrieran sus mejillas.
Promete que vendrás repitió Pedro con insistencia.
Lo prometo, abuelo respondió Miguel antes de abrir los ojos.
Los preparativos fueron breves; su negocio funcionaba sin él y podía seguir existiendo sin su presencia. El médico, al verlo, abrió los ojos como quien mira un espejo roto:
¿Está seguro de que podrá arreglarse solo en medio de la nada? ¿Hay al menos un centro de salud? indagó, pensando que el paciente estaba agitado por el estrés.
Miguel asintió, convencido como nunca.
Dos días después llegó a la desvencijada puerta del caserón. Pagó a unos vecinos por vigilar la casa, que aún se mantenía en pie, aunque tambaleante. El portal chirrió al abrirse; la senda estaba cubierta de hierba exuberante y, paso a paso, se internó en el patio.
Se detuvo bajo un enorme manzano que había plantado de niño con Pedro. Al tocar el tronco, las ramas se meceron como saludándolo.
Dentro, limpió el patio, agotado, y se dejó caer en un diván viejo y rígido, quedando dormido al instante.
A la mañana siguiente, tras una breve siesta, se encaminó al río. Llegó cansado, se sentó en el lugar que compartía con Pedro y, de pronto, vio un saco atrapado en una rama.
Al abrirlo descubrió al cachorro que había hallado antes, tembloroso y acurrucado en su mano.
¿Quién te ha metido aquí? exclamó Miguel, mirando al pequeño.
El animal movió la colita, estornudó y se sobresaltó. Miguel, sin dudar, decidió llevarlo a casa y calentarlo. La pesca de aquel día quedó incompleta, pero no le importó.
Pasó el día cuidando al crío, olvidándose de su enfermedad. Al caer la noche, exhausto, se dejó caer sobre el diván, aferrando al cachorro como a un tesoro.
Al amanecer, el cachorro estornudó con más fuerza; su nariz se volvió cálida y seca. Miguel también se sintió peor; había olvidado su medicina la noche anterior y su cuerpo lo reclamó.
Mira, pequeño, estoy gravemente enfermo y no podré cuidarte Necesitamos encontrar una solución rápido susurró.
Se levantó, pese al dolor, y llevó al cachorro a la clínica veterinaria del pueblo, ubicada al otro extremo del caserío.
La veterinaria, una mujer de mediana edad llamada Natacha, los recibió con curiosidad. Miguel estaba pálido y jadeaba; el cachorro tosía y estornudaba.
Tome asiento, por favor propuso amablemente.
Natacha, de treinta y cinco años, vivía cerca de la clínica con su madre y su hijo escolar, Diego. Su matrimonio había fracasado por diferencias de carácter.
Miguel no entendía por qué aparecía ahora esa mujer, ni el pequeño cachorro moteado al que llamó Chiquito. Le confesó su diagnóstico fatal y pensó que ella se marcharía.
Sin embargo, Natacha, tras recordar algo, le dijo con seriedad:
Mi abuela fue enfermera en la guerra; siempre repetía: Sobreviven los que tienen a quién vivir. Se aferran a la más fina hebra que los conecta con el mundo y salen adelante aunque parezca imposible Piensa en eso, Miguel.
Miguel se quedó en la humilde casa con Natacha, con Chiquito correteando a su alrededor, demandando atención constante. Finalmente comprendió por qué razón debía seguir viviendo. Sabía que la vida no era un cuento de hadas, pero ahora tenía un motivo.
Una noche, se acomodó en el viejo diván, abrazó a Chiquito y cayó en un sueño profundo. Soñó otra vez con Pedro, caminando por un campo infinito, con un río al fondo donde solían pescar. Chiquito chapoteaba a su lado.
Solo tú decides, Míri, solo tú repitió el abuelo.
Miguel quiso subirse al bote y alejarse de todo, pero Chiquito lo agarró con sus patitas, impidiéndole dar el paso.
Miguel abrió los ojos, reacio. En la cocina, Natacha preparaba el desayuno y hablaba en voz baja con su hijo Diego, que ya se había convertido en una figura paterna para él. Chiquito, al oír el ruido, levantó una oreja y se acercó a lamerle la cara.
¡Basta, chiquillo! susurró Miguel, intentando esquivar la lengua.
Natacha entró en el dormitorio; llevaban dos años conviviendo en la casa que Miguel había construido junto a la ruina del viejo caserón del abuelo. Los médicos, al ver su recuperación, no podían comprender cómo alguien condenado había escapado a la muerte.
¡Es un milagro! exclamaban al unísono.
Miguel abrazó a Natacha y sonrió, sabiendo que la respuesta estaba clara: vivía por aquellos a quienes amaba.
Chiquito, tras un breve instante de tranquilidad, ladró alegremente y arrastró a su dueño hacia la salida. En la cuna que había en la esquina, se escuchó un leve resoplido. Miguel y Natacha se miraron.
Parece que hemos despertado a Pedro murmuró Natacha, acercándose a la cuna.
Con delicadeza sacó al pequeño de mejillas rosadas, que gimoteaba buscando alimento. Miguel, incrédulo, observó al diminuto ser y comprendió que, aunque la vida no fuera un cuento de hadas, sí existían razones para seguir adelante. Si alguien tiene a quién amar, siempre habrá un motivo para vivir en este mundo.







